Esos viajes

Caminaba entre las hojas ocres del otoño, con pasos sigilosos, mientras en su rostro una picara sonrisa prendía. Empezó a correr por el camino de arena abriéndose paso entre las hojas que parecían formar remolinos, que a su mirada se mostraban hermosos círculos concéntricos purpuras y amarillos.

Terminó resbalando con una de aquellas hojas y su mano en un erizo de castaña. Por suerte no se clavó las púas y empezó a carcajearse de la situación, armó tal alboroto que las ardillas se asomaron a ver que ocurría.

Una jineta se plantó delante suyo y la miró fijamente a los ojos gruñéndola, mientras una araña de extraños colores se balanceaba desde una rama que quedó delante de ella.

Aquellos círculos concéntricos que anteriormente se mostraron, rodearon su cuerpo, bufaban las hojas como si fuera el eco del ruido que produce una locomotora que parece acercarse.

En el horizonte una extraña mezcla de colores ácidos se desplegaba mientras ella se sentía extraña.

La jineta fue a esconderse detrás del castaño, rauda y veloz y las ardillas volaban de copa en copa, de un hayedo a otro.

Se sintió distinta, no sabía por qué. Anduvo fuera de los caminos donde el bosque era profundo e inquieto, no la molestaban las ramas que se clavaban en su rostro ni el barro que entre sus dedos se colaba como un invitado no deseado.

Cruzó el profundo lago de aguas cristalinas nadando sin problema alguno y llegó a la cima de la montaña. Desde allí su reflejo era claro, otra vez había mutado, era la segunda vez que ocurría, sin sentirlo apenas.

Observó, discriminó y se sentó allí a mirar el azul aguamarina del mar, en el se reflejaban las casas de adobe pintadas de color azul y blanca. Una hermosa muchacha en las escaleras sentada. Sus ropas eran de colores muy alegres, su rostro tan hermoso, en el interior de su ser, luz.

Su mente voló por encima de las casas, del océano y del desierto. Las dunas escondían las formas de la vida y una hermosa estela esta vez una mezcla de tenues colores, que el sol convertía en hermosos paisajes, no era un oasis, no.

Parecían bailar frente a sus ojos difuminándose, como finas gasas que al antojo de la brisa se movían delicada y sutilmente en fina caricia, acompasadas por el sonido de esa melodía que es el silencio.

Se encontró por un breve momento envuelto de paz en ese bello oasis en el que el alma recibe alimento.

Caminó ahora si, ligera de nuevo, sin propósito ni destino, desnuda entre la tormenta de arena que fuertemente la abrazaba, amándola.

Se adentró aun más en la espesa bruma de la noche encontrando en su camino aquella bruja que tantas pesadillas le produjo cuando era una mocosa.

Su padre la había metido en el fondo del baúl, pero sin saber como había conseguido salir, intentando nuevamente ser su dueña, sumiéndola en el más eterno y profundo sueño, en aquel lugar donde se reciclaban las almas procedentes de la luz que caían en el averno.

Ella se volvió a sentir ligera y con sus garras la apresó. De nuevo se encontró en la cima de la montaña, donde fue su manjar.

y al amanecer ella despertó en su cama con una alegría desmedida. Aquel viaje no estaba previsto, pero sucedió sin más, cosas del destino tal vez.

Cuando una delicada y tierna voz gritaba ¡mamá, mamá! la bruja ya no esta.

Y ella le acariciaba la melena suavemente mientras la decía, no te preocupes cariño, la bruja ya no volverá más.

@Marijose.

Le pedí a mi amiga y compañera de letras Adelina Gimeno, tres palabras para armar este relato.
“Alegría, Propósito, Encuentro”.

2 comentarios en “Esos viajes”

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