Y de repente tú 6.

Sábado, 4 de agosto de 2012.

Giovanni parece desconcertado, pero no me hace ninguna pregunta más y camina hacia la zona chill-out colocando la palma de su mano sobre mi espalda para guiarme. Camino despistada pensando en todo lo que acaba de pasar y cuando llegamos a nuestro destino, Gina me devuelve a la realidad abalanzándose sobre mí:

–  ¿Qué te ha pasado con la pelirroja?

–  Es una amargada, le hace falta sexo. – Respondo dejándome caer en uno de los sofás y dar un largo trago de mi copa.

De repente, oigo una tos a mi lado. Hay alguien sentado en el sofá, concretamente a mi lado derecho. Me vuelvo para mirarle, sorprendida de no haberme dado cuenta y, de repente… No me lo puedo creer, es el tipo del otro día, el que me salvó de tropezar en el escalón de la pista de baile y evitó que acabara tirada por el suelo.

–  Volvemos a vernos, Mel. – Me dice sonriendo pícaramente.

–  Iba a presentaros, pero ya veo que os conocéis. – Me dice Giovanni fulminándome con la mirada. Se vuelve hacia a Lucas y le pregunta: – ¿Cómo os conocisteis? Es que creo que vas a tener que refrescarle la memoria a Mel porque insiste en que no sabe quién eres.

–  Muy maduro por tu parte, Giovanni. – Le reprocho.

–  Lo cierto es que no nos conocemos. – Dice Lucas con su voz ronca y sexy. – Mel y yo tropezamos hace tres semanas mientras bailaba, pero se marchó sin decirme siquiera su nombre.

Giovanni parece relajarse y se sienta en el sofá junto a Gina. Por alguna extraña razón, ambos charlan y sonríen, cuando lo típico en ellos es pasarse la noche discutiendo.

Me vuelvo hacia a Lucas y le dedico toda mi atención. Es tan guapo como lo recuerdo y sus ojos siguen manteniendo el mismo matiz frío e impasible. Como nos ha dicho Giovanni antes, Lucas es un tipo que intimida. Aunque hoy viste más informal, con tejanos y camisa negra, sigue estando demasiado sexy. Esto no puede salir bien, lo sé.

–  Así que eres la amiga de Giovanni, si lo hubiera sabido el otro día, te hubiera invitado a una copa. – Me dice casi en un susurro. – Por cierto, ¿qué es eso de que las pelirrojas traen mala suerte?

Su sola voz me excita. ¿Por qué me atrae de esta manera? Mel, céntrate. Me ordeno a mí misma. Es el mejor amigo de Giovanni, debo mantener las distancias.

–  Es una historia muy larga, digamos que no me caen bien los pelirrojos. – Le contesto quitándole importancia al asunto.

Sé que no me puedo guiar por el color del pelo de una persona para decidir si es buena o mala, simpática o antipática, humilde o esnob. El color de pelo no tiene nada que ver con la personalidad o el carácter, pero en mi defensa diré que todas las personas pelirrojas que he conocido me han defraudado. Y, como decía mi abuela, ¡más vale prevenir que curar!

–  Lo de Mel con los pelirrojos es algo personal, yo no me metería. – Interviene Giovanni. – Por cierto, ¿qué hay de vuestro par de semanas en Villasol?

–  Geniales, a pesar de tener que explicarles a nuestras madres una y mil veces que no nos vamos a casar en un futuro próximo. – Le informa Gina. – Lo cierto es que los dioses del surf cumplieron con las expectativas creadas y estoy deseando regresar solo para volver a verlos.

–  Mel, ¿tú también quieres volver a verlos? – Me pregunta Giovanni. – Creía que tú eras de las mías, de las que no creen en el amor.

–  Giovanni, nadie ha hablado de amor. – Le recuerdo. – Me lo pasé muy bien con Piero, pero solo fue una noche de sexo, nada especial.

–  Me preocupas, desde Gonzalo no has tenido ninguna relación estable. – Confiesa Giovanni.

