No se cansaba de escuchar una y otra vez las notas de aquella vieja melodía que tantos recuerdos le traía y tanto significaba para ella. Aquella música la transportaba en el tiempo, imágenes de momentos maravillosos se recreaban en su mente, su imaginación volaba a la sala de baile en la que conoció al hombre con el que hizo gran parte del recorrido de su vida. Su esposo, su amor verdadero, su amigo y compañero con el que compartió tanto penas como alegrías, el amor que aún mantenía vivo en su ser a pesar del tiempo que hacía que se apeó del tren de la vida.

Su partida la dejó en la más completad de las soledades, el gran vacío que se instaló en su ser no pudo llenarlo con nada ni con nadie, pero al mismo tiempo, con los años, se dio cuenta de lo mucho que había aprendido de esa soledad y de ese oscuro vacío. La tristeza del principio fue despareciendo paulatinamente a medida que los días, meses, años iban pasando. Se acostumbró a dialogar en voz alta con el que fuera su esposo e incluso escuchaba su voz, contestando e interviniendo en la conversación. Lo cierto es que aquellas conversaciones la ayudaban a sentirlo cerca, a pensar que todo fue un sueño y que en la realidad él permanecía a su lado. Le preparaba por las mañanas el desayuno y disponía la mesa tanto para el almuerzo como para la cena con cubiertos para dos…Se habituó con el tiempo a sentirlo con ella, dentro de su corazón, parte de su alma.

En algún momento, durante aquellos años inició aquellos diálogos sin ser consciente de que los prolongó en el tiempo y que ahora formaban parte de su día a día. Se sentí bien consigo misma, le daba paz y sosiego a su alma y de esa manera no se sentía sola, más bien todo lo contrario, sabía que su esposo estaba con ella, residía en su corazón y lo percibía con los ojos del alma.

Hacía unos días que no se encontraba bien, no le dolía nada en especial, sentía cansancio y una especie de dejadez, había momentos en los que pedía al Universo que la llevara con su esposo, ya había recorrido el camino que le correspondía, su vida fue completa y feliz, ahora ya se sentía agotada y necesitaba de ese descanso eterno. Sabía que por mucho que ese fuera su deseo, la hora de su partida no llegaría hasta el momento en que para ella así lo hubieran dispuesto en el libro de su vida.

Aquella tarde volvió a poner su canción, la «Melodía desencadenada» que no se cansaba de escuchar. Se tendió en el sofá cómodamente y se dejó llevar por las notas de la melodía. Se adormeció sintiendo en sus labios el suave roce de unos labios amados que la hicieron volver en sí. No podía dar crédito a lo que estaba pasando pero ahí estaba él, su amor, su verdadero y único amor invitándola a levantarse para bailar juntos aquella melodía que los mantuvo unidos durante sus vidas. Danzaron enlazados, emocionados por el reencuentro. Danzaron sin percatarse de que la música había cesado, continuaron meciéndose abrazados hasta traspasar el umbral envueltos en un halo de luz blanca.

 

@Marina Collado