MONSTRUO EN CRISIS

El monstruo del armario llevaba toda la vida asustando a la familia, todos le habían temido en algún momento de sus vidas. Ahora era el turno de la pequeña de la casa. Estaba aterrada. Cada noche su madre abría el armario, miraba debajo de la cama y detrás de las cortinas para asegurarse de que no había nada acechando, y dejaba al león de peluche haciendo guardia. Pero cuando la puerta se cerraba y la niña se quedaba sola en la oscuridad, la puerta del armario se abría muy despacio y el monstruo gruñía, haciéndola gritar de terror.

Todo fue bien hasta que un buen día la niña dejó de tener miedo. El monstruo hizo mucho ruido, le rozó los pies, movió las cortinas, probó mil y un trucos, pero ella ya no se asustaba. Se estaba haciendo mayor… Desanimado, se mudó bajo la cama de sus padres, pero al anochecer la madre lo oyó y echó matarratas por todo el suelo. ¡Así no se podía trabajar! El monstruo se marchó taciturno a la habitación del abuelo. En cuanto salió a asustarle, el anciano le lanzó una almohada a la cabeza exigiendo un poco de silencio, que no le dejaba dormir con tanto escándalo.

El pobre monstruo ya no sabía qué hacer. ¿Qué sería de él, si ya no daba miedo? Solo le quedaba el hijo mayor, pero hacía años que ya no le temía. Se dirigió a su habitación arrastrando los pies, cabizbajo.

La primera noche los alaridos del chico resonaron por toda la casa. Su hermanita se levantó y lo encontró en el pasillo, apoyado contra la puerta de su habitación.

—No tengas miedo —le dijo—, el “mostro” no hace nada.

Él se llevó un dedo a los labios y le guiñó un ojo, sonriente. Se acercó a la oreja de la pequeña y susurró:

—El pobrecito estaba asustado. Ahora ya no tiene miedo.

 

©Vanessa Requena

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