–  Estoy bien como estoy, no necesito ninguna pareja. – Le replico. – ¿Por qué tienes que echarme el sermón precisamente tú? Hay que predicar con el ejemplo.

–  ¿Gonzalo? ¡Gonzalo ya es historia, como Héctor! – Protesta Gina. – A partir de ahora, los hombres sois simples juguetes sexuales para nosotras.

–  ¿Y se supone que soy yo el que no tiene que decir nada déspota ni obsceno? – Se queja Lucas. – No os podéis imaginar el sermón que me ha echado antes de venir, solo para advertirme que tenía que miraros como si fuerais mi hermana y ahora soy yo el que se siente un objeto.

–  Tranquilo, no te vamos a comer. – Bromeo con Lucas. – Aunque no puedes quejarte, siempre te quedará la pelirroja.

–  Ni de coña, las pelirrojas dan mala suerte. – Me contesta Lucas divertido. – Y, si te soy sincero, no me importaría que me comieras. – Me susurra al oído con voz sensual.

En ese momento, Gina y Giovanni deciden ir a bailar, dejándome a solas con Lucas. No puedo evitarlo, me intimida demasiado con su aspecto serio y de tipo duro, frío como el hombre de hielo, Iceman.

–  Giovanni me ha hablado mucho de ti, siempre me ha contado que le encanta hablar contigo, que confía en ti como una verdadera amiga, pero no pareces muy habladora. – Comenta Lucas como quién no quiere la cosa. – No te ofendas, pero te imaginaba más simpática y menos… explosiva, supongo.

¿Explosiva? Me habían dicho muchas cosas, pero no recuerdo que me hubieran dicho que soy explosiva. Me fijo en cómo me mira, parece esperar una respuesta pero sus ojos reflejan la seguridad y confianza suficiente como para intimidar a cualquiera. Finalmente, logro decir:

–  Me tomaré eso como un cumplido, pese a no estar muy convencida de ello.

Lucas sonríe ampliamente, es la primera vez que le veo sonreír de verdad, con ganas. Da un trago a su copa y me mira fijamente a los ojos antes de preguntar:

–  ¿Es cierto que entre tú y Giovanni nunca ha habido nada?

–  La mayoría de la gente cree que la amistad entre un hombre y una mujer no existe, que si dos personas del sexo opuesto salen a cenar o a tomar unas copas tienen algún tipo de relación sexual, pero en nuestro caso, así es. – Le confieso. – Es obvio que Giovanni es un tipo atractivo, todas las mujeres babean en cuanto lo ven, pero no es mi caso. Supongo que eso me convierte en un bicho raro. – Añado encogiéndome de hombros. – Giovanni y yo somos buenos amigos, nada más.

Lucas no contesta, se limita a sonreír y a beber un largo trago de su copa. Dada la falta de conversación, decido distraerme observando a Gina y Giovanni bailar juntos. Me sorprende ver que se lleven tan bien, normalmente suelen discutir pero hoy parecen estar encantados el uno con el otro. Incluso diría que se ponen ojitos y se sonríen demasiado. ¿Me he perdido algo? En fin, tengo que reconocer que me alegra verles tan contentos estando juntos y hasta hacen buena pareja. De hecho, me gustaría que fuesen pareja. Tener a mi mejor amiga y a mi mejor amigo siendo pareja sería divertido. Mientras yo me dedico a observar a mis amigos, Lucas se entretiene observándome a mí. De vez en cuando, me pregunta alguna cosa como qué he estudiado, cómo se vive en Villasol, si tengo hermanos y cosas así. Cada vez que le pregunto algo sobre él, le da la vuelta a la conversación y terminamos volviendo a hablar de mí. Hablamos de muchas cosas, pero no tocamos el tema del sexo y mucho menos el del amor.

Hasta que, media hora más tarde, Gina aparece a nuestro lado y nos informa:

–  Me largo, no puedo quedarme aquí ni un segundo más. – Y sale disparada en dirección a la puerta que da acceso a la calle.

