MI HERMANO EL RUBIO.

MI HERMANO EL RUBIO.

Se llamó José Luis y  no  lo llegué a conocer.

Lo reconozco en las fotografías por lo que me contaron de él.

Murió a los siete años, en Arequipa, causando en mis padres uno de esos dolores profundos que marcan para toda la vida. Estoy seguro que también fue así en mis dos hermanos.

Para mí, Lucho ha sido siempre el niño que jugaba curioso con los grillos, vestido con  mameluco (ahora llamado overol, castellanización del “over all”  inglés)  y su sonrisa a medias. Él siempre será como en las fotografías que se detienen en la época feliz de una infancia eterna.

Su historia viene fragmentada a través de las anécdotas y de nada largo ni concreto. Seguramente María Antonieta no me contó mucho de ese hijo que se fue en un día tan significativo para ella y Manuel Enrique, convirtiéndolo en una especie de dolorosa espina recordatoria. No recuerdo a mi padre hablándome de él. Parafraseando algo que escribí para el diario “Correo” allá por el 72 y que se llamaba “Mi abuelo y sus ojos de Arequipa”, diría que  conocí a mi hermano Lucho en el color de los ojos de mi madre.

Es curioso, pero cuando no tienes memoria de algo o alguien, por más que lo intentes, no tienes recuerdos. Todo llega como retazos, como pequeños flashes con las voces que te cuentan lo sucedido. Escucho a Alejandrina, la querida empleada cajamarquina que sí lo conoció, contarme de su amor por el venado que criaban en Trujillo y como “Luchito” le daba de comer directamente de su mano. Oigo como mi hermana se refiere a “Luchito” también y que mi madre narra las travesuras en las que mi hermano seguía a Panchín y cómo ella se preocupaba cuando el silencio delataba actividad oculta, revelada al encontrar que  ambos estaban en algún cuarto lejano de la vieja casona  de Trujillo, probando de meter la barra metálica para trancar la puerta, en un socket huérfano de foco y sentir, abrazado el menor al mayor, la corriente eléctrica de –felizmente bajo voltaje provinciano entonces- que los sacudía.

No puede ser muy largo este recuento de recuerdos prestados. Sin embargo llevo conmigo algo de lo que me di cuenta cuando un día mi madre me dijo que yo era un regalo de Dios.  Entonces realicé que tenía la responsabilidad de ser dos: Lucho y yo. Y  ahora entiendo porqué algunas veces mis travesuras eran pasadas por alto: perdonaban en mí al hermano que se había ido, pero que de alguna manera vivía estando yo.

Por eso seguramente, durante algún tiempo mi amigo imaginario se llamó Lucho y resulta curioso que se llame Lucho mi amigo real, mi amigo del alma, desde hace casi sesenta años.

 

 

Imagen: Fotografía familiar por Enrique Echegaray, Trujillo (Perú) 1940.

Manolo Echegaray (Lima, Perú)
Publicista desde 1969; profesor en 8 universidades e institutos de educación superior en el Perú y 1 en Bolivia (Técnicas de razonamiento creativo, Estrategia publicitaria, Comunicación intercultural, Comunicación de gobierno); cerca de 16,000 ex alumnos; publicidad para 2 campañas presidenciales (Perú); asesor de comunicación de una Presidencia de la República y seis ministros de Estado; escenógrafo, sonidista, actor y diseñador de vestuario de teatro; artista gráfico; escritor a ratos. 70 años.

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