RELATOS

Femme Fatale (1era parte)

Todas las mujeres llevamos dentro una Femme Fatale que sólo necesita despertar. 

Se miró en el espejo y posó sus manos sobre cada una de las líneas que marcaban el contorno de su cuerpo, de sus ojos y de su cabello. Acarició con suavidad y tristeza la fría superficie del espejo en donde se medía las arrugas casi inexistentes recordando algunos pasajes de sus días pasados, mientras pasaban furtivamente ocultos entre el blanco y negro de sus recuerdos.

Lloró casi sin darse cuenta y se retiró de esa imagen que le causaba nostalgia, pues habia tantas y tantas cosas que no se había atrevido a vivir y, permaneciendo sentada a la orilla de la cama se negó a ser consciente del tiempo que pasaba. Así, de la misma manera que no se había dado cuenta de cómo habían pasado los últimos veinte años.

Ana se encontraba sentada en un café leyendo lo nuevo que había llegado a su lista de libros el día anterior con una larga lista de mujeres protagonistas enmarcadas en historias de princesas, empresarias, geishas, escritoras, religiosas y femme fatale.  Pasó la lista unas cuantas veces y cayó en la tentación de dar click en la historia de la geisha.

Se miró en sus ojos, en su cuerpo y en su danza acompañada del shamisén; imaginariamente habló con hombres que caían rendidos ante su etérea y delicada sensualidad, tomó tantas tazas de té de jazmín y sake como le fue posible para saciar su imaginación; vistió con hermosas sedas de colores y se resguardó del sol bajo la caricia de los cerezos. Sin embargo, el sonido de su mobil la trajo de vuelta abandonando las calles de Kioto sentándola de nuevo a la mesa; pronto volvió al café y se olvidó hasta de los olores que había imaginado por lo que continuó con su rutina volviendo a su oficina para cerrar los pendientes del día.

Eran casi las nueve de la noche y Ana ya se encontraba en casa, se sentó a la mesa; y mientras comía el sushi que compró en el camino, leyó una historia más que la mantuvo despierta y viajando hasta las dos de la madrugada en que, por fin la venció el sueño.

  • Femme fatale – se repetía al levantarse – Femme fatale

Se vistió con su traje sastre gris; como sus días; se calzó sus zapatos a medio tacón, se recogió el cabello en una coleta y salió rumbo a su oficina.

¿Cuál era su nombre?

-Ana

-Ana no. Se dijo a sí misma.

-Alicia suena mucho mejor

Tan simple como unas pocas letras.

Ana era una mujer pasada de los cuarenta años, harta de un matrimonio de hastío que le duró una eternidad de lunas; cansada de esperar por un amor puro que la rescatara de su eterna soledad y que un buen día decidió tirar a la basura todo aquello que formaba parte de ella desde que era una niña sentada escuchando los discursos puritanos de las mujeres de la familia; aquellos que la conminaban a ser santa, buena, pura y casta.

(Continuará)

 

 

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