Historias inconexas

 

Dejó el bolso en la silla contigua y tomó asiento sin mirar a su alrededor. El lugar estaba apenas ocupado, tan sólo un par de mesas bastante alejadas al fondo del rectangular salón, de las diez o doce que componían el conjunto. El espacio no era muy amplio, la decoración clásica y un tanto recargada para su gusto.

Odiaba la pomposidad de aquellas sillas torneadas, el tapizado en tono verdoso con hojas doradas que recargaban el blanco roto de la madera a la tiza envejecida con betún de Judea. Todo con esa falsa apariencia vintage tan de moda que ya comenzaba a cansarle la vista, resultando por repetida, de lo menos acogedor.

Siempre le gustó llegar pronto a las citas. Le parecía una enorme falta de respeto hacer esperar a otras personas, precisamente por eso, siempre le tocaba esperar a ella. Llevaba algo de lectura en el bolso, pero no se sintió con ganas de sacar el libro.  Amenizó la espera como se amenizan hoy en día las esperas. Trasteando en su móvil, miraba su las notificaciones de su twitter, últimamente muerto. Su facebook, igualmente… Su Instagram en el que apenas colgaba un par de fotos de vez en cuando acompañadas de un texto pretendiendo ser  una reflexión al exterior de sus pensamientos, inevitablemente salpicado con ese tono sarcástico que tanto la caracterizaba.

Él siempre había sido recurrente en sus recuerdos y no acertaba a adivinar  por qué cada vez que algo le iba mal o sufría un sin sabor, se preguntaba que habría sido de él. De no haber sido por aquella conversación entre amigas, donde todas comentaron que en algún momento de sus vidas se habían encontrado de nuevo con aquel antiguo amor y donde para mayor sorpresa, ella era la única que nunca lo había hecho. Desde ese momento, Alicia, su más mejor amiga le había insistido por activa y por pasiva para que lo hiciera y durante mucho tiempo ella había zanjado la conversación con un simple, “Alicia, eso nunca pasará”. Momento en que su mejor amiga sabía que debía cambiar de conversación o se enfadaría seriamente con ella.

Desde aquel momento de intercambio de vivencias con sus amigas no había dejado de pensar en la posibilidad de llevar a cabo ese encuentro, como algo trivial, sin darle demasiada importancia, pero siempre le atormentaba su propia reacción ante tal encuentro. Quizás, se interpelaba, mereciera una segunda oportunidad, al fin y al cabo toda la vida habían estado de una manera u otra en contacto, ya que para más inri eran vecinos de barrio en su juventud, y por avatares del destino volvían a serlo de nuevo tantos años después, coincidiendo en la misma zona.

Durante mucho tiempo había fantaseado con ese encuentro, aunque nunca se le habría pasado por la cabeza que alguna vez se materializara de forma real.  Tenía miedo a su reacción. No a la de él, que va, sino a la suya propia, no estaba segura de cómo sería retomar algo que en su día fue una intensísima historia de amor,  vivida por capítulos a lo largo de los años. Pero esta vez habían pasado demasiados años, treinta y cinco para ser exactos.

Su historia fue siempre una suma de fracasos y contratiempos, o debería decir su no historia, porque en realidad su imaginación se entretejía con los recuerdos y daba como resultado algo que no tenía muy claro que alguna vez hubiera existido o si todo esto era fruto de su recreación imaginaria y nada hubiera existido realmente.

Los recuerdos eran escenas entrecortadas, ¿recordaba sólo lo que fue placentero?, ¿hubo algo más que no recordaba?… De lo que si estaba segura es de que había habido algo, ese algo fue tan importante como para no olvidarlo y eso era lo que más le asustaba.

El instituto. Cuando él la acompañaba a casa y entre sonrojadas miradas se rozaban las manos… La timidez de él, que tanto le gustaba… Después una adolescencia convulsa en la que se cruzaban en la parada del autobús camino a la universidad. Sonrió  automáticamente al acordarse de que él nunca llevaba dinero para el autobús, y aprovechaba para pedírselo y así entablar conversación. Hacer el trayecto juntos y hablar de sus primeros escarceos amorosos.

Cuando él comenzó a salir con su amiga Ana fue uno de los peores episodios de su vida. Ella nunca entendió por qué cuando la amistad intensa era entre ellos dos, sin embargo a la hora de salir se lo pedía a otra.

Luego fue ella quien pareció encontrar a uno de los hombres de su vida, mientras él se proponía volver, casi sin pedir permiso a su vida, confesándole por primera vez, que ella era quien le gustaba. Claro se dijo, cuando tu salías con Ana yo me las tuve que tragar dobladas y ahora que soy yo quien mantiene otra relación, vienes a fastidiar con ese amor que parece se te hubiera enquistado entre pareja y pareja.

Y así, de manera intermitente sus encuentros, entre las parejas del uno y del otro hasta aquella vez en que casi fueron sexo… 

Ella había estado en otro país estudiando y a la vuelta procuró recuperar a sus amigas, pero después de tanto tiempo habían crecido por diferentes lados, sus intereses no coincidían. Llamó a su amigo de siempre, quería esta vez ser ella quien tomara la iniciativa, mostrarle todo lo que sentía desde siempre, todo lo que había aprendido en ese año de ausencia.

Él, nervioso, la citó en su domicilio de entonces. TÍodo ocurrió tan deprisa que por supuesto, y para variar no funcionó. La explicación, su deseo largamente acumulado, el miedo a no dar la talla ante una mujer que se mostraba más activa que nunca.  Ella no le dio importancia, pero cuando fue al cuarto de baño se quedó de una pieza… Bragas  colgadas tras la cortina de la ducha, todo lo que había en aquel armarito de baño indicaba que había una mujer en esa casa. Salió airada y molesta por no haberle contado aquello, no podía creer que se lo hubiera ocultado, ahora entendía su gatillazo.  Joder, si ella hubiera sabido que él vivía con alguien nunca habría ido a esa casa, nunca hubiera llegado a exponerse vaciando su alma. Fue duro superar ese episodio de deslealtad, tardó mucho tiempo en entender sus explicaciones.

Y nunca más volvieron a encontrarse, hasta ese momento. Continuaron sabiendo por alguna llamada de año a año como iban sus respectivas vidas amorosas, y asumiendo que nunca más nada volvería a ser igual. Que aquello fue un “quiero y no puedo” un “ahora sí, ahora no” un siempre amigos y poco más, a pesar de todo al menos eso les quedaba.

El hizo acto de presencia en el pasillo del salón, caminaba hacia ella. A ella le sonreía el corazón, a él el alma a través de los ojos se le salía con brillos, a los dos pupilas dilatadas.

El la abrazó. Podían sentir sus corazones palpitando tan fuerte que era imposible no notarlos. Él le tomó las manos, y dijo todas esas cosas que a cualquiera le hubiera gustado escuchar. Estas igual que entonces, no has cambiado nada… Yo sí, mira que viejo estoy, perdí mi pelo (y a ella se le escapó una sonrisa pícara, pensando, si te hablara yo de mis senos!!…)

Después de contarse todo, se despidieron, como siempre pasa, con la intención de quedar de nuevo. 

Ella le invitaba junto a su mujer y a su hija a eventos relacionados con su trabajo, él correspondía de vez en cuando haciendo otro tanto, ella acudía siempre con alguna amiga.

Siguen y seguirán siendo amigos.

@carlaestasola

Madrid a 21 de abril de 2017 a las 19:30

 

Música:

Tema1- Melody Gardot – Quiet Fire

Tema 2- Melody Gardot – If I´m lucky

 

3 comentarios en “Historias inconexas

  1. Me dejaste intrigada en todo el relato. Es una historia tan real, los hombres engañando a su pareja con una “amiga”…Es una pena… me pregunto si ellos pueden enamorarse plena y completamente, en un amor en la que tú siempre sea la que él elegirá, en ¡donde exista fidelidad! ¿Será que están extintos? Muy bonito relato.

  2. Me dejaste intrigada en todo el relato. Es una historia tan real, los hombres engañando a su pareja con una “amiga”…Es una pena… me pregunto si ellos pueden enamorarse plena y completamente, en un amor en la que tú siempre sea la que él elegirá, en ¡donde exista fidelidad! ¿Será que están extintos? Muy bonito relato.

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