Y de repente tú 5.

Sábado, 4 de agosto de 2012.

Tras regresar a Lagos después de dos semanas en Villasol, nos esperaba una semana ajetreada. Nos han traído todos los muebles, hemos limpiado y decorado el apartamento y hemos acabado exhaustas. Ayer por la noche nos quedamos en casa, pero hoy hemos quedado con Giovanni, un amigo que conocí el primer año de universidad cuando fui a casa de sus padres con su hermano Bruno para hacer un trabajo de la universidad. Bruno me caía bien, pero con Giovanni tenía un feeling especial. Giovanni es cuatro años mayor que yo, es alto y fuerte, su rostro afilado endurece sus facciones y sus ojos, ligeramente rasgados y de un marrón oscuro intenso, transmiten su picardía. Las chicas van locas detrás de él, las hechiza con tan solo una mirada y ellas caen rendidas a sus pies. Hoy, casi cinco años después de conocernos, sigo preguntándome por qué nunca he sentido nada más que amistad por Giovanni. ¿Soy un bicho raro por no caer rendida a sus pies? ¡Hasta Gina se enrolló con él! Aunque eso pasó hace años.

Giovanni no cree en el amor, él solo piensa en sexo. Su relación con las chicas es blanca o negra, o son amigas o se acuesta con ellas, pero en su caso todas las chicas quieren acostarse con él, así que la única amiga de verdad que tiene soy yo. Giovanni vive en Lagos desde los dieciocho años, cuando se matriculó en la universidad de la ciudad. Siempre había vivido en Valdemar y sus padres siguen viviendo allí, así que nos veíamos cada vez que venía a Valdemar de visita, que era bastante a menudo. Supongo que si yo viviera a un par de horas en coche de Villasol también iría bastante a menudo. Uno de los pros de mudarme a Lagos era que Giovanni vive aquí.

Hace ya más de un mes que no nos vemos, mucho tiempo teniendo en cuenta que Giovanni iba a Valdemar un par de fines de semana al mes, así que tengo muchas ganas de verlo.

Cuando atravesamos el portal del edificio Giovanni ya nos está esperando de pie apoyado en su Audi Q7 de color negro, vestido con un tejano desgastado y caído que le marca y realza el perfecto trasero y una camisa roja con los dos primeros botones desabrochados, un atuendo de lo más juvenil y sexy. Nos sonríe en cuanto nos ve y abre sus brazos para recibirme con un fuerte abrazo, elevarme un par de palmos sobre el suelo y darme vueltas sin parar sobre sí mismo mientras me dice a voz en grito:

–  Pequeña, ¡cuánto me alegro verte!

–  Yo también, pero si sigues dándome vueltas acabaré mareándome. – Le replico riendo. – Veo que te han sentado muy bien las vacaciones.

–  Me han sentado de maravilla, pero me ha sentado mejor volver a casa y poder verte. – Me responde depositándome en el suelo al mismo tiempo que me besa con cariño en la frente. – Gina, estás preciosa, como siempre. – Le dice a Gina saludándola con un par de besos en la mejilla.

–  Tú tampoco estás nada mal, la verdad. – Le responde Gina con una maliciosa sonrisa en los labios.

Giovanni nos hace un gesto para que subamos al coche y le obedecemos sin preguntar a dónde nos lleva, al fin y al cabo apenas conocemos la ciudad.

–  Pensaba llevaros a un local nuevo que inauguraron ayer, pero mi socio se ha empeñado en ir al Sweet, a pesar de que he insistido en que era el único local de Lagos en el que habéis estado. – Empieza a contarnos Giovanni. – Es un buen tipo, pero suele intimidar bastante a todo el mundo sin pretenderlo.

–  Toda una joyita, ¡cómo no! – Le digo burlonamente.

–  Mel, lo conozco desde hace casi diez años y puedo asegurarte que es una de las dos personas en las que yo confiaría, la otra eres tú, por supuesto. – Me dice Giovanni guiñando un ojo. – Os lo advierto porque no suele tener muy buen humor y el hecho de aceptar quedar con nosotros implica el hecho de no mojar esta noche, así que os pido que seáis buenas con él.

–  ¿Eso es una forma de decirnos que tu socio/amigo no tiene ningún interés en conocernos? – Pregunta Gina frunciendo el cejo.

–  Eso significa que le he prohibido mojar con vosotras y está de mal humor. – Responde Giovanni.

–  ¿Por qué? – Pregunto sorprendida. – ¿Desde cuándo has decidido fastidiarnos a posibles candidatos para pasar una noche de placer?

–  Porque él es un poco como yo. – Nos responde serio. – Lucas es un buen tío, pero no se compromete con ninguna mujer.

–  Es otro vividor cómo tú. – Sentencia Gina.

–  Supongo que sí, pero su excusa es que no ha encontrado a la mujer que le haga perder la cabeza y que no le deje pensar en nada más y, mientras tanto, él la sigue buscando. –  Comenta Giovanni divertido.

Tras aparcar el coche, nos dirigimos a la puerta del Sweet donde el portero nos deja pasar amablemente y saluda a Giovanni con una sonrisa.

Decidimos sentarnos en los sofás de la zona chill-out a bebernos unas copas y ponernos al día mientras esperábamos que el amigo de Giovanni apareciera. Tras beberme la segunda copa, me levanto decidida a ir al baño y arriesgándome a dejar a Gina y Giovanni a solas. Les miro a ambos con advertencia antes de perderme entre la multitud. Cuando salgo del baño, echo un vistazo hacia la zona chill-out situada en el otro extremo del local y veo a Gina y Giovanni charlando animadamente, así que decido ir a la barra y pedir una copa. Mientras espero que el camarero me sirva, escucho quejarse a una chica pelirroja que está a mi lado de espaldas:

–  Sea como sea, lo voy a conseguir. Desde hace unas semanas está muy raro y he oído que viene al Sweet todos los sábados en busca de una chica que nadie ha visto. Creo que se ha vuelto loco. ¿Sabes qué me ha dicho? ¡Qué no pierda el tiempo llamándole! En cuanto se olvide de esa chica volverá y le voy a hacer sufrir.

La pelirroja continúa con su perorata cuando el camarero termina de servir mi copa, tomo un largo trago de vodka y doy media vuelta para regresar con Gina y Giovanni, pero la pelirroja también se ha dado la vuelta y ambas chocamos, lo que produce que parte del contenido de mi copa aterrice en el vestido de la pelirroja.

–  ¡Mierda! ¿Es que no miras por dónde vas? – Me espeta furiosa la pelirroja de ojos color ámbar.

–  Yo  podría preguntarte lo mismo. – Le contesto fulminándola con la mirada. – Quizás deberías follar más para estar menos amargada.

–  Pero, ¿quién te has creído que eres? – Farfulla con los ojos muy abiertos.

–  Alguien que te cerrará la bocaza esa que tienes como sigas hablando. – Le respondo furiosa.

Justo en ese momento, aparece Giovanni e interfiere:

– ¿Qué está pasando aquí?

– Ésta, que me ha tirado su copa encima. – Le dice la pelirroja a punto de llorar.

Giovanni me mira y no puedo hacer más que poner los ojos en blanco.

– Rebeca, estoy seguro que Mel ha derramado su copa sobre tu vestido por accidente, pero yo de ti no la enfadaría, sería capaz de arrojarte la copa entera. – Le dice Giovanni con una sonrisa pícara a la vez que me rodea con su brazo por la cintura y me da un beso en la sien.

La pelirroja se sorprende, lo último que esperaba es que Giovanni me defendiera, lógico dado que no sabía que él me conoce y somos amigos. Con todo su veneno ardiendo por sus venas, la pelirroja me suelta:

–  No te hagas ilusiones, solo pretende meterse en tu cama y después se olvidará de ti.

–  Llevo cinco años intentando meterme en su cama, si aceptara casarse conmigo lo haría ahora mismo y a pesar de ello, ella sigue rechazándome. – Le dice Giovanni. – Eso es lo que la diferencia del resto, que no es una víbora venenosa cómo tú.

Dicho esto, la pelirroja decide alejarse de nosotros.

Por supuesto, nada de lo que acaba de decir Giovanni es verdad. Nunca ha intentado meterse en mi casa y no me lo imagino caminando hacia un altar, antes es capaz de pegarse un tiro.

