La última noche

La última noche

LA ÚLTIMA NOCHE

La nieve lo cubría todo. Las altas ramas de los abetos estaban cubiertas por un gran manto blanco de nieve que, de vez en cuando, caía al suelo, rompiendo con su estruendo el silencio que imperaba en el bosque. Desde la ventana, guarecido por la gran lumbre que ardía en la chimenea, el abuelo José observaba la estampa. Habían tenido suerte aquel año. Hacía años que en el bosque no recibían una nevada así. Eran las primeras navidades blancas que tenían en muchos años.

Dentro de la casa, todo irradiaba felicidad. Era el último día del año y aquella Nochevieja la iban a pasar todos juntos, en familia, cosa que no conseguían desde hacía varios años. La abuela trabajaba afanosa en la cocina preparando la cena y un olor agradable lo inundaba todo. Tres de sus cuatro hijos habían llegado hacía un par de días para celebrar con ellos el fin de año. Los niños correteaban inquietos, jugaban todos juntos con gran algarabía y tiraban de vez en cuando de los pantalones del abuelo para que les siguiese contando aquellas apasionantes historias que siempre les relataba junto al fuego.

Pero el abuelo José tenía un deje de melancolía aquella tarde. Faltaban pocas horas para que la cena estuviera servida en la gran mesa que entre todos habían improvisado, y su hijo menor, Luis, todavía no había aparecido. Preso del trabajo, siempre estaba viajando de acá para allá y apenas tenía tiempo para visitar a sus ancianos padres. Luis les había dicho que intentaría acudir, pero mucho se temía José que sería como tantas otras veces, y al final veía que no conseguiría reunir a la familia al completo como era su deseo.

Una lagrimilla se derramó tras los cristales de sus gafas. Nadie lo sabía, ni siquiera su amada mujer, pero aquellas serían las últimas navidades que podría disfrutar. Por ello su empeño en reunir a la familia para entrar todos juntos en el nuevo año. Veía cómo la noche comenzaba a caer y ya había perdido la esperanza de que Luis estuviese con ellos. Por si acaso, había dejado un candil encendido a pocos metros de la casa para que no tuviese problemas en encontrarla si finalmente decidía acudir. Había intentado hablar con él por teléfono, pero la línea no funcionaba bien y no lo había conseguido.

Ellos vivían en un pequeño pueblo en la montaña y su casa estaba retirada unos cientos de metros del conjunto del pueblo. Lejos de ella quedaba el alumbrado de las farolas y de las escasas luces navideñas que decoraban el lugar. Por ello, el candil prendía su llama colgado de una de las ramas más bajas de un abeto, entre la nieve.

Había llegado ya la hora de la cena. Todos los niños estaban ya sentados en torno a la mesa, mientras que los mayores ayudaban en la cocina. El abuelo José echó un último vistazo por la ventana, perdiendo toda la esperanza de que su hijo Luis apareciese, y se sentó en el sitio que siempre ocupaba en la mesa, presidiendo uno de los extremos.

A pocos kilómetros, un coche quedaba aparcado en un lateral de la pequeña carretera que llevaba al pueblo, dejando sus ruedas hundidas en la densa cubierta de nieve. La aguja del combustible llevaba varios kilómetros avisando de que necesitaba hacer una parada, pero en su afán por llegar al pueblo para la cena pasó de largo la última gasolinera, confiando en que sería suficiente para llegar al pueblo. Eso era lo importante, después ya vería cómo conseguir el combustible. No lo había conseguido. Para colmo, una tormenta de nieve se estaba comenzando a desatar.

La cena ya había terminado. Los niños cantaban villancicos armados con panderetas y botellas de anís. Los mayores ya se estaban encargando de hacer el reparto de uvas, pero el abuelo José volvía a mirar por la ventana con tristeza en su rostro. El candil permanecía en el mismo lugar, irradiando su luz, pero no se veía ningún coche acceder por el camino nevado hacia la casa. La nieve caía en abundancia en aquellos momentos. La abuela se secó las manos en el mandil y abrazó de manera cariñosa a José por detrás.

—Deja de esperar, cariño. Ya vendrá cuando tenga un hueco, sabes que siempre está muy ocupado —le susurró al oído, para que los demás no la escucharan.

El abuelo asintió con tristeza, se giró y se fundió en un abrazo con su querida mujer. Siempre había sido su apoyo, la que había mantenido la entereza en los momentos más difíciles, la única mujer a la que había amado en su vida. Prueba de ello era la preciosa familia que llenaba aquella noche su pequeño salón. Ambos sonrieron y fueron a sentarse junto a los demás.

Todos estaban pendientes de la televisión. Faltaban escasos minutos para que el reloj de la Puerta del Sol hiciese sonar sus cuartos, para pasar después a tocar las doce campanadas. Los más pequeños estaban todos repartidos por el suelo, expectantes.

Apenas había sonado el primero de los cuartos, unos golpes en la puerta desconcentraron a todos de la cuenta atrás. Con cara de ilusión, el abuelo José se levantó renqueante y se dirigió hacia la puerta. Al abrirla, se encontró frente a él con una persona cubierta por completo de nieve.

—¡Papá! Menos mal que dejaste un candil en el camino, porque con la tormenta de nieve que se ha levantado no hubiera encontrado nunca nuestra casa…

José se abalanzó sobre su hijo Luis, fundiéndose con él en un abrazo mientras le guiaba al interior de la casa. Las doce campanadas sonaban de fondo en la televisión de un hogar pleno de alegría. Al final, el deseo que José pensaba pedir con la entrada del nuevo año, había llegado a tiempo. No podía sentirse más feliz.

Fuera de la casa, la suave luz del candil que continuaba encendida, brilló durante unos instantes con una llama más intensa. La de la felicidad.

Soy Ana, financiera de profesión y escritora de vocación. Tratando de cumplir mi sueño. Aprendiendo, siempre aprendiendo. Aprendiendo a escribir, aprendiendo a vivir.

7 comentarios en “La última noche”

Deja tu comentario, así nos haces grande

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.

A %d blogueros les gusta esto: