Ninfas de los ardores, enriquecidas sus figuras por el bello arte de la poesía, su ungüento me quitó el dolor de riñones, y vago etéreo cual insecto a la sinfonía. En el interior de mi buhardilla, la hiedra y las amapolas verdean el añoso reloj de pared, dos centurias a lo menos, recuerdo de mi abuelo; a la izquierda del plasma trepa un lagarto de zafiro azulando de espejos rojos todos lados igual que una esfera de discoteca; la música es tan estridente como el naranja chillón de los ofidios por la alfombra de tiernas adelfas. Tres gnomos recogiendo setas. Claveles y cables blancos de sierpes ciegas entre la moqueta, césped de la belleza, y yo huésped humilde de los jardines del mundo. Delicias de lo mágico del Demiurgo.
En el calor de mi buhardilla, flota el incienso igual que los engendros en los tebeos, esbozando formas de elfas y peluches con vida. Pétalos de agua de cristal a los pies de la geisha del tapiz lateral, miro de la ventana a su través, enésima luna y altar, que somnoliento me ves.

 

Eduardo Ramírez Moyano

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