MICRORRELATOS,  RELATOS

LA “RAVE”

Aquella “rave” tenía mala pinta desde el principio. Los mensajes de móvil parecían portan el sello de Krauss, el famoso eco-terrorista escritor de virus que, meses antes, anunciaba por televisión una nueva desgracia.
Juanma, siempre optimista, no dejaba de repetir: ¡Va a ser la hostia, nano! ¡Mira, mira! Mientras Raúl, su último amiguete neo-hippie, echaba un trago del frasco malva – ¡Este éxtasis líquido es muy flojo, colega! – contestaba paladeando la sustancia.
Por encima de ellos, unos troncos blanquecinos dibujaban la silueta de un fácilmente identificable esqueleto de doce metros de longitud, adornado con cruces invertidas y motivos lésbicos.
– ¡Coño, qué guapo! – Gritó entusiasmado Juanma – ¡Trágate la dorada, Raúl! Es para las infecciones…
– ¡Gracias, colega! – respondía el menor de edad a su experimentado buscador de fiestas clandestinas.
No era la hora todavía, y unas trescientas personas esparcían sus faces cadavéricas por la ladera del Puig, iluminando con los sensores azules de las botellas el camino que conducía hasta la explanada de la fiesta: El vertedero químico de Laone.
– ¡Esta va a ser gorda! ¡Sí, muy gorda…! – parecían reflejar a un tiempo las conciencias dialogantes de la festera pareja.
– ¡Mira, nano! ¡Neus, la desdentada! – y, sin pensárselo un segundo, Juanma lanzó la argolla imantada hasta los pies de una punky terminal.
– ¡Ya tenemos lazarillo, Raúl! A ésta la conozco bien… – Y sus dedos tenebrosos apretaron con fuerza la raíz agrietada de la espalda de la adolescente decadente, un auténtico proyecto fallido de ejemplar humano.
– ¿Lo de siempre? – preguntó redundante la punky lazarillo.
– ¡Sí! 30 para 4 horas… de momento – agregó con sobriedad – ¡Venga, tía! Pues llévanos al centro, que hemos quedado…
En mitad de la cerrada noche, los tembleques de las “olvidadas” junto a los barriles fosforescentes parecían enormes vibrares de luciérnagas genéticamente alteradas. La estampa en procesión de los invitados dibujaba desde el cielo un fractal inmenso alcanzando ambos lados del vertedero, mientras un electro-house disparaba decibelios desde la abertura de los desagües.
– ¡Qué pasada, nano! ¡Esto es un rayote!
– Y… lo que decían de…
– ¿Lo que decían? ¡No me jodas! ¿Acaso marca algo tu Veiner?
– ¡No! ¡No, colega! La toxicidad es la de siempre…
– ¿Lo ves? ¡Era un jodido bulo!
En ese instante, un sonido ensordecedor procedente de no se sabe dónde comenzó a clavarse en los cerebros dopados del anfitrión: El Papa azul.
– ¡Ah, ah, ah! ¡Anula, Vesta! ¡Anula ahora mismo! – entre aullidos papales de dolor.
Sufriendo la punzada de una frecuencia de muerte progresiva, los cuerpos de los invitados se retorcían sobre el manto de desecho químico, completamente sordos, inaudibles y agonizantes…
– ¡Ah, no puedo más! ¡Ah! – entre gritos de dolor y lágrimas de temor por sus existencias.
La sangre estallaba desde los oídos mientras los móviles se quedaban sin vida.
– ¡Por favor, Dios! ¡Qué alguien pare esto! – pensaban todos, mirando hacia el Papa azul, organizador del evento y, ahora, objetivo de centenares de lasers azules.
Sin tiempo para poder reaccionar, el tóxico suelo del vertedero comenzó a agrietarse bajo sus pies en una oleada de terror radiactivo sin precedentes.
– ¡No hay salida… ¡Nos has cogido, Krauss! – mentó Juanma en confesión, mirando desde el suelo la distorsionada cara muerta de la yonqui. Y, ante el horrendo fractal destrozado del Papa azul, una larva gigantesca emergió desde el subsuelo segando toda forma de vida en medio kilómetro a la redonda.

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