Me pongo en pie y, justo en ese mismo momento, aparece Giovanni con el rostro desencajado, tan confundido como yo.

–  ¿Se puede saber qué le has hecho? – Le pregunta Lucas tan sorprendido como nosotros. – Ha salido del Sweet como si su propia vida dependiera de ello.

–  Te prometo que no le he hecho nada. – Se defiende Giovanni. – Estábamos bailando y de repente se ha parado en seco, ha empalidecido y, tras decirme que lo sentía mucho, ha salido corriendo. Me he quedado como un gilipollas mirando cómo se alejaba y ni siquiera he podido moverme de donde estaba. ¿Qué mosca le ha picado?

Entonces me doy cuenta de lo que ha ocurrido. Héctor está en la barra pidiendo una copa al camarero y buscando a su alrededor, supongo que buscando a Gina.

–  ¡Joder! – Exclamo nada más verle. – Héctor está aquí, por eso se ha ido Gina.

–  ¿Tan mal ha acabado la cosa que sale huyendo si lo ve en un lugar público? – Me pregunta Giovanni con sarcasmo, decepcionado porque Gina haya salido corriendo a la primera de cambio.

–  Resulta que Héctor está casado e incluso tiene un hijo. Hace dos meses que lo dejaron y hace un par de semanas le anunció que se trasladaba con su familia a vivir a Lagos, así que espero que entiendas su reacción. – Le espeto molesta. – Voy a buscarla, creo que me espera una larga noche bebiendo tequila y maldiciendo a todos los hombres del planeta. Os invitaría, pero no creo que seáis bien recibidos. – Me despido de Giovanni con un fuerte abrazo y de Lucas con un par de besos en la mejilla.

–  Espera, te acompañamos a casa. – Me dice Giovanni.

–  No hace falta, vivo a un par de manzanas de aquí. – Le recuerdo.

–  Mejor, así vamos caminando y nos da un poco el aire. – Sentencia Lucas.

No me queda otro remedio que asentir, no tengo suficientes agallas ni ganas de llevarle la contraria a Lucas, no parece ser de los que se dan por vencidos fácilmente. Así que me acompañan a casa, donde vuelvo a despedirme de ellos de igual manera, un abrazo para Giovanni y un par de besos en la mejilla para Lucas. Me percato que Giovanni está más preocupado de lo que yo imaginaba y le digo en un susurro:

–  Tú y yo hablaremos mañana, me parece que tienes mucho que contarme.

Giovanni asiente con la cabeza, sabe de lo que le hablo y no me lo ha discutido, mi sexto sentido no me ha fallado. ¿Se estará enamorando de Gina? Ya pensaré en ello mañana, ahora tengo que pensar en la larga noche que me espera con Gina, debe de estar pasándolo mal.

 

 

Y de repente tú 5.

Sábado, 4 de agosto de 2012.

Tras regresar a Lagos después de dos semanas en Villasol, nos esperaba una semana ajetreada. Nos han traído todos los muebles, hemos limpiado y decorado el apartamento y hemos acabado exhaustas. Ayer por la noche nos quedamos en casa, pero hoy hemos quedado con Giovanni, un amigo que conocí el primer año de universidad cuando fui a casa de sus padres con su hermano Bruno para hacer un trabajo de la universidad. Bruno me caía bien, pero con Giovanni tenía un feeling especial. Giovanni es cuatro años mayor que yo, es alto y fuerte, su rostro afilado endurece sus facciones y sus ojos, ligeramente rasgados y de un marrón oscuro intenso, transmiten su picardía. Las chicas van locas detrás de él, las hechiza con tan solo una mirada y ellas caen rendidas a sus pies. Hoy, casi cinco años después de conocernos, sigo preguntándome por qué nunca he sentido nada más que amistad por Giovanni. ¿Soy un bicho raro por no caer rendida a sus pies? ¡Hasta Gina se enrolló con él! Aunque eso pasó hace años.

