Fantasmal

Se volvió de carácter irremediable, sin vuelta atrás.

Fue una tarde fría, de esas en las que el cuerpo aún no se acostumbra a las bajas temperaturas, pues apenas empezaba el otoño.

Habían pasado un poco más de seis meses de altas y bajas en mi existencia mientras pasaba hasta tres horas pegada a la inmóvil pantalla que me sumergía en la falsedad de las redes sociales. Ya estaba hastiada, y llegó el momento en que mi mente alcanzó el borde máximo de la locura.

Llevaba semanas viendo, pasando noticias absurdas en donde cada persona busca la justicia social para resolver asuntos de justicia individual.

Estaba harta. Harta del abandono a los ancianos, de la lucha por el aborto, de la desaparición de muchas mujeres, del estigma que ha puesto sobre los hombres disfrazando a todos con un saco de maldad; harta de la pasividad de los pueblos, de la lucha controladora de los dictadores.

Y es ahí, en donde todo se desató.

Fue ahí en donde mi razón quedó perdida. En el día en que desconecté todo y decidí entrar en mí, haciendo caso a los modernos gurús que fingen saberlo todo y están más perdidos que un alfiler en el desierto.

-¿pero que poder de selección tiene una mente que acaba como la mía?

Comenzó la debacle mental, cuando entré en mí. Cuando abracé a la que dieron por llamar la niña interna y la miré de frente, cuando tuve sus ojos fijos en los míos reclamando la ruptura de todos sus sueños.

-¡Ah! ¡Mil veces errado estuvo! Ese intento por encontrarme a través de ella.

-Tan frágil, tan sola y llena de ilusiones.

Y no quedé conforme ahí. La necedad persistió y me adentré en los mares de la juventud perdida, de la madurez y de la incipiente vejez. Siempre en soledad; siempre siendo el espectador de la felicidad ajena, siempre en espera de algo mejor y siempre, siempre, siempre acurrucada entre las sombras de la realidad que no otorga nada.

 

Al principio me arrepentí. Quise no haber abandonado el falso mundo de las redes sociales, en donde lo que no te gusta lo eliminas sin piedad y no hay dolor; ni siquiera dudas; pero seguí, en ese manoseo absurdo entre las cosas del pasado que más me arrastraban al pico mental que me hizo estar a donde estoy ahora.

Fue esa mañana fría.

Desde temprano tuve una sensación diferente.

Mis pies estaban más fríos de lo normal, tal vez presagiando lo que llegaría unas horas más tarde; tomé un café, un baguette y sumergiéndome en una espesa música relajante de violín volví a recorrer los senderos andados antes.

Observé con tristeza y mucha lástima a aquella infeliz a quien rompí con sus ilusiones rotas, a aquella tonta que se enamoró una y otra vez de lo no correspondido, a aquella mujer que ya decepcionada de la vida luchaba por mantenerse en pie, a aquella infeliz que no pudo entrar a la vanalidad del presente.

No sé de donde cayeron. Pero eran exactamente treinta tabletas que fueron entrando una a una a mi boca, a mi estómago y me arrancaron, con menos dolor que la misma vida; el último suspiro que de mi boca salía.

Y entonces… llegó la paz.

Se terminaron las lágrimas, las desilusiones, los desamores y por primera vez en muchas lunas sentí la delicia de la vida.

Justo ahora que ya no era vida.

Se quedan ahí; las redes sociales, los amantes de las mascotas que encierran a sus viejos, las dictaduras, los enojos, las desilusiones y todo este mundo que nunca me acogió.

Aquí por primera vez respiro. Sin fríos, sin dudas, sin expectativas y sin ese gran dolor que siempre oprimió mi corazón.

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