Maria y Miguel – continuación

 

 

Definitivamente no había sido una buena idea quedar con Miguel y romper la barrera física que hasta ese momento, había conseguido mantener, a raya, entre sus amigos y amigas de esa red.

Al menos esa era la idea que no dejaba de repetirse en la vuelta en metro a su casa, desde aquel parque, aquel día.

Se auto convenció de que no volvería a ocurrir nunca más, se propuso al menos en ese instante. Obcecada por la contrariedad de una situación para nada esperada. Había imaginado mil maneras en su mente de cómo sería aquel encuentro, pero desde luego nada habría tenido nada que ver con la realidad. Por otro lado la posición ventajista de él, aun le dolía un poco, no lograba entender porque él, que siempre le pareció tan sincero, había obviado un detalle tan importante de su físico. Y se interrogaba, ¿cómo era posible que ella no hubiera caído nunca en la cuenta a tenor de las fotos que habían intercambiado?. Hizo un recuento mental de las pocas que había visto y todo comenzó a cuadrar, ¡que boba había sido!, nunca había visto una foto en la que se le viera de pie. En todas aparecía en un primer plano o de medio cuerpo para arriba. Conocía sus manos, sus ojos, pero nunca había visto sus piernas. “Que boba he sido, que ingenuamente infantil…”, pensaba.

Pasó al modo oculto en su wasap el teléfono de Miguel, y se dispuso a no enviarle ningún mensaje más, permanecería a la espera. Tenía curiosidad por saber cómo el intentaría comunicarse de nuevo con ella. Pero de todas, todas, ella no iba a ser quien diera el primer paso. Con un poco de suerte, pensó, pasaremos unos días echando de menos nuestras conversaciones y luego retomaremos nuestros caminos por separado, si acaso un saludo de vez en cuando, algo informal que no les comprometiera a un nuevo encuentro desde luego.

Miguel se dirigió a la estación, debía tomar el tren de vuelta, pero se sentía tan culpable de no haber sido del todo sincero con ella, pensó que quizás debiera intentar hablar antes de marcharse, para que ella fuera capaz de ponerse en su piel y comprender el porqué de su secreto. Contarle que había tenido ya unas cuantas decepciones en ese sentido con otras chicas de la red, con las que finalmente había quedado. Algunas realmente traumáticas le habían marcado lo suficiente como para pensar que era mucho mejor, no desvelar su falta de movilidad hasta que no llegaran a una confianza plena, incluso después de ese primer encuentro físico, tal y como había decidido experimentar en esta ocasión.

Con María todo había sido tan especial que temía poder perder su amistad, esa que luego poco a poco se había convertido en cariño, y al transcurrir de los meses en pasión enfervorecida, tanta que le urgía conocerla físicamente. Anhelaba aquella piel que a veces acariciaba en la distancia, y la ternura con la que ella respondía a sus caricias, le animó a seguir adelante con mayor ahínco cada vez, según iban pasando los días. Llegó a pedírselo varias veces y casi a perder la esperanza de que algún día finalmente se encontraran. Pero insistía porque nada cambiaba después de las negativas, ella seguía siendo cariñosa, lo que indicaba que también había algo de sentimiento hacia el de vuelta, o al menos eso parecía. Ansiaba que no fuera tan sólo un espejismo, algo fingido para alejar las soledades cotidianas.

En el andén, ya a punto de subir al tren, paró en seco su silla… No estaba dispuesto a dejar pasar esta oportunidad, la vida le había regalado tan pocas que no estaba acostumbrado a sentirse tan feliz y pleno, pero por encima de todo, por nada del mundo quería que ella pensase que no le importaba, porque ella, se había convertido en la razón primordial de su permanente sonrisa. Desde luego no sabía si aquello podría o no ser amor, pero lo que si era, era mucho cariño, y un deseo irrefrenable de acariciar y besar a María.

Volvió sobre las rodadas de su silla en sentido opuesto hacía la estación de nuevo, cambió su billete y pidió que le buscaran un hotel cercano para pasar lo noche. Al menos dispondría de unas horas más para intentar desenredar el lío.

Llego al hotel enseguida, pues estaba apenas cruzando la calle de la estación. Su habitación adaptada por supuesto, era muy grande y estaba situada en la primera planta. Las vistas de la ciudad eran preciosas, las pequeñas luces blancas sobre el cristal de su ventana semejaban estrellas, apagó la luz y encendió el ordenador. María no se había conectado aún.

No podía llamarla, no quería molestarla en su cena con su marido, seguramente estaría ya en casa y no debería llamarla. Cayó al fin, claro el wasap… La luz del móvil de María parpadeaba en morado, leyó el mensaje… “Cuando puedas, por favor conéctate al chat, tengo que hablar contigo, es muy importante para mí. Gracias mi niña, un beso.” Estaba preparando la cena, pero respondió enseguida. “Estaré en una hora más o menos” le sorprendió un poco aquella urgencia de él. Pero continuó con sus quehaceres.

Una hora después. Ahí estaban ambos conectados, el no sabía cómo pedirle disculpas por no haber confiado completamente en ella y hasta alguna lágrima furtiva resbaló por su mejilla… Ella y su ternura, siempre comprensiva, siempre cariñosa…Le contó cómo había decidido quedarse a pasar la noche allí, y que por supuesto le gustaría mucho verla de nuevo.

Al día siguiente era uno de esos días en los que ella estaría sola en casa todo el día, hasta por la noche. El quería invitarla a desayunar en su hotel para hablar. Había sacado su billete en el tren de vuelta para las siete de la tarde. Le encantaría que todo surgiera para poder pasar el mayor rato con ella, porqué no, hasta soñaba con estar todo el día en su compañía, pero no quería hacerse ilusiones, habría que esperar a las reacciones de ella.