–  De todas las personas que hay en el local has ido a dar con la menos oportuna. – Me reprocha mientras me guía de vuelta a la zona chill-out. – Estaba saludando a Lucas cuando me ha dicho que la pesada de Rebeca le había asaltado nada más entrar y cuando te he visto discutiendo con ella… Por cierto, ¿qué te traes con mi amigo Lucas? Creía que me habías dicho que no habías conocido a nadie en la ciudad.

–  No he conocido a nadie y te aseguro que no conozco a tu amigo Lucas. – Le digo confundida.

–  Pues él me ha dicho que te conoce y que se alegraba de volver a verte. – Giovanni se para en seco y me pregunta con el ceño fruncido: – ¿Eres la chica misteriosa?

–  ¿Qué te has tomado? Me estás empezando a preocupar. – Le digo empezando a perder la paciencia.

Giovanni me mira, se encoge de hombros y vuelve a caminar en dirección a la zona chill-out. ¿La chica misteriosa? ¿De qué estaba hablando?

En fin, ahora saldré de dudas.

 

Y de repente tú 4.

Viernes, 27 de julio de 2012.

Tras once días en Villasol y a tan solo dos días de marcharnos, nuestras madres se han salido con la suya y nos han organizado una fiesta de despedida por todo lo alto a la que ha invitado a todo el barrio. Durante estos días, apenas hemos podido ver a antiguos amigos, todos vienen en el mes de agosto, justo cuando nosotras nos vamos, pero espero ver a alguien del instituto esta noche.

Me he puesto un vestido ibicenco de finos tirantes y falda con vuelo, unas sandalias blancas con tacón de cuña y el pelo suelto, al más puro estilo hippy.

Cenamos en familia, y eso por supuesto incluye a la familia de Gina. Después de cenar, los invitados empiezan a llegar y mi madre y Paola los hacen pasar al jardín trasero junto a la piscina mientras que mi padre y Enrico intentan sonreír y fingir estar pasándoselo bien sin éxito. Gina y yo recibimos a los invitados en el jardín trasero y les vamos ofreciendo copas de cava. Saludamos a todos los vecinos de la urbanización, a varias amigas y amigos del instituto e incluso conocemos a nuevos vecinos.

Paola y mi madre se han hecho muy amigas de la nueva vecina de en frente. Se llama Rafaela y tengo que admitir que me cae bien nada más verla. Sus ojos marrones brillan de emoción y su amplia sonrisa refleja honradez e inspira confianza. Lleva el pelo castaño recogido en un moño, un vestido con estampado de flores y unas sandalias planas. Debe tener unos cincuenta años.

–  Encantada de conoceros, he oído hablar mucho de vosotras. – Nos dice saludándonos con un par de besos en la mejilla. – Ahí están mi marido y mis hijos. – Los susodichos aparecen en el jardín y se dirigen hacia a nosotras. En cuanto Rafaela los tiene al lado, nos los presenta: – Os presento a mi marido Giuseppe, a mi hijo mayor Piero y a mi hijo pequeño Esteban, aunque solo se llevan un año de diferencia.

–  Oh chicos, ellas son mi hija Mel y la hija de Paola, Gina. – Les dice mi madre.

–  Encantado. – Nos saludan ambos hermanos a la vez.

–  Lo mismo digo. – Les respondo forzando una sonrisa.

Los dos hermanos son altos, fuertes y muy guapos. Ambos rubios de ojos claros, no sabría distinguir entre azules o grises, una sonrisa pícara en sus labios carnosos y las facciones marcadas y endurecidas. Una mezcla de príncipe azul con tipo duro. Giuseppe, aunque más mayor, también conservaba su atractivo. Tras estrecharnos las manos a modo de saludo, nuestros padres se las apañan para alejarse y dejarnos a los cuatro jóvenes a solas. Es una situación incómoda, pero para Gina y para mí forma parte de la rutina diaria de vivir con nuestras madres.

–  ¿Chantaje emocional o material? – Les pregunta Gina.

–  ¿Cómo? – Preguntan ambos al unísono.

