Me han robado la primavera 11 (A falta de vivir, recordar)

El único calor que llega es el que transporta la resolana que entra por mi ventana, y nada más.

Nadie más viene o escribe.

Y es que en estos días, se olvidan de lo que se amaba en el pasado.

Cuando andábamos por las calles libres, sin ataduras a nada; cuando sólo nos movía la ilusión sin prisas ni tiempo, andando en solitario o en compañía porque la vida nada más prometía.

Que cálidas eran las mañanas, bajando por las escaleras, sabiendo que en la cocina esperaba un humeante chocolate que se traducía en la mejor plática sabatina entre papá, mamá y mis hermanos. Hablábamos y nos reíamos del mundo, lo arreglábamos y rehacíamos en cuestión de minutos mientras el estómago llegaba a quejarse de tanto comer y reír.

Alguna vez fui joven y seguí secretamente los pasos de aquél que no volteó a mirarme, cambiando de rumbo sin pesares ni apegos, porque así de simple era la vida, viendo pasar los días y abrazando la tibieza de la noche en una cama en que lo mejor que podía pasar era ver la luz de la luna colarse por la ventana.

En este encierro, en el que ya me llegaron los días fríos, alcanzo una pequeña frazada y la coloco sobre mis piernas al mismo tiempo que bebo un té de canela, que es el abrazo mismo de la madre que se ha ido, me bebo los días fríos en que nos quedábamos en casa y llega suavemente el olor de las galletas que yacen en el horno, con el único fin de convertirse en recuerdos.

Aquí, en esta misma mesita, mientras entraba el sol, comí galletas y bebí té la última vez que ella y yo hablamos. Ese día en que me confesó cuán feliz estaba de haber sido justamente mi madre, el día en que besó mi frente empujándome a seguir sus pasos de fortaleza y bondad. Hoy me parece que ella sabía que estaba en instantes de despedida entre ella y yo.

Y hoy, en este encierro; me doy cuenta que soy igual a ella.

Que al paso de los años heredé parte, sólo una parte de su sabiduría;  su bondad y la magia que tenía para hacernos sentir a todos las maravillas de su presencia, la mágica forma de alegrarnos los días.

Hoy aquí sentada, aparentemente sola, la siento en ese atisbo de sol que entra por mi ventana.

Hoy más que nunca está aquí, sentada junto a mí haciéndome compañía.

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