Instantáneas

Me pregunto cómo habrá ido su vida.
Me pregunto, qué habrá sido de esa chica con la que descubrí el amor.
Entre juegos, avanzamos hasta aquella pubertad donde cambió todo lo que se sentía.
No encontramos respuestas para descifrar cuántos sentimientos se mezclaron, entre carreras para
rescatarnos, entre cuantos escondites creíamos secretos o movimientos que hoy resultan imposibles,
esquivando el balón que te hacía prisionero.
Cuántas notas viajaron por debajo de los pupitres para llenar de complicidad las miradas, así como de
vergüenza al ser interceptadas por el profesor, ya harto y, castigándonos con su lectura en voz alta, entre
el aula colmada de risas.
Tardes de estudio que no llegaron a ser tales, para ir comprobando, que todo se llenaba de un
sentimiento aún casi desconocido y descubrir el sabor de los besos.
Se llenaron de intención cuando siempre descartabas verdad o atrevimiento y se aceleraba el pulso al
ritmo que giraba aquella botella, contando con la complicidad necesaria de quien de cada parte, era a
veces, tú gran confidente.
Convertidas en himnos cuantas canciones memorizabas, escuchándolas en el walkman, mientras,
escribías cartas para confesarte por completo, cartas que siempre acababas con el dibujo perfecto de ese
corazón que encerraba la palabra “Te Quiero”.
Momentos retratados en cientos de fotografías, que impaciente esperabas ver surgir de aquella Polaroid
regalada en su cumpleaños. Fotografías que el tiempo ha vuelto amarillentas, pero que aun consiguen
llenarme del color con el que nacieron.Fotos como esta, la que observo mientras llegan compañeros de ese tiempo a la puerta del colegio.
Donde nos encontramos todos después de tantos años, resolviendo las dudas de quiénes somos, que
algo o mucho hemos cambiado.
Saludos, abrazos, risas y mil preguntas sobre la vida de cada uno.
Pero, ella…¿vendría?, ¿la reconocería?.
No me atreví a preguntar, ni siquiera a su gran amiga Esther, la que me encontró hace un par de días en
una red social y me animó a asistir.
No llegó a la puerta del colegio. Volví mi cabeza unas cuantas veces, mientras este quedaba cada vez
más lejos para dirigirnos a la cena, esperando verla aparecer corriendo.
No ocurrió. Pensé en cuánto me hubiera gustado verla.
Guardé una pequeña esperanza de que sucediera, quizá cuando llegáramos al restaurante o en el
transcurso de la cena. La noche avanzaba al mismo ritmo que desaparecía esa esperanza.
Disfruté de la cena y de cuantas risas surgían entre anécdotas.
Algo vio Esther en mi cara, insistió en que la acompañara fuera del local.
-Esperabas ver a Paula, ¿verdad?- me dijo.
Asentí con la cabeza.
-¡Llevas toda la noche viéndola! ¿no la has reconocido?
Mi gesto cambió por completo. Me sentí frustrado. ¿Cómo no la había reconocido?, ¿cómo ella no se
había acercado a mí?.
Esther me indicó con su mirada que Paula estaba detrás de mí.
Sonrió.
– Os dejo solos-. Y volvió a entrar en el restaurante.
Paula se cogió a mi espalda.
–Tenía que haber hecho caso a Esther y tirarte el café encima-, me dijo.
Ladeé mi cabeza. No lo podía creer, era la camarera de la mesa de al lado. Me centré tanto en ver si
aparecía, que no vi que había estado pasando toda la noche delante de mí.
Su mirada era aquella que siempre consiguió llenarme del revoloteo de miles de mariposas. Y volvió a
suceder.
Jamás la culpé de haber acabado; algo que sucedía continuamente, cuando marchabas a cumplir ese
servicio militar. La distancia hace el olvido, aun más, cuando pasas dos años lejos. Fuimos perdiendo el
contacto y la vida no espera. Tiempo que, además, alargué al no volver de allí, para sumar otros diez
años más. Nada teníamos que reprocharnos.
Pasamos la noche recorriendo nuestra vida hasta este mismo momento en el que nos encontrábamos,
dándonos cuenta de cómo había sido de pareja. Descubriendo lo importante que éramos, ella para mí y
yo para ella.
No habíamos encauzado nuestras vidas a pesar de intentarlo.
Esa noche era nuestra, para sacar cuantos momentos guardábamos el uno del otro.
Saqué esa fotografía, la que observé en la puerta, para entregársela. La miró, soltando una gran
carcajada.
-Qué tiempos, todavía tengo esa cámara. Tu mejor regalo-.
Abrió su bolso y saco esa vieja cámara.
-Aun funciona, ¿sabes?-.
Volvimos a esperar como si fuéramos aquellos adolescentes, a que surgiera cada fotografía…
Aún hoy, las fotos de aquella Polaroid están presentes. Adornan su estudio de fotografía, el qué solo dos
años, tardó Paula en montar. Porque desde esa noche, nos propusimos cumplir nuestros sueños.
El mío, es esta historia…la que le contaré a nuestros hijos.

Eterno aprendiz de escritor, poeta o como pueda llamarse.
Ya que esta afición lleva acompañándome desde mis tiempos de escuela.
También es un medio para evadirse de esta realidad que en ocasiones pesa..

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