Flores camufladas

Flores camufladas

Siempre ha existido un momento en el que el viento nos ha sonado a tristeza, en el que la lluvia nos ha inundado de melancolía o en el que el mar nos ha sugerido un tenebroso misterio; es decir, siempre, lo bello es capaz de invitarnos a vivir emociones contrarias a las que encierran.

¿Y quién no ha sentido que su alma se partía cuando veía cómo una vida se apagaba o quedaba encerrada en la cruz de la enfermedad?

¿Quién no se ha rebelado al ver que su propia carne, la de un ser querido o la de un niño se ha visto marcada por la cruz de una enfermedad o de una involuntaria desgracia?

¡Sí! Todos hemos sentido cómo esa flecha se clavaba en nuestro corazón y cómo, también, nos dolía la impotencia de no poder arrancarla.

Quiero quedarme con lo bello que hay tras ese dolor, con la flor que se oculta entre esas espinas que nos nublan la mirada e impiden que veamos que, tras esa enfermedad, tras esa cruz, hay una persona, un niño, un alma que también sueña, suspira y se emociona.

Doy fe de ello porque lo he vivido; y porque me he visto sumido en ese trance en el que la vida y la muerte se lo juegan todo a una carta, puedo decir que esos pequeños tienen un campo de su corazón reservado para la felicidad.

Sí, esos niños sufren, el grisáceo velo de esa extraña enfermedad cubre su cuerpo y nuestro corazón solo acierta a ver su dolor, pero ese dolor, a veces, es el nuestro, por eso quisiera, y a Dios se lo suplico, que fuéramos capaces de anegar de afectos, cariño y felicidad esa parte de sus sentimientos a las que no llega la sombra de su cruz.

Y si esa salud que no les han dado fuera imposible devolvérsela, me quedo con la imagen de miles de almas bondadosas que resucitan esos buenos sentimientos que, si no fuera por esas niñas y niños, tal vez seguirían ocultos en nuestras almas.

Quiero retener en mi memoria, en el recuerdo de mi corazón, en la esencia de mi alma, esas risas compartidas, esas personas volcándose con ellos, intentando compensar, por medio del cariño, lo que les han robado.

Con todo esto quiero decir que esas niñas y niños no son simples enfermos, son ÁNGELES enfermos que nos devuelven esa humanidad, esa caridad que dimos por perdida o teníamos olvidada.

Por eso, así como el viento sugiere tristes ecos, la lluvia melancolía y el mar, misterio, pero no dejan, por ello, de ser bellos, estos niños son, más allá de su cruz, fuente inagotable de amor, cataratas de buenos deseos, son flores camufladas entre las espinas de su dolor.

Escrito por Abel de Miguel Sáenz

Marijose.-

1 comentario en “Flores camufladas

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