La cicatriz

Hacía seis meses que llevábamos casados, y se puede decir que nos amábamos con locura, con esa dicha de los elegidos que convierte el deseo en un cielo de placer. Después de varias horas, copulando como animales salvajes, nos encontrábamos rendidos: Ella, una belleza sureña recostada en la cama, mientras que yo, expulsando levemente humo de un cigarrillo, apoyado en la cabecera y contemplando su perfecta y preciosa cara aniñada. Estaba dormida, pero yo seguía ofreciéndole mi lado normal, mi cara sana, el rostro con que vine a este mundo: el izquierdo. El derecho no era más que una horrorosa cicatriz que cruzaba de arriba a abajo, convirtiéndome en un monstruo. Pero Lorena, que así se llamaba ella, nunca me demostró ningún signo de desprecio ni asco, más bien al contrario, en nuestros juegos amorosos se zambullía de pleno en mí, palpándome por igual todo mi ser, tocando “mi cicatriz” mientras gemía mil veces “te amo”. No era ella mi preocupación sino mi amor propio. No sé. No éramos iguales… Pertenecíamos a Dioses diferentes.

Y esa era mi obsesión; Tomar medidas. Hacer lo que fuera porque encajásemos. Me levanté de la cama y mis pies desnudos fueron hasta la cocina, elegí el cuchillo más cortante y volví al dormitorio, en donde Lorena seguía dormida en la misma posición, ni se había movido. Acerqué el filo a su carrillo derecho con un temblor demoníaco, me hervía la sangre y mi corazón palpitaba a golpes de acero contra cristal… Hubo un lapso de tiempo indefinible. Finalmente me di por vencido, no podía hacerlo, y por enésima vez, regresé resignado e impotente a la cocina para dejar el arma.

A la mañana siguiente, en el desayuno todo eran risas y carantoñas, tomamos lo acostumbrado con prisa y nos despedimos con muchos besos antes de acudir cada cual a su trabajo.

El día pasó con sus habituales rutinas y un potente Sol que asfixiaba… Por fin, la tarde desplegó un telón de brisa del norte que hizo más apacible y fresca la entrada de la noche. Una gran oblea por Luna presagiaba ya pecado.

Cuando hube llegado a casa, y vi a mi mujer del alma preparando una cena especial, la besé hasta la extenuación; ella hizo lo propio, y me dejó caer un trozo de hielo por la espalda, seguimos comiéndonos las lenguas, mientras yo miraba un puchero hirviendo y dos cuencos de ensaladas tropicales.

  • ¡Toma, pon el mantel! – me ordenó. Yo accedí, cómplice del juego. Mas cuando estaba terminando de colocarlo, un aullido espantoso, acompañado de llantos, explotó en la cocina. Corrí, y quedé perplejo, mi mujer, mi amada Lorena, se había quemado la parte izquierda de la cara, se había deformado la cara que coincidía con la cicatriz de mi cara derecha para llegar a la pura compenetración. Había tenido el coraje de cumplir mi sueño y me gritaba:
  • ¡Lo ves, qué fácil! Ya encajamos… – gemía de dolor, entre lágrimas amargas y felices. Yo me agaché, la abracé y, cara con cara las dos imperfecciones juntas, lloramos de felicidad y nos dijimos: Te amo.

http://elbuhodespierto.wixsite.com/eduardo

2 comentarios en “La cicatriz

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