(Día: ya no recuerdo)

Me encuentro de nuevo, sentada a la ventana. Esperando que una voz finalmente informe a cerca de la salida al mundo social.

He hablado conmigo, con las puertas, con las paredes, con los muebles y con las eternas pantallas; esperando el calor que me brinda el contacto real con los humanos.

-Somos un animal social que se encuentra aislado, pronto restauraremos la vida – me digo al mismo tiempo que doy palmas a mi espalda para darme calma sin conseguirla del todo.

-¿Qué es en realidad restaurar la vida?- digo para mi misma y, al instante se posan tres pájaros en el pretil de mi ventana entonando notitas coordinadas que le devuelven la perfección al día; causando que me levante de mi home classsroom para recordar, a través de la ventana el olor al cielo azul adornado por unas finas nubes blancas (casi plateadas).

La razón que casi había extraviado volvió de nuevo a aferrarse a mis sentidos cuando, el compás de los pájaros me invitó a acercarme a la ventana y sacando medio cuerpo abracé la naturaleza que me rodea, tan viva y perfecta.

Todo va adquiriendo color; la Cuna de Moisés que parece estar enamorada de su encierro, el cielo, las aves, las margaritas brotando y la esperanza de salir a recorrer las calles.

Sí que me han robado la primavera que se vive fuera de las paredes; sin embargo, ella me ha visitado en su afán de no ser restaurada, de no ser olvidada.

Ha pasado una incierta decena de días en confinamiento y no sabemos cuándo, ni de qué manera saldremos; pero hoy me siento como si hubiera dado un largo paseo abrazando la primavera que me han robado. Y es que, no importa qué tanto te puedan robar el gozo de la vida; siempre estará esperando para plasmarse como perfecta obra de arte.