Infinitamente, enlazadas en el tiempo.

Verdadera e infinitamente, somos el resultado del lo que hemos formado a través de cada una de nuestras existencias.

Ella nació con un puñado de estrellas en la mano; sabiéndolo todo, siendo todo, recordándolo todo.

Cristina llegó al mundo un día de otoño, con el viento nuevo y la luna gigante que ilumina el cielo durante las noches mágicas de octubre; con el sueño de brillar con toda la historia que traía cargando desde tiempos atrás.

Fue la primera nieta de una familia en la que habría mas tarde solo mujeres; cada una con su propia historia y su propio tiempo; con sus propias lunas por vivir.

Para Cristina, la vida transcurría en sueños paralelos; por un lado, la realidad en la que aprendió a caminar, hablar, leer, escribir y todas las rutinas mundanas que el mundo obliga a realizar.

Por el otro lado; la fantasía, el mundo en el que existen los duendes, las hadas, las princesas y el infaltable príncipe azul. El mundo en el que ella era realmente feliz y recordaba de tiempos atrás, el mundo que estaba plasmado de lluviosos días medievales y paisajes con torres que la esperaban ver llegar.

Cristina fue por muchos años hija única. A los cinco descubrió que le gustaba cantar y bailar, que le gustaba leer y estar a solas. Y . . . cómo no iba a querer estar a solas, si el mundo en el que vivía le resultaba tan vano y lejano.

Una mañana, salió descalza a caminar por la lluvia y se vio a sí misma en el reflejo del agua. Al mismo tiempo danzaban ella y Ana; su niña pasada, ejecutando los mismos pasos y salpicando el patrón de gotas más rítmico que puede salir de un charco de agua.

Ambas, se divertían olvidando que; aunque eran la misma alma, pertenecían a otro tiempo y a otra historia.

  • ¡Las niñas no juegan en los charcos! – le dijo una voz femenina
  • Debes recordar que no te puedes estar ensuciando y además está lloviendo. Métete.

Cristina fue arrancada de Ana, la dejó sola en el charco y la olvidó para siempre sin entender porqué las niñas no juegan en los charcos.

 

En realidad, los días eran casi normales; ir al colegio, ver la TV, hacer tareas, desayunar, comer y cenar; todos ejecutados como una serie de rituales cotidianos; poner la mesa, quitarla, desear buenas noches, y nada más.

Esa noche, Cristina abrió su ventana y recibió el golpe de aire más cautivante que podía recibir. Entró por su aliento el sabor y el aroma de azahares proveniente del árbol que mágicamente se hallaba bajo una baranda de piedra. Sin siquiera pensarlo, se hallaba de pie en el balcón al que llegaba cada noche Manuel, rodeado de ramas de azahar y campanillas moradas.

Cristina o Ana, qué mas da. Sabía que en cualquier momento subiría en secreto el hombre al que amaba, y así fue.

Manuel apareció como cada noche derribando prohibiciones, saltando el balcón de piedra para entrar por la ventana para amarse de manera furtiva teniendo siempre el tiempo en contra, contando con la amenaza del amanecer que en escasos minutos invadía de sol las sábanas testigos del fuego calcinante de sus cuerpos.

Cristina, de pie frente a su ventana, pudo recibir la caricia del viento que le regaló de nuevo los besos y las caricias de Manuel, volvió a sentir sus manos recorrer cada centímetro de su cuerpo y cada rincón de su escondida intimidad. Entregada de nuevo al pacer del amor, escucho que alguien tocaba la puerta que, sin estar segura si era la suya o la de Ana, abrió.

-Niña, ya duérmete. Mañana deber ir a la escuela. Y deja de estar pensando tonterías que por eso a veces no sabes ni cómo te llamas.

Y así, Cristina dejó de recibir a Manuel cada anochecer, obligada a olvidarlo como olvidaba cada secreto de sus vidas pasadas.

 

 

-Debo partir- dijo él sin explicación alguna- esto nunca debió ser

-Al menos dime porqué. Dime si algo me amas- Dijo ella sin saber el porqué de su partida.

María y Fernando habían tenido un romance por casi nueve lunas, que fueron invadidas por la magia y el placer más grande que ella podía recordar. Cobijados por la música de las grandes bandas se amaron hasta la saciedad, hablaron e hicieron planes futuros.