Giovanni no cree en el amor, él solo piensa en sexo. Su relación con las chicas es blanca o negra, o son amigas o se acuesta con ellas, pero en su caso todas las chicas quieren acostarse con él, así que la única amiga de verdad que tiene soy yo. Giovanni vive en Lagos desde los dieciocho años, cuando se matriculó en la universidad de la ciudad. Siempre había vivido en Valdemar y sus padres siguen viviendo allí, así que nos veíamos cada vez que venía a Valdemar de visita, que era bastante a menudo. Supongo que si yo viviera a un par de horas en coche de Villasol también iría bastante a menudo. Uno de los pros de mudarme a Lagos era que Giovanni vive aquí.

Hace ya más de un mes que no nos vemos, mucho tiempo teniendo en cuenta que Giovanni iba a Valdemar un par de fines de semana al mes, así que tengo muchas ganas de verlo.

Cuando atravesamos el portal del edificio Giovanni ya nos está esperando de pie apoyado en su Audi Q7 de color negro, vestido con un tejano desgastado y caído que le marca y realza el perfecto trasero y una camisa roja con los dos primeros botones desabrochados, un atuendo de lo más juvenil y sexy. Nos sonríe en cuanto nos ve y abre sus brazos para recibirme con un fuerte abrazo, elevarme un par de palmos sobre el suelo y darme vueltas sin parar sobre sí mismo mientras me dice a voz en grito:

–  Pequeña, ¡cuánto me alegro verte!

–  Yo también, pero si sigues dándome vueltas acabaré mareándome. – Le replico riendo. – Veo que te han sentado muy bien las vacaciones.

–  Me han sentado de maravilla, pero me ha sentado mejor volver a casa y poder verte. – Me responde depositándome en el suelo al mismo tiempo que me besa con cariño en la frente. – Gina, estás preciosa, como siempre. – Le dice a Gina saludándola con un par de besos en la mejilla.

–  Tú tampoco estás nada mal, la verdad. – Le responde Gina con una maliciosa sonrisa en los labios.

Giovanni nos hace un gesto para que subamos al coche y le obedecemos sin preguntar a dónde nos lleva, al fin y al cabo apenas conocemos la ciudad.

–  Pensaba llevaros a un local nuevo que inauguraron ayer, pero mi socio se ha empeñado en ir al Sweet, a pesar de que he insistido en que era el único local de Lagos en el que habéis estado. – Empieza a contarnos Giovanni. – Es un buen tipo, pero suele intimidar bastante a todo el mundo sin pretenderlo.

–  Toda una joyita, ¡cómo no! – Le digo burlonamente.

–  Mel, lo conozco desde hace casi diez años y puedo asegurarte que es una de las dos personas en las que yo confiaría, la otra eres tú, por supuesto. – Me dice Giovanni guiñando un ojo. – Os lo advierto porque no suele tener muy buen humor y el hecho de aceptar quedar con nosotros implica el hecho de no mojar esta noche, así que os pido que seáis buenas con él.

–  ¿Eso es una forma de decirnos que tu socio/amigo no tiene ningún interés en conocernos? – Pregunta Gina frunciendo el cejo.

–  Eso significa que le he prohibido mojar con vosotras y está de mal humor. – Responde Giovanni.

–  ¿Por qué? – Pregunto sorprendida. – ¿Desde cuándo has decidido fastidiarnos a posibles candidatos para pasar una noche de placer?

–  Porque él es un poco como yo. – Nos responde serio. – Lucas es un buen tío, pero no se compromete con ninguna mujer.

–  Es otro vividor cómo tú. – Sentencia Gina.

–  Supongo que sí, pero su excusa es que no ha encontrado a la mujer que le haga perder la cabeza y que no le deje pensar en nada más y, mientras tanto, él la sigue buscando. –  Comenta Giovanni divertido.

Tras aparcar el coche, nos dirigimos a la puerta del Sweet donde el portero nos deja pasar amablemente y saluda a Giovanni con una sonrisa.

