El escritor solitario

El escritor solitario tomo su pluma dispuesto a plasmar sus sentimientos, había una revolución en sus adentros, y de pronto su alma se torno distinta, había una mueca de dolor en su expresión. Y sobre una hoja de papel dejo que su pluma llorara gruesas lagrimas de tinta!! Inmerso en la agonía de su dolor al que su alma quiera cauterizar.

Escribió sus sentimientos mas profundos de amor en continuas lineas quiso desahogarse!!! toda una vida de ese escritor tuvo inspiración que a otros llegaba con sus poemas se unieron corazones, y a otros tantos que la piel erizaba.. Tuvo en su haber las palabras mas exquisitas de placer y en una narrativa casi sublime ayudo a conquistar corazones. sus letras eran tutoriales de amor y de querer!! y hay estaba solo como el destino le marcaba, era el culpable de encuentros amorosos, pero la soledad era una cruz, que le carcomía el alma!!

Que si amaba? claro que lo hacia!! nunca se puede tocar un corazón si las letras son huecas y son frías!! de pronto.
Su hoja donde escribía empezó  a recibir gotas de agua donde expresa los mas puros sentimientos, eran lagrimas del escritor que en su poesía, estaba entregando el corazón con la inspiración que da el amor verdadero!!

El escritor amaba y con esa intensidad deslizaba suavemente, su escritura se empezó a distorsionar cuando llegaban recuerdos a su mente.
En mis sueños se transforman tormentas.. escribía, con atinado acento:
– Que pecado es el que tengo que pagar?
porque mi inspiración
-¿como mi pago recibe soledad?
-Acaso, para un escritor es el peor delito de amar?
-Se consumen las lagrimas en tinta también se deshoja en otoño el sauce y las rosas con el hastío se marchitan.

*Transmitire mis sentimientos por medio de una pluma, sere cupido para aquel que a mis letras acuda. Si mi destino no es estar acompañada viviré eternamente enamorada!.

-Amely Julian Sanchez

Jamás debí contártelo

1996

Una noche de verano soñé el más frío de los sueños: mi temor a perderte.

Entrabas en un bar y, en lugar de sentarte en una de las mesas, decidiste salir por una puerta trasera, una puerta sin salida aparente.

El receptáculo a que te encaminaste estaba en obras. Yo luchaba por avisarte de que no entraras allí. Pero tú no me oías, no podías hacerlo.

Yo era el testigo mudo de lo que iba a suceder.

Sólo había andamios repletos de ladrillos. Te paraste allí, como esperando no sé qué. No lo entendía y gritaba y gemía de dolor porque sabía que algo malo estaba a punto de suceder.

De repente, cayeron sobre ti decenas de ladrillos. Llovían sobre tu cuerpo.

Me desperté llorando.

Pocos meses después de la terrible pesadilla, regresaste de un largo viaje que a mí me pareció eterno.

Esa noche te conté el sueño que había tenido. Lloré mientras me mirabas preocupado y me tranquilizaste diciéndome que había sido sólo una pesadilla.

Me regalaste una camiseta con el dibujo de un bulldog inglés vestido con la bandera correspondiente. No sé dónde yacerá recordándome esa noche. Ahora, sólo en mi memoria.

Dos años más tarde, recibí la terrible noticia. Mi pesadilla había cobrado vida. Me maldije durante años.

Jamás volví a contarle a nadie mis pesadillas por miedo a que se cumplieran.

Añorada primera cacería

Prometeo en la roca

¡Al fin lo dejaron cazar solo! Pero le impusieron  ciertas condiciones a cumplir en esa añorada primera cacería. Una tarde, desobedeciendo las advertencias de los ancianos de la aldea se adentró en las abruptas montañas del Cáucaso. El joven iba emocionado; muy contento en su primera cacería en solitario. Escuchó quejas y lamentos continuados encima de su cabeza y subió las rocas con algo de trabajo, allí encontró a un inmenso hombre atado de pies y manos a la piedra.

Estaba indefenso e impotente; una inmensa águila devoraba sus entrañas.

El muchacho no se dejó intimidar por el tamaño del animal, con mucho esfuerzo logró que levantara el vuelo y se acercó cauteloso al hombre.

—Soy Prometeo.

— ¿El que nos entregó el fuego? ¿Por qué estás aquí?

—El dueño del trono olímpico me observó con recelo desde el día que le pedí autorización para entregarles el fuego —calló un momento—. Zeus miró abajo y vio a los habitantes de la Tierra siendo capaces de vencer las mayores vicisitudes, logrando sobreponerse a los más grandes problemas. ¿Hasta dónde podrán llegar? Se preguntó. Y estremeció el Olimpo negándose a mi solicitud —concluyó.

—Pero tú lo hiciste.

—Y por eso estoy aquí.

—Hablaré con Zeus.

Prometeo intentó impedir que el joven cometiera semejante locura, pero este se había lanzado a correr y ya estaba demasiado lejos.

Demoró en encontrar el camino el Olimpo, y después de mucha insistencia logró ser escuchado por Zeus.

El gran Dios lo dejó hablar, y después de escucharlo encomendó de inmediato a la Euménide Alecto que lo sacara de la montaña sagrada.

Apenado se presentó el joven ante Prometeo.

—Sabía que no podrías. Pero todavía puedes ayudarme —una pausa—; regresa ante el máximo del Olimpo y recuérdale que yo puedo predecir el futuro —hizo una pausa más extensa—. Le auguro un destino fatal, como el de Cronos y otros que también dominaron la sagrada montaña.

Zeus lo vio regresar y sin escucharlo dispuso un castigo para aquel mortal tan atrevido: ayudaría eternamente a Hefesto en la fragua del hierro y el bronce.

Hera comentó a su pareja que la osadía, el arrojo y el esfuerzo realizados por el joven merecían oírlo. Y al enterarse del recado de Prometeo Zeus ordenó a Heracles que lo pusiera en libertad; pero exigió que, por la desobediencia, arrastrara eternamente en una pierna un pedazo de la roca que había sido testigo del castigo.

Prometeo agradeció a Heracles y bajó junto al osado joven, que regresaba orgulloso de su tan añorada primera cacería.

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