La alianza

La alianza

LA ALIANZA

Nos conocimos en el lúgubre ascensor de un edificio antiguo del centro de Madrid. Íbamos a la misma planta, cada uno en una esquina del mismo, mirándonos de reojo como si temiésemos que nuestras miradas se encontrasen. Si lo hubiesen hecho, habrían saltado chispas allí mismo. Pero decidimos guardar los cortocircuitos para otro momento y dedicarnos a las tareas que nos habían llevado a coincidir allí, la reluciente oficina de un notario.

Por cuestiones del destino, del azar, de la causalidad o como queramos llamarlo, terminamos de realizar nuestras gestiones y nos volvimos a encontrar otra vez encerrados en aquel tenebroso ascensor, que parecía que iba a descolgarse en cualquier momento. Ahora sí, nuestras miradas se encontraron y se reconocieron. Fuiste tú el que dio el primer paso:

—Disculpe, señorita, creo que ha perdido usted un anillo.

Me quedé sin saber qué decir. Miré mis manos, tan impolutas como siempre, con la manicura francesa recién retocada. Vacías de anillos, como siempre; nunca me ha gustado mucho llevar complementos de joyería.

—Debe equivocarse, caballero, pues yo no llevaba ningún anillo en mis manos —contesté, con la mayor educación de la que fui capaz.

—Debe disculparme de nuevo, entonces, pero siendo una señorita tan bella pensé que estaría casada y al no ver su alianza… —me dijiste, con una sonrisa. Todavía me pregunto si aquello era una estrategia que tenías ya preparada o surgió la inspiración en ese momento. Lo que sí sé es que el rubor hizo acto de presencia inmediato en mis mejillas—. Ahora que la miro mejor, creo que usted ha aparecido en mis sueños esta misma noche. Sí, no tengo duda, era usted.

—Siento haberle molestado en sus sueños —te contesté, aún más ruborizada si cabe que hacía unos segundos.

—No se disculpe, señorita, le aseguro que el sueño era de lo más placentero —tuviste la indecencia de decirme—. ¿Me permite que la invite a un café? Como agradecimiento al entretenido momento que me ha proporcionado en mi sueño. ¿Tiene tiempo?

No sé qué ocurrió dentro de mí, pues lo cierto es que siempre he sido bastante tímida y jamás se me hubiese ocurrido aceptar la propuesta de un completo desconocido para tomar algo, pero la realidad es que te dije que sí. En ese momento, supe que estaba perdida por completo.

Ya sentados en los cómodos butacones de un bonito café del centro, rodeados de cuadros antiguos y lámparas encendidas que proporcionaban un ambiente quizá demasiado íntimo, tuve la feliz ocurrencia de preguntarte qué había ocurrido en aquel sueño. Me sentía motivada, desinhibida, con ganas de seguirte el juego.

—Pues, si le soy sincero, apenas lo recuerdo. Visualizo su cara y una experiencia muy placentera, pero sonó el teléfono en mitad de la noche y ya no pude continuar con el sueño —contestaste, para dar a continuación un sorbo de tu humeante taza de café.

El mío seguía sobre la mesa, enfriándose, mientras me iba quedando cada vez más y más hipnotizado por ti. Casi podría decir que me estabas aplicando algún tipo de hechizo, porque aquello no era normal en mí. Siempre he sido una mujer que se ha pensado muy bien las cosas, nunca antes había actuado guiada por la inercia, solo dejando fluir la situación. Si algo no estaba planificado, ni se me ocurría hacerlo. Pero aquel día algo cambió. Tomé mi taza de café entre las manos y casi se me cae al suelo cuando me escuché a mí misma decir:

—Si quiere, caballero, le puedo ayudar a continuar con su sueño.

Tras esas palabras y tras evitar que mi café terminase derramado por el suelo de moqueta del local, solo fui capaz de emitir un sonoro suspiro que en sus formas era lo más parecido a un gemido.

A pesar de que solo nos conocíamos de vista y, para más inri, del encuentro fortuito en el ascensor de la notaría, sentía que ya formabas parte de mi vida, de alguna manera. Por supuesto, aceptaste mi invitación. A las dos horas de conocernos ya habíamos culminado tres veces esa experiencia placentera de tus sueños.

Me diste un suave beso en los labios y, a continuación, extendiste ante mí una cajita. El corazón me latía a mil por hora, no sabía qué estaba ocurriendo allí, sentí miedo de haberme dejado llevar demasiado lejos con un total desconocido, por mucho que me resultase fundamental en mi vida en tal solo poco tiempo. Abrí la caja con temor. Ante mí apareció el anillo más bello que había visto en mi vida. Oro blanco, con diamantes engarzados a su alrededor y, lo más sorprendente, nuestros dos nombres inscritos en su interior. ¡Eran mi nombre y el tuyo los que estaban grabados en la alianza!

Me quedé tan sorprendida que no pude articular palabra. Solo podía mirarte a los ojos intentando comprender algo de lo que había estado ocurriendo durante aquel día.

—¿Ve, señorita, como había perdido un anillo? Lo he estado guardando yo durante todo este tiempo. Ahora que ya lo ha recuperado, ¿me haría el enorme honor de convertirse en mi esposa?

¿Cómo decirte que no? Tenías mi anillo, eras mi vida y con solo un roce me elevabas hasta el séptimo cielo. A lo mejor no fue el procedimiento más común para hacerlo, pero, al fin y al cabo, ¿quién dijo que nosotros fuéramos comunes?

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