Decidimos sentarnos en los sofás de la zona chill-out a bebernos unas copas y ponernos al día mientras esperábamos que el amigo de Giovanni apareciera. Tras beberme la segunda copa, me levanto decidida a ir al baño y arriesgándome a dejar a Gina y Giovanni a solas. Les miro a ambos con advertencia antes de perderme entre la multitud. Cuando salgo del baño, echo un vistazo hacia la zona chill-out situada en el otro extremo del local y veo a Gina y Giovanni charlando animadamente, así que decido ir a la barra y pedir una copa. Mientras espero que el camarero me sirva, escucho quejarse a una chica pelirroja que está a mi lado de espaldas:

–  Sea como sea, lo voy a conseguir. Desde hace unas semanas está muy raro y he oído que viene al Sweet todos los sábados en busca de una chica que nadie ha visto. Creo que se ha vuelto loco. ¿Sabes qué me ha dicho? ¡Qué no pierda el tiempo llamándole! En cuanto se olvide de esa chica volverá y le voy a hacer sufrir.

La pelirroja continúa con su perorata cuando el camarero termina de servir mi copa, tomo un largo trago de vodka y doy media vuelta para regresar con Gina y Giovanni, pero la pelirroja también se ha dado la vuelta y ambas chocamos, lo que produce que parte del contenido de mi copa aterrice en el vestido de la pelirroja.

–  ¡Mierda! ¿Es que no miras por dónde vas? – Me espeta furiosa la pelirroja de ojos color ámbar.

–  Yo  podría preguntarte lo mismo. – Le contesto fulminándola con la mirada. – Quizás deberías follar más para estar menos amargada.

–  Pero, ¿quién te has creído que eres? – Farfulla con los ojos muy abiertos.

–  Alguien que te cerrará la bocaza esa que tienes como sigas hablando. – Le respondo furiosa.

Justo en ese momento, aparece Giovanni e interfiere:

– ¿Qué está pasando aquí?

– Ésta, que me ha tirado su copa encima. – Le dice la pelirroja a punto de llorar.

Giovanni me mira y no puedo hacer más que poner los ojos en blanco.

– Rebeca, estoy seguro que Mel ha derramado su copa sobre tu vestido por accidente, pero yo de ti no la enfadaría, sería capaz de arrojarte la copa entera. – Le dice Giovanni con una sonrisa pícara a la vez que me rodea con su brazo por la cintura y me da un beso en la sien.

La pelirroja se sorprende, lo último que esperaba es que Giovanni me defendiera, lógico dado que no sabía que él me conoce y somos amigos. Con todo su veneno ardiendo por sus venas, la pelirroja me suelta:

–  No te hagas ilusiones, solo pretende meterse en tu cama y después se olvidará de ti.

–  Llevo cinco años intentando meterme en su cama, si aceptara casarse conmigo lo haría ahora mismo y a pesar de ello, ella sigue rechazándome. – Le dice Giovanni. – Eso es lo que la diferencia del resto, que no es una víbora venenosa cómo tú.

Dicho esto, la pelirroja decide alejarse de nosotros.

Por supuesto, nada de lo que acaba de decir Giovanni es verdad. Nunca ha intentado meterse en mi casa y no me lo imagino caminando hacia un altar, antes es capaz de pegarse un tiro.

–  De todas las personas que hay en el local has ido a dar con la menos oportuna. – Me reprocha mientras me guía de vuelta a la zona chill-out. – Estaba saludando a Lucas cuando me ha dicho que la pesada de Rebeca le había asaltado nada más entrar y cuando te he visto discutiendo con ella… Por cierto, ¿qué te traes con mi amigo Lucas? Creía que me habías dicho que no habías conocido a nadie en la ciudad.

–  No he conocido a nadie y te aseguro que no conozco a tu amigo Lucas. – Le digo confundida.

–  Pues él me ha dicho que te conoce y que se alegraba de volver a verte. – Giovanni se para en seco y me pregunta con el ceño fruncido: – ¿Eres la chica misteriosa?

