Esconde a la niña

Esconde a la niña

 

hay un pájaro azul en mi corazón que

quiere salir

pero soy duro con él,

le digo quédate ahí abajo, ¿es que quieres

hacerme un lío?

 

Charles Bukowski. El pájaro azul.

 

Idara estaba limpiando la habitación de un hotel. Era su tercer día de trabajo, el primero sola. Las dos jornadas anteriores había estado acompañada por Andrea, que era la compañera que le enseñó las labores.

El hotel era de cinco estrellas y estaba ubicado en Barcelona. Las habitaciones eran tan grandes como el piso de un trabajador de clase media. Sus funciones como camarera de piso eran varias: cambiar las sábanas de la cama, las toallas y los productos higiénicos del lavabo; reponer la nevera; limpiar la cafetera; aspirar la habitación y la terraza; además, tenía que avisar de cualquier anomalía a su gobernanta.

Ese día comenzaron muy tarde a trabajar, porque los clientes no salían de sus habitaciones y, lógicamente, no los podían molestar. La gobernanta aprovechó para hablarles de los errores de cada una, pero se alargó tanto que no empezaron hasta las diez y media de la mañana, cuando la jornada comenzaba a las nueve. Y eso que algunos turistas habían salido media hora antes, hecho que le habría ido bien a Idara porque, como era novata, tardaría más en acabar.

Juana, una de sus compañeras, fue a preguntarle cómo le iba sola.

—Bien, gracias por preguntar —respondió Idara.

—Me alegro. Es una pena que hoy tenga libre la supervisora. Ella es buena persona, te habría ayudado.

—Sí, la verdad es que me ha caído bien. Estos dos días ha estado pendiente de mí, aunque Andrea me enseñara. Me dijo que hoy haría seis habitaciones y que cuando fuera más rápida haría las siete.

—Depende. Recuerda que ella es la segunda jefa y que la gobernanta, que es la que manda realmente, puede decir otra cosa. —Juana miró hacia la puerta. A Idara le pareció que estaba nerviosa al hablar de la gobernanta—. Bueno, guapa, voy a seguir con lo mío, que no es poco. Que vaya bien.

Estaba de buen humor a pesar de todas las responsabilidades. Un nuevo trabajo siempre ilusiona, aunque Idara había tenido experiencias negativas en los anteriores hoteles en los que había trabajado como camarera de piso. Las sábanas eran ligeras como plumas; cuando las alzaba parecía que volaban y su caída era un aterrizaje suave. El lavabo había quedado tan brillante como en los anuncios de la televisión y el espejo reflejaría hermosura hasta de la persona más monstruosa del planeta. La aspiradora corría como una moto que la hacía sentir libre y cuando estaba en la terraza el aire le peinaba sus trenzas como si fuera una actriz en una película romántica. Y lo mejor de todo, el cliente había dejado diez euros de propina en la mesita.

Esa nueva habitación, la tercera de la jornada, había quedado perfecta. La gobernanta no podría gritar a Idara, como en la primera, porque habían quedado unas arrugas en la cama que había hecho. La trabajadora estaba en la segunda habitación y la superiora le pidió que la acompañara para ver los errores que había cometido, aunque solo fueran unas simples arrugas, aunque tuvieran que subir una planta y perder varios minutos. Idara no le contestó, porque sabía por experiencias anteriores que estaría indefensa ante la gobernanta.

Cuando limpiaba la cuarta, vio que su niña salía del escondite, y no le gustó. La miró mal, hecho que ignoró la pequeña. Habló a la niña en edo, el idioma de ambas, uno de los muchos idiomas que se hablan en Nigeria.

—Vuelve a esconderte. Te he dicho muchas veces que no salgas. Ya nos hemos metido en muchos problemas en los anteriores sitios. Hazme caso.

La niña no respondió porque estaba deprimida. Se aburría, sabía que no debía salir, pero no podía evitarlo. El aburrimiento era una carga más pesada que el miedo.

—Te entiendo, niña. Perdona por haberte hablado mal. Vuelve, por favor. Te prometo que jugaremos al salir del trabajo. Aquí solo conseguiremos meternos en un follón.

La niña obedeció y se escondió. Idara se tranquilizó, porque recordaba los episodios anteriores en los que la chiquilla había hecho las típicas travesuras de su edad.

Siguió con la faena. Cuando acabó de limpiar esa habitación se fue a comer en la meeting, el lugar donde lo hacían los trabajadores del hotel. En el centro de la meeting había cinco mesas cuadradas juntas, cubiertas por un tapete que parecía un trapo sucio. Las sillas eran desplegables, de esas que se utilizan para la barbacoa de un domingo por la mañana y luego no se sabe dónde meterlas cuando se vuelve a casa. En un lateral había una mesa rectangular con bandejas de comida.

