Y es ahí, cuando se oscurece, precisamente ahí,

cuando esa calma del silencio me lleva lejos.

Ahí veo la luz que ilumina mi caminar hacia ese mundo nuevo,

mundo que no existía antes de ayer.

Por aquel entonces sonaban siete trompetas toando a rebato diario,

regalando sobredosis de malos augurios.

Todo cambió al oír su risa.

Pero hoy me he perdido la primavera,

no la encuentro por ahí fuera y arde la llama

de la lujuria traicionera y me quema,

me quema el espanto de no volver a oírla nunca,

de quedarme con las cenizas del tiempo lejano y ausente que todo lo olvida.

Por eso miro a la luna y la veo paseando por las estrellas,

siendo una más entre ellas. Y me calma su luz.

Y su pureza.

 

 

 

Gustavo García