Interesante

Diario de yo VI

Ha sido un día interesante.

“Interesante” es una palabra que detesto con cierta fruición. “Interesante” es el término que un viejo compañero de Instituto solía utilizar cada vez que quería decir “Me importa un carajo lo que me estás contando”.

Era un personaje curioso mi compañero. No diré “interesante” aunque, a decir verdad, nunca me importó un carajo el pobre chaval. El chico no era particularmente atractivo físicamente. Eso no es mucho decir, la verdad. Echando la vista atrás, me cuesta pensar en uno solo de mis compañeros como, objetivamente, atractivos. Yo mismo, si he de ser sincero, era un personajillo del que se podrían decir muchas cosas, a veces se decían. Ahora bien, si algo no podía decirse de mí, en honor a la verdad, es que fuera ni siquiera mínimamente atractivo. Llamativo, tal vez, melenudo, seguro, corpulento, sí, torpe en los andares y en las maneras, cien por cien. Atractivo, no, no lo creo.

Los rasgos faciales de mi compañero no eran, digamos, armoniosos. Su tabique nasal venía a ser la crónica de un fracaso esperado. Era como si aquella nariz hubiera sentido la desesperada necesidad de abandonar aquel rostro, como si hubiera intentado saltar con todas sus fuerzas, suicidarse. En el fragor de la huida, aquella pobre divisoria de orificios nasales habría tenido que aceptar, como todos hacemos antes o después, que escapar es imposible. La punta de la nariz denunciaba el intento fallido terminando en un resto aguileño que tenía, o eso pensaba yo entonces, poco de señorial.

El muchacho hacía poco más que enfrentar a diario la resultante de una combinación de rasgos afilados en una cara con forma de plato, unos huesos que asomaban por todos lados, incluso por debajo del grueso jersey de lana con que se abrigaba hasta bien entrado el mes de mayo. Si eres lo que el resto del pequeño universo en que te ha tocado rebullirte ha decidido que entra en la categoría de “poco agraciado” y, además, circulas por el medio de un grupo inmerso en una adolescencia contumaz, entonces tienes un problema. Si a tu, digamos, peculiaridad genética se suma una inteligencia dirigida hacia los aspectos más prácticos de la vida, llamémosles estudio, conocimiento o futuro académico y profesional, entonces los problemas ya son dos. El tercer problema queda fuera de toda capacidad de elección. El desprecio cae, caía, encima de cualquiera que cumpliera esos dos requisitos. A menudo ni siquiera era necesario poseer ambos. Con una, con ninguna, de esas dos excusas el desprecio podía caerte encima, como un tres por dos, o un descuento del cien por cien en el mercado de la penúltima adolescencia.

El chaval tenía aún una cualidad más; era orgulloso. Supongo que si la cosa se hubiera quedado ahí podría haber sentido cierto respeto por mi compañero. Pero su orgullo era impostado. Tenía este chavalín una asombrosa facilidad para trabar amistad con algún otro relativo inadaptado como él. Pero no le servía cualquiera. No. No solamente era inteligente, también era buen juez de la fuerza física y de la naturaleza bondadoso de otros. De manera que mi compañero mantenía amistad con otros inadaptados como él, seguramente menos “inteligentes”, aunque nunca he tenido muy claro el significado de la palabra, pero, sin duda, infinitamente más bondadosos y dispuestos a romperle la cara al que osara ofender al otro.

Nada de malo hay en eso, lo sé. De hecho, la amistad, aunque tampoco podría definir la palabra con exactitud, es una cosa hermosa. El toma y daca de los amigos que cambian favor por favor, que miran por el otro y todo lo demás. Pero mi compañero cambiaba algo parecido a la amistad por la lujosa sensación de ser un chulo de barrio, arrogante, a menudo insultante, sin llegar nunca a las manos. Eso lo dejaba a los otros, a los que quisieran responder con las manos a las punzadas de sus palabras. Nunca le vi levantar una mano, ni despeinarse, ni resbalar al intentar colocar un puño en la mejilla de otro.

Recuerdo su mirada como de comadreja, de medio lado, su tono de superioridad al usar aquel “interesante” que, en realidad, significaba algo así como “no me importa una mierda lo que me estás contando pero, por alguno razón que desconozco, experimento un gran placer cuando pierdo mi tiempo en intentar que los otros se sientan como eso, una mierda”.

A los que no fueran especialmente ofensivos, como era mi caso, no los trataba mucho mejor. Me he dado cuenta del poco respeto que siento por la institución. Compañeros implicados. Compañeros que creen, firmemente, que otros compañeros están, de verdad implicados. Compañeros que eligen esa creencia, estoy seguro, por razones de pura supervivencia.

