Menudeces.- Aquellos días.

Me quede enganchada…

Ja ,ja, ja…

El columpio de ayer, eso pasa por ser traviesa y querer regresar a la niñez, a quien se le ocurre pensar en columpiarse como antaño, pero lo hice, sentir el viento bien frío en el rostro, cerrar los ojos y sentirte volar, libre….

Sensaciones que dispersas se enredan en mi melena mientras mi mente se sumerge en aquellos tiernos momentos en que la vida sólo eran sonrisas.

Risas, algarabía en aquel prado que aún se mantenía virgen, cercado por la construcción de altas torres destinadas a viviendas, ladrillos rojos por doquier.

Allí vivimos los mejores momentos, corríamos detrás de las mariposas, intentando no cazarlas si no ser brisa y como ellas volar.

Soñar era nuestra principal obligación y diversión, a todas horas.

El calor o el frío, no importaba el tiempo, nada interfería nuestros encuentros. El prado era nuestra vida.

En primavera las tormentas que empapaban nuestros cuerpos, refrescándonos del calor que el asfalto desprendía, buscando en el cielo nuestro propio arcoíris.

Encontrar su principio y su fin, tobogán de colores que desprendía armonía. Dibujar con un dedo en el aire su trayecto, para satisfechos después continuar batallando.

El frío del invierno no nos impedía salir, con el gorro y la bufanda, incluso los guantes bailábamos la peonza en cualquier rincón un poco llano que encontráramos.

Las canicas no podían quedarse fuera de nuestros juegos, sin ser un reto, era una búsqueda de aquella canica más hermosa, que después nos jugábamos en una tirada ciega.

En verano batallas de espigas, el trigo ya crecido, se enredaba en las camisetas, mientras recogíamos flores blancas cuyo polen sabor a miel nos hacía relamernos.

Gomas y cuerdas para las niñas, aunque ellos también aprendían y competían, a veces eran muy buenos.

Corre pasillos de canciones de antaño, marinero o botones que hacían que los niños se marcharan a jugar un partido de fútbol mejor que quedarse aburridos mirándonos. A veces jugábamos también las niñas, y por qué no decirlo alguna vez les ganamos, aunque no era lo normal, ellos eran un poco, bastante más brutos.

Patines de hierro y correas de cuero, casi todas las calles eran cuesta y allí hacíamos temer a los mayores que tranquilos paseaban algún tropiezo con infantil recelo.

Cuando las calles decían no eran seguras, nosotros hacíamos de ellas nuestra casa, se oían historias de niños robados, de gente que vendía el corazón o el hígado, de niños que vendían en otros países, algo que ha ocurrido y ocurrirá siempre, aunque tal vez ahora con más descaro y menos castigos.

Éramos uña y carne, formábamos una piña, todos juntos al colegio, a jugar y siempre los más mayores acompañaban a casa a los pequeños. Hermanos sin duda alguna.

Cumpleaños caseros, los de siempre, una pequeña tarta hecha en casa, en el horno de gas que deja el sabor a pan en la bandeja para el asado del domingo si es que había suerte y tocaba. Jamón, queso y chorizo, chocolate, a veces medias noches y un vaso de leche completaba el ágape. Regalos, la presencia de los amigos, nada más, juegos de sobremesa, cartas por ejemplo, era lo acertado tras la merienda.

Navidades, aquellos momentos en que después de las uvas, todos los vecinos compartíamos una sonrisa envuelta en una copita de anís o coñac o de aguardiente del pueblo, es lo que había por aquel entonces. Sin panderetas, hacíamos ruido, las tapas de las cacerolas pasaban a ser nuestra diversión por una noche, mientras cantábamos villancicos, hacíamos gansadas y nos reíamos sin parar.

El frío de las casas se infiltraba en nuestra piel, un infiernillo bajo la mesa camilla o tal vez, un radiador de aceite, que iba recorriendo cada habitación de la casa para intentar transmitir un poco de calor, nos cogíamos una manta y sin pereza alguna continuábamos con nuestro no parar.

Nieve entonces aquello eran guerras a gran escala, cuidado mejor no andar por el medio si no querías terminar empapado y aterido de frío.

Eran risas y a veces lloros, meriendas cortas compartiendo chocolate, pan con aceite y azúcar, un tomate con sal. Esas fueron nuestras tardes después del colegio, o en vacaciones siempre que hubiera ocasión y permiso de los padres.

Sin prisas, la vida de entonces, era distinta. Desayunabas tranquilo, ibas caminando despacio al colegio con todos los niños del barrio. Había pocos deberes y cada tarde teníamos tiempo para salir a la calle. Aunque hubiera exámenes, se repasaba en clase, un poco en casa y tiempo libre para ser niño.

En vacaciones la siesta obligada intención de las madres, para conseguir un momento en que el descanso y la calma llegara a sus vidas. Mi madre leía, y yo tampoco dormía pero tumbada en la cama me sumergía en aquellos maravillosos mundos que los libros leídos en mi niñez me transportaban. Casi todos los niños leíamos, si no era un libro, era un comic, sino un tebeo.