–  Me preguntaba qué os han hecho para convenceros de venir aquí. – Les explica Gina. – Nadie en su sano juicio vendría por voluntad propia.

–  Chantaje emocional. – Le responde Esteban, el hermano pequeño. Le guiña un ojo a Gina y añade: – Pero ahora que te he conocido, me alegro de haber venido.

Ambos se encuentran con la mirada  y se sonríen pícaramente, pero continúan manteniendo las distancias.

–  Y vosotras, ¿cómo no habéis podido escapar de una fiesta de vecinos? – Nos pregunta Piero. – Estoy seguro que dos chicas como vosotras tenían mejores planes para un viernes por la noche.

–  Nos marchamos el domingo, nuestras madres nos hubieran dejado de hablar si no dan esta dichosa fiesta con nosotras presente, ata cabos. – Respondo resignada. – Pero ya que estamos aquí, intentamos divertirnos. Un par de copas ayudan a que pase más rápido el tiempo.

–  Estoy de acuerdo contigo. – Me responde Piero con una sonrisa socarrona en los labios.

–  Podemos tomarnos una copa aquí y ya habremos cumplido. – Dice Gina. – Después podemos ir a tomar unas copas a la playa, hoy hay un concierto.

Dicho y hecho. Tras saludar a todo el mundo y bebernos una copa, decidimos que es hora de marcharse. Mi madre y Paola hubieran puesto el grito en el cielo si nos hubiéramos ido de la fiesta tan pronto, pero la cosa cambia cuando nos acompañan los hijos de su nueva vecina.

Piero y Esteban resultan ser dos chicos de veinticinco años alegres y divertidos que han montado su propia empresa para enseñar a hacer surf y, según dicen ellos, han ganado varios campeonatos y, a juzgar por como los saludan  y les piden fotos y autógrafos los ciudadanos de Villasol, parece que así es.

Vamos hasta el paseo marítimo en el coche de Piero. Bajamos a la playa y nos tomamos un par de copas antes de empezar a bailar. Esteban y Gina desaparecen en algún momento de la noche, dejándonos a Piero y a mí a solas.

–  ¿Bailamos? – Me pregunta sonriendo.

Acepto encantada, además de ser muy guapo, Piero es una muy buen compañía. Sabe conversar y, desde luego, sabe cómo tratar a una mujer.

Bailamos un par de salsas y un par de rumbas hasta que por fin nos ponen una preciosa balada de Leona Lewis, “Homeless”. Piero me rodea con sus brazos por la cintura y pega su cuerpo al mío, yo coloco mis manos alrededor de su cuello y me dejo llevar al ritmo de la música. Piero busca mi cuello y le facilito el acceso. Me acaricia con los labios el recorrido que va desde la clavícula hasta el lóbulo de mi oreja y me susurra al oído con voz ronca:

–  Estoy intentando controlarme para no secuestrarte y llevarte a mi casa, pero no sé si voy a ser capaz de contenerme.

–  No te contengas, secuéstrame. – Me oigo decir.

¿Esa he sido yo? Sí, he sido yo. No me da tiempo a pensar en nada más, Piero se toma al pie de la letra mis palabras y me saca rápidamente del chiringuito para llevarme hasta el coche. Me va a llevar a su casa.

–  Un momento. – Le digo de repente. – Dime que no vives con tus padres.

Tras estallar en una enorme carcajada seguida de una risa divertida, Piero me dice:

–  Tranquila, tengo casa propia. – Me besa en los labios y añade: – Si te llevara a casa de mi madre, no te dejaría salir de allí a menos que fuera para dirigirte a la iglesia vestida de novia.

–  Ahora entiendo por qué tu madre se lleva tan bien con mi madre y Paola, ¡son las tres iguales! – Le digo bromeando. – Por nuestro propio bien, mejor es que esto quede entre nosotros.

–  Totalmente de acuerdo. – Me responde pícaramente antes de arrancar el coche y conducir hasta su casa, dirigiendo su atención de la carretera a mis ojos para bajar hasta mis muslos y regresar a la carretera.

Piero vive en un apartamento en el centro de Villasol, cerca de la playa. Es un apartamento amplio y decorado con mucho gusto, aunque demasiado serio y masculino para mi gusto. A Piero no le debe ir nada mal su empresa de aprendizaje de surf si puede permitirse vivir aquí.

