Mi reconciliación con la lluvia

Mi reconciliación con la lluvia

Años atrás solía fastidiarme con la lluvia. No me agradaba la idea de mojarme las ropas, el cabello y el calzado. Tampoco me era grato al humor pensar en la idea de que lloviese toda una jornada entera. Hasta que un día durante la primavera de 2014 me agarró la lluvia (que más que lluvia era un diluvio) de prepo y me invitó a darle una segunda oportunidad. Era un día laboral, estaba yo volviendo del trabajo. En ese entonces vivía en Quilmes así que debía emprender el regreso de la capital hasta el conurbano en el micro que me llevó de regreso a casa durante años; y resultaba súper desalentador saber que el viaje era acompañado por la abundancia del agua. Pero así es el clima y no había nada que hacer al respecto para frenarlo.

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El problema llegó a la hora de bajarme del colectivo. Era obvio: me iba a mojar. No sólo tenía que caminar unas cuadras, además debía hacer una parada obligada por el cajero automático más cercano porque mi billetera estaba más vacía de dinero que el desierto de agua y en casa tampoco había un peso. No tuve chance. El diluvio no tenía intención de marcharse y lo único que tenía de “abrigo” era un saco de hilo acorde a la temperatura de octubre en Buenos Aires. Ah, lo que sí tenía era mi teléfono celular repleto de música (como siempre) así que me dispuse a retirar algo de dinero del cajero para vivir una aventura express a continuación.

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Mi vestimenta toda estaba empapada, mis pies también. El reproductor de música del teléfono también lo estaba pero de música y en esa época yo procuraba salir de mi propio caparazón y despertar de una vez a la vida real. Estaba también en el proceso previo a comenzar mi camino en el canto. Cuando me di cuenta estaba caminando por las calles de mi barrio de ese entonces cantando a los gritos a la par del reproductor y (literalmente) bailando bajo la lluvia que era en realidad un diluvio. Quizás nadie lo notó porque la gente en la ciudad funciona conectada a un dispositivo automático invisible y aunque parezcan despiertos, caminan sonámbulos.

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Mientras tanto, yo caminaba risueña cantando bajo la lluvia y despierta, pero bien despierta. Y feliz. Esa es la magia de los momentos simples: que perduran en el tiempo dejando huella en el alma y que nos hacen vivir un despertar en completa plenitud dentro del mundo real.

2 comentarios en “Mi reconciliación con la lluvia

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