El hotel no estaba lejos de casa, quizás un café aclarara un poco las cosas, definitivamente era la de Miguel una amistad de esas que a ella no le gustaría perder. ¡Ojalá!, pensó, podamos seguir siendo amigos.

Quedaron en la cafetería del hotel donde se alojaba. Ella llegó a la hora en punto, el había comenzado a tomar su café, pues debía ingerir algunas pastillas y no debía hacerlo con el estómago vacío.

Cuando María llegó ambos desayunaron, zumo, tostadas, café con leche, y como era de esperar ambos entendieron la postura del otro como si nada hubiera pasado, rieron y bromearon largo rato. Surgió, cómo no toda esa ternura que llevaban practicando, alguna caricia fugaz, brillo intenso en las miradas. Complicidad, y todo aquello que ya habían vivido en sus charlas se fue haciendo palpable, cada vez alcanzaba mayor intensidad el fulgor de sus miradas.

La cafetería estaba a punto de cerrar y Miguel la invitó a subir a su cuarto para seguir hablando un rato más… María dudó, permaneció en el pasillo donde se encontraba el ascensor sin saber que camino escoger, el de la salida o subir en el ascensor con él. Sospechaba que si lo hacía, la cosa no iba a quedar simplemente en miradas y charla, porque ya la intensidad en ese momento estaba alcanzando un nivel de no retorno.

Su curiosidad, el morbo que la situación le brindaba, situaciones nuevas para ambos que les excitaban y les avocaban irremediablemente a un encuentro de pieles, tacto, labios, que ambos habían largamente deseado.

La tensión subió más aun en el ascensor, el acarició su mano, y ella se agachó para decirle al oído que la estaba excitando… El acarició su muslo por la parte interior, y aunque su vestido actuaba de barrera, el enorme calor que María sintió le provocó un leve suspiro, mientras cerraba los ojos. La puerta se abrió y salieron al pasillo. Caminaron hasta el fondo, entraron.

Él le pidió que se sentara en la cama, acarició su cara, su pelo, sus hombros, mientras ella decía una y otra vez su nombre. Miguel estaba tan excitado. Ella temblaba, el desabrochó su vestido, mientras lo hacía ella le acariciaba el pelo, la cara, bordeaba sus labios con los dedos… Esos que tantas cosas hermosas le habían dicho. El ansiaba ver sus pechos, tocarlos, le pidió que desabrochara su sujetador negro de encaje. Y ella obediente lo hizo… Tendrás que ayudarme Miguel, es la primera vez, no sé que puedo hacer para que tu… Calla, déjame a mí, todo surgirá de forma natural, intentaba tranquilizarla…

Sus pechos eran preciosos, pequeños pero modelados por ángeles, pensaba el… Hacía tanto que no había tocado unos, comenzó a acariciarlos, a circundarlos, a presionarlos levemente… María disfrutaba respondiendo con suspiros agradecidos, el bajó una mano a sus piernas, y comenzó a acariciar sus muslos por la zona interna, ella siguió temblando. Después de un rato, cuando ya notaba la humedad incipiente, le pidió que se quitara las bragas. Mientras le acariciaba los pechos, sus labios dejaron momentaneamente el pecho para introducirse desde sus rodillas hasta su sexo.

Lento, suave, despacio, constante… Túmbate y relaja la espalda María por favor. Obediente siempre ell,a se tumbó. La lengua de Miguel la estaba volviendo loca, pedía más suspirada, se corría, volvía a comenzar el ciclo, una y otra vez la subía al éxtasis total, y luego la tranquilizaba… Deseaba con todas sus fuerzas que nunca terminara aquel instante mágico en el que se sentía fuera del espacio y el tiempo. Miguel era perfecto para dar placer, más del que nunca hubiera sentido. Deseaba que esa lengua y su boca entera se quedaran ahí , pegadas a su clítoris, succionándolo como si no hubiera un mañana. Como si las horas no existieran.

Agotada, quería hacer algo para que él se sintiera tan agusto como ella, y pensó que ante su desconocimiento, lo mejor sería preguntarle qué era lo que le excitaba. El con un poco de pudor le respondió que sus pezones eran casi electricos, como si fueran los de una mujer, le harían llegar a algo equivalente al orgasmo. María necesitaba verle tan excitado como ella se encontraba y no dudo en comenzar a acariciar sus areolas. Fue casi instantáneo. Miguel comenzó a gemir, leve primero, dandole las instrucciones precisas después, “chúpalos, muérdelos despacio, más fuerte, vuelve a lamer, si, sigue cariño, si…” Mientras convulsionaba en su silla ella le hablaba al oído, susurraba todo lo que le había deseado durante tanto tiempo.

Las horas pasaron tan rápido… No habían comido nada y ni siquiera fueron conscientes de ello. Excepto el uno al otro… Miraban de vez en cuando el reloj, sin embargo.

María se duchó delante de él, él quería verla, disfrutar cada luz reflejada en las hendiduras de su cuerpo. Necesitaba esa imagen para recrearla en su cerebro durante mucho tiempo por venir.

Se dirigieron a la estación en silencio, la emoción no les permitía hablar. Había sido mucho más maravilloso de lo que nunca hubieran podido imaginar, pero ahora, todo debía terminar. Se besaron comedidamente antes de que el iniciara camino al andén. Ella le abrazó tan fuerte que casi le deja sin respiración.

Podía verla allí arriba, su preciosa cara pegada al cristal, mirándole con toda la ternura de que era capaz… Y sus ojos llovieron como el otoño, lento y húmedo, imparables, nublados, con toda la tristeza de quien ha cumplido un sueño.

El tren partió.

@carlaestasola

Extremadura 13:30 del día 8/09/16

3 comentarios en “Maria y Miguel – continuación

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