Piero saca un par de copas de uno de los armarios de la cocina americana y una botella de cava de la nevera. Sirve las dos copas dejando que se forme una pequeña porción de espuma en la superficie y me entrega una de ellas par después brindar conmigo y romper el hielo.

Y de repente tú 3.

Lunes, 16 de julio de 2012.

Tras otra semana sin parar de visitar tiendas de muebles y decoración, por fin hemos encargado todo lo que nos hacía falta y por un módico precio. Incluso nos ha sobrado algo de dinero de lo que teníamos apartado para amueblar el apartamento, dinero que guardaremos para futuras emergencias hasta que encontremos trabajo.

Mi madre y Paola, la madre de Gina, se han empeñado en comprarnos los billetes de avión para ir a Villasol y no pudimos negarnos, así que ahora estamos en el aeropuerto de Villasol, esperando que salgan nuestras maletas para encontrarnos con nuestras familias.

En Villasol siempre hace calor, incluso en el mes de enero la temperatura mínima suele estar entre los diez y quince grados, lo que supone que el mes de julio y agosto sea abrasador pero, aun así, me encanta el clima de nuestra pequeña ciudad. Aquí la gente siempre es amable y sonríe, mientras que en las grandes ciudades la gente camina con prisa y siempre está de mal humor. Esa era la única razón por la que dudé en mudarme a Lagos, pero es la ciudad de las oportunidades para los jóvenes, es la ciudad en la que se puede llegar a ser alguien importante en el sector profesional.

–  Ahí están nuestras maletas. – Me dice Gina dándome un codazo en el brazo y sacándome de mi ensimismamiento. – Despierta, que hay que coger las maletas.

–  Estoy por salir corriendo y subirme al primer avión que vea sin importarme el destino, ¿sabes lo que nos espera aquí? – Le pregunto aterrada por lo que nuestras madres puedan estar organizando.

–  Nos espera lo de todos los veranos. – Me contesta Gina encogiéndose de hombros. – Nuestras enajenadas madres organizarán cualquier tipo de evento y nos obligarán a asistir con el único fin de presentarnos a todos y cada uno de los hombres jóvenes que haya alrededor. Tú solo recuerda que son nuestras madres y, aunque están claramente locas, las queremos.

–  Acaba de hablar la psicóloga. – Me mofo.

Ambas nos echamos a reír mientras sacamos a pulso las maletas de la cinta corredera. Desde niña, cada vez que Gina trataba de analizar moralmente un acto, gesto o palabra, todo el que la conocía bromeaba diciendo que no era Gina la que hablaba, sino la psicóloga que llevaba dentro. Y, mira por dónde, Gina ha acabado siendo psicóloga, pese a estar más loca que una cabra.

Nada más salir de la zona de desembarque, nos encontramos con mi padre y con Enrico, el padre de Gina.

Ambos visten una camisa blanca, unas bermudas de color crema y calzan unas menorquinas, al más puro estilo Villasol. Sus caras se iluminan y en sus labios se dibuja una sonrisa en cuanto nos ven aparecer. Nos reciben con un fuerte y reconfortable abrazo, cogen nuestras maletas y nos guían hasta el coche mientras conversamos desenfadadamente.

–  ¿Cómo va la mudanza? – Pregunta mi padre arrancando el coche. – ¿Habéis encargado todos los muebles ya?

–  Sí, ya lo tenemos todo encargado. – Le respondo orgullosa. – En un par de semanas tendremos el apartamento amueblado y parecerá un verdadero hogar.

–  Si os falta dinero, sólo tenéis que pedírnoslo. – Me recordó mi padre.

–  No nadamos en abundancia, pero vamos bien de dinero, papá. – Insisto por enésima vez. – Con el dinero de la beca nos apañábamos muy bien en Valdemar, así que casi todo lo que hemos ganado trabajando en el supermercado lo ahorramos para destinarlo al alquiler del apartamento en Lagos y los muebles. Tenemos para aguantar hasta enero pero para entonces esperamos haber encontrado trabajo.