Los leíamos y bajábamos a la librería del barrio a cambiarlos. Había que tener mucho cuidado, no podían estar sucios ni rotos, los mimábamos para poder continuar leyendo las maravillosas aventuras que nos relataban aquellos autores. A veces había uno para todos. Nos sentábamos alrededor de un banco o una piedra y el que leía en el centro. Así todos podíamos hacer viajar nuestra imaginación. Eran caras alegres, traviesas, despistadas en otros mundos viviendo mágicos momentos.

Cuando encontrábamos una caja de cartón, hacíamos maravillas artesanales, un camión, un avión, un castillo o incluso una casa, había lugar para todo ello sin lugar a dudas.

Los profesores eran personas muy importantes en nuestras vidas, les hablábamos de usted, y siempre con seriedad y respeto. Los castigos eran distintos, una regla de madera golpeando los dedos de las manos. Libros sobre los brazos en cruz, un buen tirón de orejas o una colleja alguno nos llevábamos.

Aún en nuestros primeros años nos poníamos en pie en la mañana, al llegar a clase y cantábamos esa canción “Cara al Sol” delante de un retrato de quien en aquellos tiempos era el Jefe del Estado, el caudillo Francisco Franco. Eso lo sabíamos todos.

Nos hacían formar filas en el patio del colegio y subir con calma pausada sin hacer ruido alguno, pegados a la pasarela pero sin llegar a tocarla. La espalda recta y la mirada al frente, menos mal que entonces no llevábamos tantos libros como ahora. Si no, hubiera sido bastante complicado mantener esa porte.

Juntarnos en las casas para hacer trabajos en equipo, siempre había alguno que tenía un libro que hablará de ese tema o le habían regalado una enciclopedia. Antes no teníamos esa facilidad de acceso a la información, y las bibliotecas fueron llegando con calma y sin prisa años después. Así que no había más remedio que preguntar a todo dios conocido y ser bueno redactando para inventarnos a medias lo que creíamos percibir que quería decir aquello.

Excursiones, claro, al río, a las pozas de la sierra, donde el agua esta tan fría en pleno verano que te corta la circulación de la sangre. Bosques en los que pequeños arroyos eran un deleite para nosotros. No teníamos a veces bañadores, nos bañábamos desnudos o con la ropa interior, no ocurría nada, éramos todos amigos y nos divertíamos juntos. No importaba si tú eras pequeña y gordita, si tú eras la más rebelde si él era el pegón del grupo, todos juntos hacíamos uno.

Llegaron las cámaras de fotografías, había una que esperabas un poco y salía la foto, eso era todo un lujo, algunos que teníamos familia trabajando en Alemania, por qué antaño muchos tenían que irse de inmigrantes a otros lugares para poder comer, les regalaban alguna de aquellas maravillas. Eran caras de sorpresa, incluso alguno de cinismo, cosas incomprendidas de los avances en los tiempos del ayer.

Tuvimos que enfrentarnos ya en la adolescencia con más cambios, empezaron a ponerse de moda las discotecas, donde bailábamos como locos, pagábamos solo la entrada y bebíamos agua del baño. No había para más.

Los primeros ordenadores llegaron y nos parecieron dioses, aquellos amstrad que había que montar en piezas y conseguir aprender a programar Basic o Cobol para poder hacer algo digno.

Preferíamos las aún existentes máquinas en los bares y cafeterías, donde echábamos partidas largas y compartíamos risas. El billar y el futbolín compañeros de tardes de lluvia.

Los parques llegaron después, guetos les llamábamos nosotros, lugares cerrados donde con cuatro cachivaches tenernos controlados, no, mejor el prado, la plaza, donde la vida bulle.

Y después las Tablet, los móviles y la vida en la calle se terminó. Las risas, las conversaciones, las lecturas volaron, para ver tristemente dos amigos juntos compartiendo nada, cada uno su mirada fijada en su pantalla. A veces incluso se dicen algo escribiéndose.

Triste avance sin duda, mejor antes, sin tanto tecnología y más contacto, haciendo eco a la vida.

El problema los limites, deberíamos saber que todo en su justa medida puede acompasar con nuestra vida, haciendo que resulte más fácil y agradable.

Aquellos tiempos sin duda, sus pequeñas cosas, lo invisible a los ojos de todos, esa es la verdad de este tiempo. Retornar a la niñez, menudeces que te hacen ser feliz.

Luz.

Enero 2017

3 comentarios en “Menudeces.- Aquellos días.

  1. He disfrutado enormemente con esta lectura mi querida amiga, me ha transportado a esos otros tiempos lejanos ya, pero presentes y con la misma sensación y sentimiento que reflejas en estas letras…con tanta tecnología y el mal uso que se hace de ella las relaciones y la comunicación se ha perdido. Quizá aquellos fueron malos tiempos en muchos sentidos, pero los niños y niñas éramos lo que tocaba ser, eso, y disfrutar sin preocupación alguna de jugar y dejar volar la imaginación en él. Besos y abrazos todos!!!

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