–  ¿Qué te has tomado? Me estás empezando a preocupar. – Le digo empezando a perder la paciencia.

Giovanni me mira, se encoge de hombros y vuelve a caminar en dirección a la zona chill-out. ¿La chica misteriosa? ¿De qué estaba hablando?

En fin, ahora saldré de dudas.

 

Y de repente tú 4.

Viernes, 27 de julio de 2012.

Tras once días en Villasol y a tan solo dos días de marcharnos, nuestras madres se han salido con la suya y nos han organizado una fiesta de despedida por todo lo alto a la que ha invitado a todo el barrio. Durante estos días, apenas hemos podido ver a antiguos amigos, todos vienen en el mes de agosto, justo cuando nosotras nos vamos, pero espero ver a alguien del instituto esta noche.

Me he puesto un vestido ibicenco de finos tirantes y falda con vuelo, unas sandalias blancas con tacón de cuña y el pelo suelto, al más puro estilo hippy.

Cenamos en familia, y eso por supuesto incluye a la familia de Gina. Después de cenar, los invitados empiezan a llegar y mi madre y Paola los hacen pasar al jardín trasero junto a la piscina mientras que mi padre y Enrico intentan sonreír y fingir estar pasándoselo bien sin éxito. Gina y yo recibimos a los invitados en el jardín trasero y les vamos ofreciendo copas de cava. Saludamos a todos los vecinos de la urbanización, a varias amigas y amigos del instituto e incluso conocemos a nuevos vecinos.

Paola y mi madre se han hecho muy amigas de la nueva vecina de en frente. Se llama Rafaela y tengo que admitir que me cae bien nada más verla. Sus ojos marrones brillan de emoción y su amplia sonrisa refleja honradez e inspira confianza. Lleva el pelo castaño recogido en un moño, un vestido con estampado de flores y unas sandalias planas. Debe tener unos cincuenta años.

–  Encantada de conoceros, he oído hablar mucho de vosotras. – Nos dice saludándonos con un par de besos en la mejilla. – Ahí están mi marido y mis hijos. – Los susodichos aparecen en el jardín y se dirigen hacia a nosotras. En cuanto Rafaela los tiene al lado, nos los presenta: – Os presento a mi marido Giuseppe, a mi hijo mayor Piero y a mi hijo pequeño Esteban, aunque solo se llevan un año de diferencia.

–  Oh chicos, ellas son mi hija Mel y la hija de Paola, Gina. – Les dice mi madre.

–  Encantado. – Nos saludan ambos hermanos a la vez.

–  Lo mismo digo. – Les respondo forzando una sonrisa.

Los dos hermanos son altos, fuertes y muy guapos. Ambos rubios de ojos claros, no sabría distinguir entre azules o grises, una sonrisa pícara en sus labios carnosos y las facciones marcadas y endurecidas. Una mezcla de príncipe azul con tipo duro. Giuseppe, aunque más mayor, también conservaba su atractivo. Tras estrecharnos las manos a modo de saludo, nuestros padres se las apañan para alejarse y dejarnos a los cuatro jóvenes a solas. Es una situación incómoda, pero para Gina y para mí forma parte de la rutina diaria de vivir con nuestras madres.

–  ¿Chantaje emocional o material? – Les pregunta Gina.

–  ¿Cómo? – Preguntan ambos al unísono.

–  Me preguntaba qué os han hecho para convenceros de venir aquí. – Les explica Gina. – Nadie en su sano juicio vendría por voluntad propia.

–  Chantaje emocional. – Le responde Esteban, el hermano pequeño. Le guiña un ojo a Gina y añade: – Pero ahora que te he conocido, me alegro de haber venido.

Ambos se encuentran con la mirada  y se sonríen pícaramente, pero continúan manteniendo las distancias.

–  Y vosotras, ¿cómo no habéis podido escapar de una fiesta de vecinos? – Nos pregunta Piero. – Estoy seguro que dos chicas como vosotras tenían mejores planes para un viernes por la noche.

