RELATOS

Mi corazón y yo

MI CORAZÓN Y YO

Mi corazón y yo nos levantamos de madrugada, cuando unos pocos incautos aún no han terminado de cerrar el último bar y por las calles nada más que circula el camión de la basura. Aún quedan varias horas para que el sol asome por el extremo oeste de mi calle y para que las luces comiencen a encenderse en las ventanas. Para cuando dé comienzo el trasiego de caras soñolientas y niños ilusionados, yo ya tendré terminado mi trabajo, abriré las puertas y daré la bienvenida al nuevo día de la manera más dulce que conozco.

Mi corazón y yo nos vestimos de uniforme, de un blanco impoluto y bajamos las escaleras que llevan al despacho. La potente luz artificial rompe la noche como con una catana bien afilada para darme acceso a mi paraíso particular. De inmediato me relajo y aparece mi sonrisa, la que me envía por mensaje directo mi corazón, saltándose de esta manera cualquier orden que el cerebro quisiera dar. Aspiro el aroma, me recreo en el silencio y comienzo a trabajar.

Mi corazón y yo nos volcamos sobre la mesa. Pintamos de blanco nuestras manos al entregarnos al placer de tocar la suave masa que antes ellas mismas han elaborado. La harina, el agua, la levadura y la sal nos abrazan con cariño, como cada mañana, abrigadas por el amoroso calor que ya comienza a desprenderse del horno, situado a nuestras espaldas. Nos entregamos al placer de amasar, de hundir las manos en la delicada pasta que, dentro de unos minutos, emitirá el aroma más delicioso del mundo.

Mi corazón y yo canturreamos en voz baja la alegría que nos produce trabajar otras texturas, mientras la amalgama que antes creamos se cuece al calor de la aromática leña de encina. El despacho adquiere una agradable tibieza mientras damos forma al resto de bollería. Croissants, napolitanas, palmeras, magdalenas, acompañados de la dulzura del azúcar o del chocolate, aguardan pacientemente su turno para adentrarse en las acogedoras fauces del horno.

Mi corazón y yo nos dejamos un pedacito de nosotros en cada pieza elaborada, en cada doblez de las masas, en cada espolvoreo de azúcar. Volvemos a sentirnos niños embadurnándonos con la harina, probando los dulces, dándoles forma, improvisando recetas, introduciendo una fruta diferente cada día. Mi corazón y yo volvemos a ser niños que juegan a las cocinitas y que esperan con ilusión la llegada del primer cliente, de la primera sonrisa de la mañana.

Es el aroma del horno el que da la bienvenida al día. El sol se asoma a esta estrecha calle de barrio viejo cuando los primeros efluvios salen por la chimenea, se cuelan por puertas y ventanas. La ciudad despierta, por fin, con el olor a pan recién horneado estimulando los sentidos.

Mi corazón y yo levantamos entonces el cierre metálico y abrimos la puerta del despacho. Cada persona que llega a por su barra de pan o a por la bollería de su desayuno, se lleva consigo una sonrisa y un mordisquito de mi corazón. Y de mí.

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