–  Francesco, tenemos que reconocer que nuestras niñas han crecido y pueden valerse por ellas mismas, aunque nosotros sigamos viéndolas como a nuestras pequeñas. – Le dice Enrico a mi padre.

–  Nos va muy bien, pero siempre es confortable saber que nuestros padres nos apoyan. – Les dice Gina precavida. – Hablando de progenitores, ¿nuestras adorables madres están planeando algo?

–  Me temo que sí, pero no sé el qué. – Dice Enrico encogiéndose de hombros. – No hemos querido preguntar.

–  Eso, lejos de consolarme, me preocupa más. – Le digo a Enrico.

Veinte minutos más tarde, mi padre aparca en frente de casa. Mis padres viven en una amplia casa apareada con la casa de los Veneti, los padres de Gina, con jardín y piscina compartida. Nuestros padres siempre nos hacían la fiesta de cumpleaños en el jardín trasero, junto a la piscina. El cumpleaños de Gina es en septiembre y el mío en agosto, así que la piscina es el mejor sitio donde celebrar una fiesta. Con los años, dejamos de organizar fiestas de cumpleaños en la piscina de casa, preferíamos celebrar nuestros cumpleaños en discotecas, lejos de nuestros padres.

Nada más bajarnos del coche, Paola y mi madre salen a recibirnos con un fuerte, efusivo y cariñoso abrazo, seguido de un montón de besos como lo harían dos abuelas.

Tras pasar al jardín trasero para sentarnos a la sombra de varios árboles mientras nos tomamos un refresco para paliar el calor, nuestras madres nos someten al tercer grado, empezando, cómo no, por el tema que más les interesa: los chicos.

–  ¿Os habéis echado novio ya? – Nos pregunta Paola.

–  Con lo guapas que estáis, no me puedo creer que no salgáis con ningún chico. – Comenta mi madre.

–  Mamá, no salimos con nadie. – Responde Gina con sequedad. – No sé si lo recordáis, pero hemos estado ocupadas estudiando una carrera, trabajando y haciendo una mudanza.

–  Hija, ¡qué humor! – Protesta Paola.

–  Estamos un poco cansadas por el viaje y, francamente, vuestro interrogatorio no ayuda. – Las reprendo. – Voy a deshacer la maleta y a ponerme un bikini, me muero de calor y quiero darme un chapuzón en la piscina antes de cenar.

–  Te acompaño. – Sentencia Gina levantándose de la tumbona de un salto.

Entramos en casa y Gina sube conmigo a mi habitación, quiere alejarse de nuestras madres para evitar que sigan interrogándola. Hace un par de semanas que Gina empezó a estar de mal humor y desde entonces sigue igual. He intentado hablar con ella pero cada vez que le he preguntado su respuesta ha sido “no me pasa nada”, “ya se me pasará” o “ahora no me apetece hablar”. Pero esta vez no se me escapa. Cierro la puerta de mi habitación para que nadie pueda escucharnos y, tras mirarla fijamente a los ojos, le pregunto:

–  ¿Vas a contarme qué te pasa? Y no me digas que nada porque estoy harta. He tenido paciencia pero ya la has agotado toda, así que desembucha.

–  No sé por dónde empezar. – Empieza a decir Gina. – Supongo que por el principio. – Continúa hablando mientras se deja caer sobre mi cama. – Hace tres semanas me llamó Héctor, le han ofrecido una plaza de director de márquetin en la delegación de Lagos de su empresa, un puesto muy importante, al parecer.

–  Su empresa tiene la sede en Lagos, sería el director de los directores de márquetin de su empresa, un puesto demasiado importante para que un tipo como él lo rechace. – Opino. – ¿Quiere seguir viéndote?

–  Sí. – Contesta Gina con un hilo de voz.

–  Gina, no quiero agobiarte. – Le digo a la defensiva. – Pero sabes qué es lo que tienes que hacer, ¿verdad?

Gina me responde asintiendo con la cabeza, una respuesta que no me termina de convencer. Como le he dicho, no la quiero agobiar, pero tampoco pienso permitir que eche su vida a la basura por un cabrón como Héctor. ¿Cómo puede siquiera pensar en volver a verlo? Buf.