–  Nos marchamos el domingo, nuestras madres nos hubieran dejado de hablar si no dan esta dichosa fiesta con nosotras presente, ata cabos. – Respondo resignada. – Pero ya que estamos aquí, intentamos divertirnos. Un par de copas ayudan a que pase más rápido el tiempo.

–  Estoy de acuerdo contigo. – Me responde Piero con una sonrisa socarrona en los labios.

–  Podemos tomarnos una copa aquí y ya habremos cumplido. – Dice Gina. – Después podemos ir a tomar unas copas a la playa, hoy hay un concierto.

Dicho y hecho. Tras saludar a todo el mundo y bebernos una copa, decidimos que es hora de marcharse. Mi madre y Paola hubieran puesto el grito en el cielo si nos hubiéramos ido de la fiesta tan pronto, pero la cosa cambia cuando nos acompañan los hijos de su nueva vecina.

Piero y Esteban resultan ser dos chicos de veinticinco años alegres y divertidos que han montado su propia empresa para enseñar a hacer surf y, según dicen ellos, han ganado varios campeonatos y, a juzgar por como los saludan  y les piden fotos y autógrafos los ciudadanos de Villasol, parece que así es.

Vamos hasta el paseo marítimo en el coche de Piero. Bajamos a la playa y nos tomamos un par de copas antes de empezar a bailar. Esteban y Gina desaparecen en algún momento de la noche, dejándonos a Piero y a mí a solas.

–  ¿Bailamos? – Me pregunta sonriendo.

Acepto encantada, además de ser muy guapo, Piero es una muy buen compañía. Sabe conversar y, desde luego, sabe cómo tratar a una mujer.

Bailamos un par de salsas y un par de rumbas hasta que por fin nos ponen una preciosa balada de Leona Lewis, “Homeless”. Piero me rodea con sus brazos por la cintura y pega su cuerpo al mío, yo coloco mis manos alrededor de su cuello y me dejo llevar al ritmo de la música. Piero busca mi cuello y le facilito el acceso. Me acaricia con los labios el recorrido que va desde la clavícula hasta el lóbulo de mi oreja y me susurra al oído con voz ronca:

–  Estoy intentando controlarme para no secuestrarte y llevarte a mi casa, pero no sé si voy a ser capaz de contenerme.

–  No te contengas, secuéstrame. – Me oigo decir.

¿Esa he sido yo? Sí, he sido yo. No me da tiempo a pensar en nada más, Piero se toma al pie de la letra mis palabras y me saca rápidamente del chiringuito para llevarme hasta el coche. Me va a llevar a su casa.

–  Un momento. – Le digo de repente. – Dime que no vives con tus padres.

Tras estallar en una enorme carcajada seguida de una risa divertida, Piero me dice:

–  Tranquila, tengo casa propia. – Me besa en los labios y añade: – Si te llevara a casa de mi madre, no te dejaría salir de allí a menos que fuera para dirigirte a la iglesia vestida de novia.

–  Ahora entiendo por qué tu madre se lleva tan bien con mi madre y Paola, ¡son las tres iguales! – Le digo bromeando. – Por nuestro propio bien, mejor es que esto quede entre nosotros.

–  Totalmente de acuerdo. – Me responde pícaramente antes de arrancar el coche y conducir hasta su casa, dirigiendo su atención de la carretera a mis ojos para bajar hasta mis muslos y regresar a la carretera.

Piero vive en un apartamento en el centro de Villasol, cerca de la playa. Es un apartamento amplio y decorado con mucho gusto, aunque demasiado serio y masculino para mi gusto. A Piero no le debe ir nada mal su empresa de aprendizaje de surf si puede permitirse vivir aquí.

Piero saca un par de copas de uno de los armarios de la cocina americana y una botella de cava de la nevera. Sirve las dos copas dejando que se forme una pequeña porción de espuma en la superficie y me entrega una de ellas par después brindar conmigo y romper el hielo.

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