LAS CHICAS DE ENFRENTE*

LAS CHICAS DE ENFRENTE*

 

 

 

Cuando nos mudamos a 28 de Julio, Rosi, Kitty y Pilar vivían en la casa de enfrente, también en esquina.  Fueron mis primeras amigas del barrio y rápidamente pasé a formar parte de su familia donde don Fernando, el papá, era representante de Ampex, una marca que yo sólo había visto alguna vez en canal 4, cuando la época de “Pasa el Sembrador” en el “Club del Tío Juan”, en unas grandes grabadoras de carrete para video. En la casa de enfrente  descubrí que AMPEX era EL SONIDO.

 

Un increíble equipo de esa marca, modelo “President”, me dejó absolutamente estupefacto con las demostraciones de estereofonía en las que se escuchaba a un ser de dos cabezas (seguramente un simpático monstruo) que hablaba desde cada parlante, dialogando consigo mismo y cantaba a dúo con él, claro, antes de ofrecer unas demostraciones musicales brillantes que convertían a nuestra “radiola”  estereofónica marca “Saba”, según yo modernísima, en una radio a galena (por si acaso, la galena es un mineral sulfuroso que se usaba molido en el antiguo Egipto, como base del kohl, un polvo cosmético para proteger los ojos. Los cristales de galena se usaron en las radios primitivas como elemento captador de señales). En realidad, gracias a Fernando papá y a Fernando hijo descubrí de verdad el sonido.

 

Con quien primero congeniamos fue con Kitty de enormes ojos azules. Para Rosi, la mayor, yo era una especie curiosa, comedido y conversador. Pilar –la menor-  era todo lo divertida  (y respondona según su mamá) que su poca edad y tremendo genio le permitían. Fernando, entre la universidad y las pesas que hacía donde Lucho Guerrero, casi al fondo de la calle, era una especie de hermano mayor general y  universitario  que usaba el hermoso Chevrolet Impala blanco con interior negro, de dos puertas, que su papá tenía.

 

Kitty me llamaba por teléfono para que la acompañara a Piselli, la bodega que quedaba en la esquina. Yo iba, hacíamos la compra y después nos quedábamos conversando sentados en el escalón de la entrada de su casa durante horas. ¿De qué hablábamos? Supongo que de lo que los adolescentes han hablado siempre: nada importante, pero trascendental a pesar de todo. Pasábamos muchísimo tiempo conversando y puedo decir que Kitty fue mi primera amiga-amiga, con quien se podía charlar un poco de todo. Escuchábamos música y con el tiempo fui uno más en su casa. Mi recuerdo va para toda la familia con cariño, casi diría que fueron una extensión de la mía. Kitty, Rosi, Pilar y Fernando eran los hermanos que vivían cruzando la calle.

 

Buscando en mi memoria lo que inmediatamente salta es –como ya lo dije antes- la música; ese descubrir que había mucho más que las zarzuelas y sinfonías que le gustaban a mi madre, la “Cecilia Valdés” (ópera cubana), los valses y boleros que mi hermana había dejado en la casa, al mudarse ya casada en 1952 para Arequipa y la música criolla que mi hermano escuchaba. Sí había más que esa nueva ola con la que los Teen Tops y The Ventures atronaban (es un decir, porque eran bastante melódicos en comparación con los metaleros de más tarde) desde la radiola “Saba” que estaba en la sala y que sonaba a full cuando mi padre estaba trabajando en la UNI y mi madre iba a las reuniones de la parroquia de Barranco o de la Acción Católica.

 

Estos son recuerdos fragmentados porque creo que vivíamos en  una edad en la que uno no tiene claro prácticamente nada y lo que se queda en la memoria requiere de gatillos como los que me descubro empleando ahora: la música, los ojos azules y el Chevrolet Impala blanco para hacer subir a la superficie imágenes y sonidos que arman collages donde hay tardes de verano, confidencias cuchicheadas y amistades que afianzaban el sentimiento de pertenecer a un lugar llamado 28 de Julio, en Barranco.

 

Imagen: tutorialalumnos.blogspot.com (modificada).

 

 

*Del libro “EL PASADO SE AVECINA, historias del Barranco” (Manolo Echegaray, Lima, diciembre 2010).

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