Sigo deshaciendo mi maleta sin decir nada, está vez será Gina quién decida hablar, no voy a insistir. Sé que este tema la supera, ni siquiera parece ella misma, más bien es un fantasma de ella misma.

Gina conoció a Héctor en un local de Valdemar. Una cosa llevó a la otra y, después de pasar la noche hablando y bailando juntos, intercambiaron teléfonos. Héctor tiene treinta y dos años, diez años más que Gina, pero también tenía muchas otras cosas más que Gina. Tres días después de conocerse, Héctor la llamó y quedaron para cenar. Parecía un tipo encantador, guapo, educado, inteligente, trabajador, cariñoso y romántico. Gina estuvo saliendo con él seis meses. Héctor vivía en Masten, una ciudad al noroeste del país, pero solía venir muy a menudo a Valdemar, tan a menudo que su empresa le tenía alquilado un apartamento para que él se pudiera alojar. Así que, cada vez que Héctor venía a Valdemar llamaba a Gina y se veían. Y Gina se enamoró de él. En su defensa diré que cualquier mujer se hubiera podido enamorar del tipo que él fingía ser. Sí, fingía. Una noche Héctor recibió una llamada estando con Gina en su apartamento, tenía que regresar a Masten de inmediato y cuando Gina le preguntó por qué se tenía que marchar, él simplemente respondió que su mujer le acababa de llamar para decirle que habían ingresado en el hospital a su hijo para operarle de urgencia de apendicitis. Héctor lo dijo sin pensar pero al segundo se dio cuenta de lo que había dicho y solo le pidió disculpas a Gina y le dijo que hablarían en otro momento, acto seguido se marchó. Gina se quedó destrozada y no volvió a saber nada de él hasta pasado un mes. Se presentó en la universidad y la invitó a comer. Gina aceptó, pues tenían muchas cosas de las que hablar. En esa comida Gina se enteró que Héctor llevaba cinco años casado con su mujer y tenía un hijo de tres años. Héctor le dijo que la quería, pero que no podía dejar a su familia, al menos no ahora. Gina sabía que nunca dejaría a su mujer, pero también quería creer que con el tiempo la terminaría dejando. Por suerte, Gina abrió los ojos. La empresa de Héctor había organizado una gala benéfica y Héctor había invitado a Gina como su acompañante, pero su mujer se presentó por sorpresa y Gina tuvo que quedarse en casa. Ahí se dio cuenta que ella no podía vivir su vida a escondidas, no estaba dispuesta a ser la otra de aquella situación. Así que Gina se armó de valor y lo dejó.

Han pasado dos meses desde entonces y sé que Gina aún siente algo por él. No creo que vuelva a caer entre sus brazos, pero lo está pasando mal.

–  Se ha mudado a Lagos con su familia, me ha llamado esta mañana y me lo ha dicho. – Me dice Gina de repente. – No quiero verle, Mel. No quiero salir por ahí y encontrármelo paseando con su mujer y su hijo, ¿te imaginas? – Hace una mueca y se levanta para mirar por la ventana. – He desperdiciado demasiado tiempo con él y no pienso dejar que vuelva a suceder. Esta mañana le he dicho que no quería saber nada de él, que estaba feliz sin él y que nunca más quería saber de él. Le he pedido que respete mi decisión como yo he sabido respetar su otra vida y no le ha quedado más remedio que aceptarlo.

– Has hecho bien, Gina. – Le digo orgullosa de ella. La abrazo con fuerza y añado: – Creo que ambas necesitamos una noche de fiesta por Villasol. Podríamos ir a la playa, en verano siempre hay chiringuitos, música y mucho turista guapo y soltero.

Eso basta para que ambas nos echemos a reír como dos adolescentes. Estar en Villasol con Gina es como volver a ser adolescentes, con madres controlando a qué hora llegamos, qué hemos comido y, lo más importante, con quién hemos estado. Pero tiene su encanto volver a ver a viejos amigos y a viejos amigos más especiales, por no hablar de las noches de luna llena en la playa, donde celebramos auténticas fiestas chill-out y todo el mundo baila alrededor de una hoguera. Es como volver a revivir toda mi adolescencia, como si los años no hubieran pasado y todo siguiera igual.

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