Llueven horas en las que la nostalgia se confunde con los instantes y los silencios que velan los pensamientos. Llueven horas envueltas en despertares y desvelos en tiempos muertos. Llueven horas que saben a fríos inviernos, sequías de verano y tardías primaveras.

Llueven horas aprisionadas en el cofre de viejos deseos. Llueven hora puntiagudas cayendo a la velocidad del rayo, traspasando la vida, anunciando la no existencia. Llueven horas que quedan atrapadas tras el repicoteo del tiempo al impactar contra los cristales sordos y ciegos. Sonsonete de notas mutiladas que martillean con insistencia impertinente reclamando incesante movimiento.

Llueven horas envueltas en soles y lunas desde cualquier punto al que el pensamiento se dirija. Llueven horas imposibles de recuperar. Impacientes se evaporan y se pierden en el tiempo sin dejar rastro de su paso, sin dar tiempo al tiempo de tomar consciencia de la vida presente.

Llueven horas y, en una milésima de segundo, en un parpadeo, en el suelo de la vida se desvanecen como humo que se transporta hacia el espacio infinito sin dejar huella de haber formado parte de una hoguera y el resto de un gran incendio.

 

 

@Marina Collado