La nada

 

Sentarse a contemplar la nada, es una tarea no ingrata, sino necesaria.

Es realmente cuando más alcanzas.

Observas lo que el tiempo ha conseguido de ti. Contigo.

Lo que hiciste y lo que no.

Lamentas cómo y cuánto quedó.

En la retina de tu vida, en el olvido.

En la memoria guardas los mensajes prohibidos, los actos impuros, los hechos servidos, y sonríes y decides mantenerlos sombríos.

No se está tan mal cuando se está bien, se podría estar peor.

Frase particularmente entresijada.

Pero sensata.

Y es que, vamos a dejar de quejarnos.

Creo en el karma, ese que decide devolvernos un escarmiento de estos precipitados, de los que te dejan con la lagrimilla a flor de piel y te preguntas, por qué a mi, por qué ahora que estaba en calma.

Jugar las cartas.

Saber ganar. O saberse ganada.

No es más feliz el ganador, que el vencido, si el que ganó quedó con un premio que jamás había querido.

 

Me encanta sentarme a contemplar la nada.

Acabar mirando más adentro, que hacía la explanada.

Todos en algún momento lo hacemos, únicamente se trata de admitir quién es el osado, que más aguanta a reconocerse.

A permanecer así callado, y beberse de un trago las ganas de llorar, desconsolada.

Porque te reconoces perdedor de algunas batallas y también ganador de lo que no te esperabas.

Adentrarse en nuestro mundo y lo escupes, lo lanzas, lo vomitas todo y de nuevo la esperanza de, esta vez sí, comienza la paz.

Volver a sentarse a contemplar la nada.

By Miriam Giménez Porcel.

3 comentarios en “La nada”

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