Llegaron los vientos de otoño.

Han pasado más de cuatro mil horas desde aquella mañana en la que todo se paralizó y el mundo se quedó en resguardo hasta nuevo aviso.

Cuatro mil horas, se dicen fácil; son dos estaciones, medio ciclo de vida, algunos kilos de más o de menos, lunas maravillosas asomándose en el cielo.

Y aquí me encuentro.

Ya no me asomo a la ventana a ver los rayos de primavera que apenas asomaban en marzo, ya no espero con ansia las lluvias, que en pocas semanas se detendrán. Me conformo con esperar, a unos minutos del medio día los rayos que se posan sobre un sillón que se ha convertido en mi solario.

Me conformo hoy con tantas y tan sencillas cosas, pues lo demás se ha vuelto obsoleto, tal vez arcaico; y es que ha llegado la época de las hojas y la piel caídas, de los vientos que se llevan las penas y golpean la cara con los recuerdos. Ha llegado la época que nos susurra al oído que está cerca el final.

Me han robado la primavera y con ella los años, mientras desde mis cuatro paredes me enojo, me llega la esperanza, observo la necedad y la incertidumbre.

Irremediablemente, he observado la labor de los héroes hasta ahora anónimos entregando hasta las entrañas sus horas, sus días, la conexión, el cambio de rutina; me he envanecido a causa de la grandeza humana que ha mostrado lo mejor de su legado.

También he llorado y he sentido la impotencia que da la necedad y el egoísmo de aquellos que siguen sin unir su apoyo a los demás, haciendo caso omiso al encierro tan necesario al que hemos sido sometidos.

¡Sí! Llegó el otoño, al paso irremediable de Cronos que no perdona y sigue su curso, aún en medio de la parálisis universal.

Y yo sigo aquí; fundiéndome con el ciclo del año, esperando sentada y tomando el sol que entra con una chispa de esperanza hacia los días venideros.