Invisible para sí misma, invisible para todos y al mismo tiempo para nadie. Deseaba fervientemente desparecer de entre las ruinas y los escombros que se fueron acumulando lentamente formando una espesa niebla que la visión nublaba.

Invisible pedía ser recuperando la imagen que se deshizo tras el espejo. Desintegrada de sí, perdida en el no tiempo se hallaba sin saber en qué lugar, en qué mundo oculto, más allá de lo que la visión percibía, retrocediendo o avanzando en el justo momento en que quedó grabado en algún punto de algún posible Universo aún no descubierto.

No se lamentaba de lo pasado, se hizo a la aventura, a la búsqueda de respuestas que su mundo no le daba. Transgredir las reglas del tiempo quisiera y avanzar o retroceder, saber, buscar, encontrar no sabía exactamente qué fue lo que en el camino de vuelta desapareció junto al reflejo de su Ser.

Debió olvidar el recuerdo con el nuevo amanecer, debió dejar estacionada la memoria en muchos ayer o en sus otras similares sin llegar a entender qué se desprendió de su interior que su alma reclama. Solo sentía añoranza de algo muy grande y valioso que en ella había habitado complementándola, que su vida confortó y su ausencia la cubre de inviernos infinitos y la desampara.

Solo siente el gigantesco vacío que por dentro provoca, que daña, que asfixia, que hiere, que en estado de tristeza perpetua mantiene al alma sin poder ser consciente del origen de su nostalgia.

Ser incompleto, mutilado, dividido, en destierro prolongado cruzando las fronteras del tiempo y el espacio. Invisible desea ser para sí y viajar a través de los sueños, alcanzar la paz en aquel lugar donde su parte esencial quedó a la espera de ser encontrada por su alma compañera.

 

 

@Marina Collado