No me sorprende que mi relación con aquel personaje, y su reducida cohorte de gorila bienintencionados, se redujo a cero en menos de lo que se tarda en decir “interesante”. Como daño colateral me quedó un desprecio casi religioso por cualquiera que se atreva a usar la palabra en cuestión sin sentir que lo dice de verdad. Creo que en los escasos diez meses en los que coincidí con aquel capullo con pinta de cuervo recubierto por bolas de lana multicolor aprendí a alejarme de las personas que no escuchan, las que se sienten, incluso un poco, superiores, de los que se aprovechan de otros y, en general, de cualquiera que no pareciera sentir lo que sea que dijera o hiciera. Con los años aprendí a perfeccionar la técnica y, mientras otros la mayor parte de mis contemporáneos se dedican a mantener relaciones que perdieron todo significado hace años, yo me siento desaparecer cada vez que intuyo, o confirmo científicamente, que la otra persona no me escucha, no me entiende o, más simplemente, haciendo algo parecido a escuchar y entender, me utiliza para hacer lo que le salga de los cojones, ovarios, agallas o células fotosintéticas.

No es pequeño el daño colateral, no nos engañemos. Una vez me explicó un facultativo que mis problemas físicos, especialmente los óseos y articulares, provenían de la irregular disposición de mi cadera. Aparentemente, una cadera mínimamente descompensada no tiene porque ser un problema, a no ser que el portador se empeñe en caminar, saltar, correr o llevar a cabo, esencialmente, cualquier actividad física. En la lista de actividades físicas también hay que añadir la inactividad, más letal, si cabe, que la mismísima vigorexia. Si alguien así se empeña en, durante años, vivir, su cadera le obsequiará unas lesiones, contracturas, roturas, dolores y tratamientos varios. En mi caso, igual que mi compañero sumaba a la poca belleza exterior una fealdad interior proverbial, añado a la desviación de mi cadera varias desviaciones del alma.

Entre mis desviaciones se cuenta una cabezonería reseñable y un considerable afán por sentirme perfectamente diferenciado de los que me rodean. Esas dos desviaciones me pueden llevar a entregarme al cien por cien o a reservarme parcelas crecientes de mi persona. Verme reflejado en el amor que comparto con otra persona, amor, amistad, tanto da, si siento que uno de los dos es real, me dejo embargar por el enorme placer de desaparecer en los ojos y en las palabras de otro. Si algo huele a robado, impostado, ilegítimo o egoísta, entonces voy desapareciendo de la estela del otro. Puede pasar que mi progresiva desaparición no sea advertida. Ahí reside el final. No me engaño, sé que las relaciones verdaderas, y no me refiero a las relaciones absorbentes, son difíciles de encontrar y, si cabe, aún más difíciles de conservar. Pero no me resisto al placer que me produce la sensación de saberse conocido, comprendido y en paz. Poco importa si la relación es diaria o si la vida lleva a dos personas a verse, hablarse o encontrarse muy de vez en cuando.

Estas desviaciones, unidas a la firmeza, cabezonería, tanto da, que favorece mi tendencia a no practicar la marcha atrás, me ha obsequiado numerosas ausencias y, como podría parecer natural, me ha ido volviendo cada vez más celoso de mi intimidad.

Tal vez haya un corazón amable en el pecho de cada solitario, quizá no sea más que un loco obsesivo, compulsivo, depresivo o esquizofrénico. No sé, seguramente no sea más que un cabrón orgulloso y arrogante que esconde sus miedos en un aire de persona reservada. Da igual. En todo caso, lo único que importa es que empecé diciendo que había sido un día interesante y, entre tanta palabrería, el relato de mi día y su interés ha quedado igual que antes de empezar.

Interesante.

 

 

Carlos Bueno-León

Llevo toda la vida ligado a la literatura y la música y no siempre en ese orden.

En la actualidad colaboro, además de con mis relatos y poesía, como ensayista y crítico musical con diversas publicaciones periódicas.
La mejor manera de ver algunas de las cosas que hago es visitar mi perfil de facebook, mi blog y, tal vez, leer alguna de mis colaboraciones en otros medios:

https://carlosbueno-leon.blogspot.com.es/

https://www.facebook.com/profile.php?id=100010679792697

http://www.revistalaocaloca.com/author/miguelcastro/

http://rockandblog.net/author/miguelcastro/

En estos tiempos de famosos que publican, jammers, slammers, youtubers, influencers y demás, me gusta considerarme, simplemente, escritor.

Deja tu comentario, así nos haces grande

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.

A %d blogueros les gusta esto: