AUTORES,  RELATOS

Los hijos de la tundra «La Bruja Blanca I» Capitulo 1

Este es el primer capitulo de mi ultimo libro. En el que he tenido la inestimable colaboración de Purificación Cid «Loedar» para la ilustración de la portada, al vallisoletano Jesús Salas para el prólogo y a SariCarmen en la correcciones, todos ellos escritores independientes y blogueros.

Gracias a ellos este libro ha tomado forma y conseguido que sea algo especial. Sin más preámbulo os dejo con el capitulo 1.

Los hijos de la tundra I

La Bruja Blanca.

1.

Aquella mañana amaneció fría; la ventisca había soplado durante toda la noche. El frío se había metido en los huesos de los habitantes de la tienda, a pesar del fuego que ardía en el centro de la misma.

Kiara, la mujer, intentaba por todos los medios caldear la estancia; alimentaba la lumbre con troncos de pino, pero estos estaban húmedos y les costaba arder.

Moaré había salido de caza temprano. No había empezado a clarear el día, aunque en esta época del año los días en aquella latitud eran cortos ya de por sí. Tan pronto tuviera alguna pieza volvería a la tienda. Iba pensando en ello cuando un conejo de las nieves se puso a tiro de arco. Moaré tensó la cuerda y apuntó al animal. Esperó a que el viento amainase un segundo para no errar el tiro y la soltó. El animal dio un salto en el aire al sentir la afilada punta penetrar en su carne; pero cuando tocó la nieve ya estaba muerto y una mancha roja comenzó a extenderse debajo del animal. El hombre fue a por su pieza; la recogió y se la colgó del cinturón. No se paró ni a destriparlo, como tendría que haber hecho de haber seguido con su cacería.

Muage, el niño,  se había asomado a la puerta de la tienda a pesar de que su madre lo reñía, porque entraba el viento helado y no conseguía caldear la estancia.

—¡Ya viene, mamá! ¡Papá ya está de vuelta y trae algo colgado al cinto!

—¡Qué bien! Pero, ¿qué es lo que trae? —le preguntó la madre— para tenerlo entretenido.

—Creo que es un conejo —contestó el niño— a pesar de tener solo diez años.

—¿Estás seguro?

—Sí, es un conejo; ahora lo veo bien.

El padre entró en la tienda cogiendo a Muage en brazos, cuando se le tiró encima para abrazarlo.

—Traes un conejo, ¿verdad papá? —le dijo muy orgulloso el niño.

—Sí, hijo, es un conejo, y ahora baja que tengo que limpiarlo para que mamá lo prepare.

—¿Me vas a preparar el rabo para hacerme un collar? —le preguntó Yara— la  niña de ocho años, que hasta ese momento había estado tumbada en el otro lado de la tienda, hasta que los gritos de su hermano mayor la despertaron.

—Claro hija y una de las patas traseras como amuleto para Muage —dijo el padre orgulloso.

—¡Sí, papá! ¿Me vas a hacer un amuleto? ¿Y para qué sirve un amuleto papá? —preguntaba el chiquillo como si le hubieran dado cuerda en aquel momento.

—Verás —comenzó el padre— los amuletos son objetos que sirven para protegernos del mal. Pronto tendrás que salir a cazar conmigo por primera vez, para eso practicamos con el arco casi todos los días.

—Sííí, me gusta disparar con el arco  —le interrumpió el niño. Se me da bien.

—Lo sé hijo. Como te decía, iremos a cazar y lo primero que debes de cazar es un zorro blanco de las nieves —le explicó Moaré— pero no cualquier zorro, sino el que porta el espíritu de la Bruja Blanca.

—¿Una bruja? —preguntó el niño muy intrigado.

—Sí, Muage, una bruja; pero no una bruja cualquiera, sino la bruja que nos protege de las calamidades, la que nos abastece de caza durante todo el año para que no pasemos hambre y la que evita que enfermemos en los crudos inviernos.

 

—Y si es tan buena, ¿por qué tengo que matarla? —preguntó muy serio.

—Bueno, hijo…a ver…¿cómo te lo explico para que lo entiendas? —le dijo el padre abrazándolo. No vas a matar a la Bruja Blanca, porque nadie puede matarla, es más… algo simbólico.

—¿Simbólico?

—Sí, algo que hay que hacer como acto de buena fe para que ella nos acepte entre sus hijos, los Hijos de la tundra. A ella no le hacemos daño, al revés, la veneramos y la adoramos para que nos proteja siempre. Ella es la que dirige las flechas que disparamos, y si lo cree acertado nos deja que matemos la pieza, y si no, las desvía salvando al animal. Por eso, la primera pieza que debes cazar es un conejo blanco, porque en él estará el alma de la Bruja Blanca y guiará tus pasos y tu flecha, si ella cree que estás preparado para ser un cazador.

—¡Y el amuleto! ¿Qué tiene que ver?

—Moaré se sentó en el suelo y agarró a sus hijos y se los puso a cada uno en una rodilla y les dijo:

—El amuleto es para demostrar a la bruja que la respetas y que acatarás los deseos que ella te mande. Una vez que la pata esté preparada, le hayamos quitado el hueso, limpiado la carne y curado la piel para que no se pudra, le tenemos que poner en su interior cada uno de los cuatro elementos: un trozo de carbón como respeto al dios del fuego; un saquito de turba de los bosques en honor a la diosa tierra; un frasquito con agua pura del manantial de las montañas grises para el dios del agua; y otro frasquito con el aire de tus pulmones para el dios del viento, como respeto a la vida que representan los cuatro dioses. Una vez estén todos los elementos en el interior de la pata, la coseremos y le haremos los rituales en honor a la Bruja Blanca para que te proteja y te guíe por este mundo, como viene haciendo a lo largo de los tiempos. Llegará el día que  se hará cargo de nuestra alma cuando dejemos este mundo, pero no antes de que nuestra extirpe siga teniendo descendencia y los Hijos de la tundra continúen protegiendo nuestra tierra —le explicó muy paciente a su hijo para que lo entendiera, desde la pequeña mente de un niño. Cuando ya tengamos todo preparado y los ritos realizados, será el momento en el que saldremos a cazar juntos por primera vez y veremos si ella te acoge como un hijo más.

—¿Y si no lo hace?

—Entonces, hijo mío, deberás dedicarte al pastoreo de alces y renos u ovejas y no podrás cazar nunca; porque ella, la Bruja blanca, te habrá negado el don.

—Seré un gran cazador, ella me mostrará el zorro blanco que porta su alma y guiará mi mano para que no falle el tiro. Seré un Hijo de la tundra como tú, papá.

—Así sea, hijo mío, o desapareceremos de este mundo y el hombre acabará por arrasar lo poco que queda. La Bruja Blanca desaparecerá y con ella la protección que su alma otorga a todos los seres vivos de este mundo, pensó el padre. Serás el último de los descendientes que quede en esta tierra el día que yo falte.

©Antonio Caro Escobar

 

 

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