Una mañana nublada que hablaba de abandono se vieron en la cafetería de siempre, en donde, entre sorbos de café, Fernando le dijo que partiría. Sin explicaciones, sin causa y sin piedad.

Fernando salió, y tras de él lo hizo María que apenas pudo andar unos pasos, mismos que ante la torpeza causada por el dolor sucumbieron dejándola tumbada sobre la banqueta; dejándola bañada en un llanto que ella misma creyó que nunca cesaría.

Y ahí justo ahí en donde se encontraba María devastada, se encontraba Cristina. Tendida sobre la banqueta llorando el mismo llanto, derramando las mismas lágrimas; abandonada sin razón por él; por él que la había amado hasta hace unas horas.

-No puedo seguir con esto, me voy amándote hasta el resto de mis días. Mas me voy porque el pasado pesa más que lo que somos tú y yo.

 

Cristina, sabía con claridad que María y ella eran la misma persona, sabía que eran una misma alma abandonada en diferentes tiempos y sin saber cómo fue, ambas se abrazaron y se dieron consuelo. Ambas coincidieron que no eran merecedoras de un amor infinito y eterno y se declararon “desechables” y remplazables al tiempo que se despedían para ser olvidada una por la otra.

 

 

Justo ahí, sobre una cama de paja al ras del piso, en la pobreza más extrema y rodeaba por grandes torres construidas por primitiva piedra, se encuentra Inna.  Una anciana que pasó sus días descalza dentro de tierras, tal vez escocesas, pisando la hierba verde que acariciaba sus días, vistiendo tan sólo una dura túnica de lana oscura, rodeada de vacas que de nada le hablaban.

Inna, sóla; recostada sobre la paja cierra los ojos y siente cómo su espíritu se eleva lentamente convirtiéndose en paz absoluta; sintiendo la transformación de su ser en parte del firmamento y de la luz divina.

Tomando la mano de Inna, se encuentra Cristina que, recostada en su propia cama se eleva al mismo tiempo.

Ambas los saben, están partiendo de la vida terrena y se comunican a través del tiempo. Cristina vive la muerte atada a Inna que se va llenándola de la paz más hermosa que nunca imaginó, sabiendo que es el momento de despedirse para siempre; que no habrá nuevas vidas ni nuevas muertes.

 

-Un café, con crema y azúcar. No me gustan los sustitutos de azúcar.

Cristina, solitaria pide en la barra de una cafetería express. No sabe si recuerda o si las imágenes que saltan por su cabeza son recuerdos o personajes de su imaginación, por lo que, mientras bebe el café que justo acaba de llegar, extiende la mano y lo comparte con cada una de las amadas mujeres que danzan sobre su cabeza.

Comparte con ellas el olor a café que sale de las máquinas, el repentino aroma de los azhares, del pasto fresco, de la paz infinita.

En el fondo, ella sabe que cada una de ellas es su propio espíritu, su pasado y la fortaleza de sus días presentes.

-Vámonos- dice quedo y sin pensarlo.

Así, así se ve a través de la ventana de la cafetería que sin explicación terrena refleja a cuatro mujeres que salen tomadas de la mano dispuestas a vivir hoy cada día, con la experiencia y la sabiduría legadas desde las vidas pasadas.

 

 

 

 

Mejor a la car(t)a

Estoy al tanto de lo que ocurrió hace tiempo, gracias.

Me lo contó todo.

No entiendo porqué siguen con este cachondeo que, por otra parte, a mí no me hace ninguna gracia.

Será que es usted el que es y ha sido así.

¿Sabe qué pasa, señor? Pues pasa que tengo más clase que cualquiera de los que trabajan aquí, incluído usted, y exceptuando a uno de ellos.

No quiero sus disculpas, aunque quizá ni se le haya pasado por la cabeza el pedírmelas.

¡Ah, sí!, una cosa más…

Con todo el respeto, señor director, que es lo que no tiene usted conmigo…, ¡váyase a la mierda!

M. L. F.

Consejos a un euro diez

Aquella mañana, después de que te marcharas del bar, miré hacia abajo y pude ver la solución.

Había estado ahí todo el tiempo, a unos centímetros de sorbo.

M. L. F.

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