Intentaba ir más abajo (Sentimientos durante la pandemia)

Mayo, 2020

Yo intentaba ir más abajo.

Era lo único que quería

No me importaba la razón, ni los discursos de aliento, ni los cantos de esperanza que entonaban otros que seguramente se sentían igual que yo.

Lo que me hacía tener un poco de fuerza era sólo la idea de mover mis pies haciendo hueco para poder sumir mi cuerpo hasta donde fuera imposible encontrar la salida.

Que placer, era ir sintiendo la caricia de la arena mientras resbalaba grano a grano sobre mi piel, sentir de apoco en poco la presión de la tierra que me iba aprisionando y el frío que se hace presente cuando vas cobrando profundidad.

Estaba segura, cada vez más convencida de que aquello era lo que mi calma anhelaba, así que abandoné voluntariamente la presencia de cada uno de mis miembros que gozaban al iniciar con regocijo el nuevo idilio con la muerte.

‒Más abajo‒ me decía a mí misma; mientras el suelo me hacía su presa y me ataba con fuerza, hasta que comencé a sentir que era parte de sus entrañas pareciendo que me brotaban raíces que jamás permitirían que volviera a salir a la superficie.

Al fin, a presión de la madre tierra me aprisionó como si fuera la hija que no está dispuesta a dejar escapar, regó su yugo sobre mí y comenzó a impedir que pudiera respirar.

Yo ya no pensaba, sólo me entregaba a los brazos de la madre sintiendo levemente que entraba un mísero suspiro de aire que no alcanzaba a llegar hasta mis pulmones, me quedaba apenas un acompasado adagio fúnebre que mi cuerpo emitía en los lastimeros sonidos inconfundibles del último aliento.

Casi el ansiado final, casi el último aliento y arribaron en huracán los recuerdos; como si no quisieran otorgarme el derecho de al menos morir sin sufrir.

Algunos recuerdos traían una ínfima luz que por instantes me invitaban a retomar el latido de la vida, mas de inmediato y a todo galope pasaban delante de mí las desventuras; las horas de rapiña espiritual que nunca cesaron, las interminables punzadas que se clavaban en mi alma recordándome constantemente mi terrible condena a la soledad.

¡Nunca!

Nunca. Ni en el preciso instante en que abandonaba la vida y era arrancada de mi cuerpo, me dejó el pesado fardo de la negrura padecida en aquello que algunos, burlonamente llamaban vida.

 

No intenté ya nada. Ni ir más abajo, ni salir, sólo me entregué a la sensación más placentera que jamás había experimentado mientras mi etéreo fue siendo arrancando sin dolor y sin pausa de aquel cuerpo que clamaba el final de su existencia.

Podía respirar de nuevo, en una calma inimaginable llena de la paz y la esperanza que te envuelve cuando dejas esta vida.

 

Ya sin lágrimas, sin temores, puedo ver mi cuerpo en la arena, casi cubierta en totalidad, mostrando sólo mi faz para que por siempre puedan seguir rodando lágrimas permanentes de sal.

Me observo y con lástima me digo adiós dándome la espalda; jurando que una vida como esta: no la volveré a repetir.

 

 

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