La chiva

Tengo una sensación de vértigo en el estómago.

Desde la ventanilla de la chiva que me conduce por la serpenteante carretera aun sin pavimentar del pequeño pueblo en el que crecí. Las mismas montañas que tiempo atrás abandone con alivio de fugitiva, ahora me dan la impresión de darme la bienvenida con el verde más chillón de la selva chocoana.

Veinte años atrás, prófuga del destino de esposa y mujer de hogar, partí sin mirar atrás, con la maleta cargada de sueños e ideales, con la intención de no volver hasta lograr cada uno de ellos.

Al mirar al horizonte se alza frente a mí una de las montañas emblemáticas de nuestras leyendas, desde lejos y por efectos del sol y sus rocas, se la ve brillar como si fuera de oro.

Es medio día, cuando la neblina cubre todo a nuestro alrededor sin ningún aviso y todos nos ponemos maquinalmente el abrigo. La chiva se detiene en una posada para que podamos almorzar y estirar las piernas después de dos horas y media de viaje. Yo también bajo, pero no entro a la posada, solo enciendo un cigarrillo y tomo un sorbo de agua mineral que llevo en el bolso de mano. Es como si el tiempo se hubiera detenido y las cosas se negaran a cambiar, incluso el acento que no escucho desde hace dos décadas y que alguna vez tuve, regresa a mi como si nunca lo hubiese perdido.

El olor a café negro y empanada frita embarga el aire selvático y suspiro con nostalgia dándole una calada profunda a mi cigarrillo, un par de mujeres con piernas varicosas me miran con curiosidad cuando regresan a la chiva y yo le sonrió cohibida. No estoy segura de conocerlas.

Cuando termino de fumar, piso el filtro y subo pesadamente al quinto asiento compartido de la chiva que lleva tras de sí una carga de chontaduro crudo que despide un olor característico que me hace revolver aún más el estómago.

Durante el trayecto al siguiente pueblo, escucho las conversaciones de los demás pasajeros que de alguna manera parecen conocerse entre todos, se saludan, se quejan de sus dolencias y problemas, cuentan chismes de los que no están presentes y de vez en cuando alguno que otro me lanza miradas a hurtadillas. De vez en cuando un bebé gimotea cansado de estar en la misma posición y la criatura pasa de mano en mano, llegando incluso hasta donde el chofer que le pasa un caramelo para que se entretenga.

Me pregunto que estaría haciendo yo, si hubiese permanecido junto a los míos ¿tendría hijos? ¿Asistiría cada martes a bendecir el agua en la iglesia y cada domingo a agradecer una semana más de vida? Sonrió mientras me reprendo por ser tan ingenua y seguir soñando con hubieras y tal vez.

Mi destino son mis pies, me digo bostezando y antes de cerrar la boca me doy cuenta que una mujer negra, alta y muy delgada me observa desde el penúltimo asiento con los ojos entrecerrados. Me toma unos segundo reconocer, su cabello blanco perfectamente recogido en una coleta negra y su piel llena de erupciones protuberantes, al sonreír esta vez, deje que se me marcaran los hoyuelos de las mejillas al recordar a la mítica bruja apodada cuero de sapo que nos bañaba en insultos cuando le gritábamos el sobrenombre y pasábamos corriendo por su casa. Ella asiente en reconocimiento y termina de cerrar los ojos para dar paso a una serie de ronquidos.

Éramos pequeños y no teníamos respeto por nuestros mayores, aunque estos fueran cada día a la casa de mi madre a comprar pan, leche y huevo, tomarse el tintico de la visita y quejarse de nuestras travesuras. En el fondo creo que lo disfrutaban, yo era la menor de tres y me sucedían otras tres, en total siete hermanas y éramos las revoltosas del pueblo.

Nacimos y crecimos en la misma casa que mi madre, mi abuela, mi bisabuela y mi tatarabuelo Fidel, quien la construyó a base de guadua y sudor, por las fotos lo veo como un hombre de sonrisa fácil y muy guapo, de mandíbula cuadrada, dientes perfectos y un brillo especial en sus ojos grises, casi verdosos.

Dicen que un día el tata Fidel, sin avisar a nadie de su familia se levantó de su cama aún más temprano de lo habitual, y emprendió su camino cruzando potreros y arrastrando a su mula vieja rumbo a Risaralda, sin decirle a nadie que era lo que buscaba, paso por Cartago, evadió Pereira hasta que llego a La Virginia, donde compró una india esclava cuatro años menor que él. El nombre la esclava era Angélica, la madre de mi bisabuela y a quien el Tata liberó y reclamó en matrimonio.

Como su familia se oponía a la locura del tata, este simplemente le pidió a Francesco Giovanni, el Italiano que fundo nuestro pueblo que le donara tierras comprometiéndose a pagarlas en cuando pudiera y creo su propia hacienda donde se dedicó a la siembra de caña de azúcar.

Años después el señor Giovanni regreso a su país natal y mi tata se las arregló para mandarle cada centavo del préstamo.

-¿eres familia de las Taborda? – la pregunta del millón me digo a mi misma alzando la mirada a la mujer del asiento delante de mí que no ha resistido la curiosidad y de repente me doy cuenta que toda la chiva, incluyendo en conductor y el vallenato de Jorge Celedón han quedado sumergidos en un repentino silencio.

-Soy hija de Doña Matilde- musito sonrojándome, supongo que se preguntaran ¿acaso eran siete? Yo apenas tenía dieciséis cuando me fui y no espero ser reconocida. Al menos era mi esperanza.

-¡oh! ¡Pero si eres idéntica a ella!- interviene otra persona un poco más al fondo, detrás de uno de los racimos de chontaduro- ¿Virginia, era tu nombre?, no, no espera que me acuerdo, si apenas fue ayer cuando andabas por ahí con tus hermanas dándole guerra a tus padres, con la panza llena de bichos y el pelo rubio por el sol y el agua del rio, si hasta parecían peces…

-Marcia- interrumpe el conductor haciéndome un guiño- su nombre es Marcia ¿no?

Asiento aliviada, en realidad mi nombre es Marciana, no Ana Marcia, ni Marci Ana, Marciana, como un E.T, hay madres que llaman a sus hijas Agustina, Julia, Abril, Maya… y yo nací en marzo. Supongo que le faltaba algo de imaginación o tal vez le sobraba, quien sabe, prefiero no indagar.

-pero claro como no nos dimos cuenta antes, ¿te acuerdas de mí?-pregunta la primera mujer-solíamos lavar ropa en el rio cuando nuestras madres no podían los fines de semana.

-claro- claro que no- caramba, tanto tiempo, como ha cambiado todo.

-siento mucho lo de tu padre, al menos tuvo una muerte normal, ya sabes con las cosas como están, nadie llega a los noventa y tres hoy en día.

Suspiro y doy un sorbo a mi botella de agua mineral, realmente no sé qué responder. Tengo opiniones diferentes sobre la muerte y creo que nadie debería vivir tanto. Le sonrió a todos, deseando poder decir ¡uy, disculpa, tengo algo muy importante que hacer y lo había olvidado! Pero supongo que ese tipo de cosas no son factibles en una chiva donde los siete asientos son compartidos con otras ocho personas.

Sin embargo, antes de que tenga algo que responder para evadir la atención, nos detenemos en el primer pueblo, donde algunos se bajan dando gritos efusivos de despedidas y recibiendo sus mercaderías y remesas que los ayudantes del chofer les pasan desde el techo, incluyendo un rollizo cerdo que lanza chillidos agudos.

Diez minutos después empieza la marcha otra vez, con pasajeros nuevos y algún que otro asiento vacío, me pongo los auriculares y masoquistamente pongo la Canción de las simples cosas de Mercedes Sosa y me finjo dormida.

El camino es aún más tortuoso ahora y vamos dando botes los que estamos en los asientos centrales, uno de los ayudantes se da cuenta que estoy despierta y ágilmente pasa de un asiento a otro hasta que alcanza el mío y me pregunta si quiero subir al techo y antes de que me arrepienta, también me aferro a la baranda y con la mochila al hombro me ayudan a subir.

La brisa en el rostro me relaja y dejo que mi cabello que apenas empieza a tocar los hombros, juguetee con el viento. Cierro los ojos y me siento transportada a mi niñez, es como tener diez años una vez más y estar madrugando para asistir a la primaria, como no pagábamos pasaje, el chofer nos dejaba colgarnos de la parte de atrás de la chiva donde habían acomodado una tabla a modo de asiento.

Finalmente cuando abro los ojos, me encuentro en lo más alto y puedo divisar la totalidad del pequeño pueblo de techos rojos y casas de colores, que recibe el nombre de La Italia en honor a la patria del fundador. Mi corazón late desbocado al sentirme tan cerca de todo y me mordisqueo fuertemente el labio superior. Uno de los ayudantes me pregunta si estoy bien y reconozco en el a uno de los niños que cuando me fui apenas aprendía a caminar. Sonrió nuevamente para hacerle saber que estoy bien y el nota mi nerviosismo y me devuelve la sonrisa, que se me antoja un poco burlona.

Al pasar por el cementerio puedo ver lo mucho que ha crecido y me pregunto cuántos conocidos están ahora sepultados ahí.

Cuando tenía once años, mama decidió que yo sabía lo suficiente y que ya era hora de que aprendiera al igual que mis hermanas mayores, a llevar un hogar. Papá no estaba de acuerdo, pero cedió no muy convencido porque sabía que era mejor no hacer problemas por ello, al fin y al cabo, entre mujeres nos entendíamos y aunque por entonces yo lo califique de machista, poco después me di cuenta que si no tienes más opción para sobrevivir, te casas. La necesidad tiene cara de perro, decía mi abuela.

La abuela. Aun la recuerdo con su olor a fogón de leña y chocolate batido, balanceándose en la mecedora mientras nos contaba cuentos, su cara arrugada cambiaba con cada voz, cada historia más fantástica que la anterior.

About Pedro Altamirano

Autor Pedro Altamirano, me encanta el mundo de la informatica, y hasta hace muy poco no sabía que tenía la capacidad de escribir donde conocí a gente maravillosa en la red y formamos un sueño " El poder de las letras"

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