La niña en la perrera de Krauss

LA NIÑA EN LA PERRERA DE KRAUSS
Con los pantalones por las rodillas y la cara ensangrentada, Jael saltaba desde lo alto del corroído muro, desesperado, y caía sobre un montón de arbustos gritando: ¡Libre! ¡Ya soy libre! Tragó saliva y empezó a repetirse el número cuatro una y otra vez.
– Es la cuarta trampilla… -se decía zarandeándose. Tengo que llegar…
Aún se podía escuchar en eco el silbido de saurios que precedía a la niña.
– ¡Dios, la voz de esa niña me está matando!
A toda velocidad, atraviesa la puerta de la gruta y se estampa contra algo parecido a una trampa egipcia.
– ¡Socorro! ¡Socorro! –grita.
En ese momento, la mano ensangrentada de otro desgraciado como él le araña la espalda:
– ¡Corre! –Le grita cómplice- ¡Nunca podremos discernir una vez nos mire la niña! ¡No podremos escapar de la perrera de Krauss si se cruzan nuestras miradas con las de ella!
– ¡Espera! -le interpela asustado- ¿La viste?, ¿tú la viste? -pregunta enfermizamente.
– ¡No!, ¡no la vi!
Unas ratitas violáceas comienzan a escurrirse ente los dedos de sus descalzos pies. Se miran a los ojos fijamente, helados, pensando lo mismo: Eso quiere decir que no se haya en su sitio sino vagando por el resto del laberinto.
Corren ahora como locos.
– ¿Por qué entraste? –le pregunta con ávida curiosidad.
– Pues como todo el mundo, para recoger la piel que deja cada dos semanas… ¡Espera! ¿Esa piel es mágica, no? –pregunta alterado.
– Sí. Yo la usé para curarme de la mordedura de uno de esos monstruos… Por eso aún estoy vivo. Y, de repente, le agarra en silencio del cuello como si fuera a matarle, señalando con el índice hacia arriba el sonido perceptible de una jauría enloquecida: ¡Escucha! ¡Ya han soltado a los perros…!
– ¡Nos encontrará! ¡Maldita sea! –solloza resignado Jael.
– ¡Basta! –Interpela- ¿Ya ha cambiado de piel la niña, no?
– Sí.
– ¿De qué color es ahora?
– Verde…
– ¡Dios, tenemos poco tiempo! ¿Qué dice tu boxner?
– ¡Este! ¡Este lleva a dos puertas! –señalando hacia un estrecho túnel- ¡Por aquí! ¡Corre!
Luchan contra el tiempo, porque saben que la única salida posible es una de esas dos puertas polimórficas.
– ¿Cuál te lloro la niña? – pregunta nervioso, contemplando ambas puertas frente a sí.
– ¡La derecha no! -contesta Jael recordando los llantos terroríficos de la niña: “La derecha lleva a la muerte…” “… a la muerte”
– ¿Qué? ¿Pero qué dices? –Y estalla en llantos desesperados, cayendo al suelo completamente derrotado.
– ¿Dónde?, ¡Por Dios!, ¿dónde lleva la otra? –Grita Jael, agarrándole de la cabeza y mirándole a los ojos fijamente.
Y, articulando bien cada palabra, le contesta éste con la vista ida:
– A la Nada. A mí me lloraba que la izquierda llevaba a la Nada.
Eduardo Ramírez Moyano

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