Ya invadió la cadena más larga de pensamientos y sentimientos.  Ya acomodé la serie más larga de amor, odio, recuerdos y olvido; esperanza, incertidumbre (la palabra favorita de la temporada), sueños, esperanza, abandono, ansiedad, paz, alegría, euforia, tristeza y más, más más.

¡Existen tantas sensaciones! Y hemos experimentado todas.

Así que sólo nos queda sentarnos frente a las luces recién puestas, a veces de colores y a veces blancas como la paz que nunca muere; mientras observamos la manera tan clara en que cambió nuestra vida.

Obedeciendo a mi personal costumbre, me ato a una humeante taza de infusión de canela, especias y miel, al mismo tiempo que escucho en un casi silente ritmo “Joy to the world, the lord…” me dejo llevar en un viaje a los días que acaban de pasar.

Resulta ya tan normal ver a la gente cubierta en media faz, permitiendo tomar la temperatura, fingiendo que en casi cincuenta semanas se ha re encontrado consigo misma y amado aún sus más dolorosas vivencias.

Resulta ya tan normal la vida en donde nos han robado la primavera.

Respiro profundo el aroma de la canela que llevo entre mis manos y permito ser abrazada por el esponjoso tejido gris con el que envuelvo mi cuerpo que se deja consentir ante la presencia de los primeros días fríos, de ésos que huelen a navidad.

Inevitablemente, las lunas han marcado un sinfín de días y noches que nos demuestran que el mundo continúa girando, sin importar el sello estático que nos han impuesto.

Sin duda, los días continúan arrancando las hojas de los calendarios y nos vamos atando a la nostalgia de las costumbres, de aquello y aquellos que extrañamos y a la implacable soledad que se va transformando en calma.

Pareciera que es costumbre, así como lo son las luces, el árbol, los cantos y el abrazo anhelado que nos recuerda que; aunque hayan arrancado de nosotros la primavera; no hemos permitido que nos sea arrancada la ilusión de la navidad que está por arribar.