Y no, no quedaron más noches

de vaciar el zaguán

recordando sin más

las suaves caricias.

Ropas caídas

del pudor de los años

jóvenes y encarnados

al arrullo de brazos

y de lenguas mojadas.

Quedaron atrás los sueños

porfiados del destino

en un alejado limbo

retando al olvido

a estrujar sin parar,

a escrutar la ciudad,

a no dejar de buscar

la palabra prohibida

que aquel día al oído

de la habitación a oscuras:

susurraste mi destino.