Los operarios de mantenimiento bajaban a las dos de la tarde. Las camareras de piso llegaban las últimas, a las tres y media, y cuando cogían la comida se encontraban las bandejas medio vacías, o vacías completamente. Solían comer ellas solas. Ese día estaban Idara, Andrea, Juana, Fátima, Osayi, Amaya, Tatiana, Lorena y Martina. Eran de varias nacionalidades. Laura era la única española, lo cual no significara que no se entendieran en castellano.

—¿Cómo ha ido el primer día sola? —preguntó Andrea a Idara.

—Bien, pero estoy cansada.

—Siempre estarás cansada —dijo Laura.

—Para lo que pagan —protestó Juana.

—No solo es eso. La jornada es de seis horas, pero llevamos más de seis. Ahora bajamos a comer y tenemos que terminar en menos de veinte minutos…

—Y yo fumo, Amaya. Tengo que comer en menos de quince.

—Ya, Juana.

—Perdona que os interrumpa —dijo Idara—. ¿Cuándo tardasteis en firmar el contrato?

—Tres meses —respondió Andrea.

—Es mucho.

—Sí, Idara.

—No es justo que curremos sin firmar el contrato —dijo Lorena.

—No. Nos dan de alta en la Seguridad Social y el contrato no lo vemos en meses. En su momento me putearon porque yo vivía con mis padres y quería vivir con mi novio. Tardé un huevo en poder alquilar porque no tenía el puto contrato.

—¿Y el de tu novio? —preguntó Fátima a Amaya.

—También tiene una mierda de trabajo.

—A mi marido lo han despedido. Ahora cobra del paro. Si no consigue curro alquilaremos una habitación, la del niño, y él dormirá con nosotros.

—Fátima, te pasa como a mí. Los viejos están en nuestros países y aquí nadie nos puede echar una mano. Este sueldo no ayuda, pero algo es algo. Tengo que aguantarlo como sea, a pesar de que nos traten como a una mierda —habló, por primera vez, Tatiana.

—Cobramos seis cientos treinta euros, con las pagas dobles prorrateadas, y las horas extras no nos la pagan. Cobraríamos más si fuéramos contratadas directamente por la empresa, pero somos subcontratas y así hacen lo que quieren con nosotras —dijo Martina.

—Eso pasa en todos los hoteles. Yo soy nueva aquí, pero he estado en otros, aunque no de cinco estrellas como este. Uno era de cuatro y allí, para limpiar una habitación, tardaba diez minutos si no estaba muy sucia. Pero aquí son tan grandes que hoy he tardado una hora en cada una. Y eso que estaban muy decentes, poco había que hacer…

—Yo llevo un año y tardo cuarenta minutos, más de una hora si hay mucha mierda —interrumpió Andrea.

La conversación finalizó por la aparición de la gobernanta. Solía comer con las empleadas, era insólito que ese día no lo hiciera. Nadie lo comentó e Idara sabía el motivo: ninguna se atrevía a hablar de la gobernanta ni a sus espaldas.

—Escuchad chicas —empezó a hablar con suavidad—. Llego tarde para comer porque he estado reunida con la empresa. Los de arriba han decidido que, a partir de mañana, no nos entrará la comida. Me incluye hasta a mí. Si queremos comer, a partir de mañana, tendremos que traer de casa lo que sea. Yo no estoy de acuerdo con esta decisión, pero no podemos hacer nada. La empresa dice que no le salen las cuentas. Además, vuestro contrato es de seis horas y la ley no obliga a que os den de comer. Solo nos afecta a nosotras. El hotel no tiene nada que ver. La empresa de mantenimiento, por poner un ejemplo, no dejará a sus operarios sin comer, solo la nuestra.

Se hizo el silencio durante varios segundos, que para Idara fueron interminables. Pensaba que tenía mala suerte, al sufrir los recortes de la empresa en su segunda jornada. Sabía que nadie reivindicaría sus derechos delante de la gobernanta, ya lo había vivido en sus trabajos anteriores. Las palabras duras que había escuchado antes de que llegara la gobernanta, no iban a pronunciarse de nuevo.

Idara también estaba callada, pero habló la niña, como en las anteriores ocasiones que la joven había vivido episodios similares. La intentó amordazar, porque había tenido problemas, incluso la habían despedido, por las palabras de la niña, aunque al final desistió, como siempre.

—¡Es más que injusto! —dijo indignada—. Llevo dos días aquí y ya he hecho tres horas más cada día, cuando en la entrevista me aseguraron que haría seis horas y limpiaría siete habitaciones. Pero es imposible limpiar siete en seis horas porque son muy grandes. Para colmo, ahora nos quieren dejar sin comer, y así tardaremos más porque no tendremos fuerzas.

—No me has escuchado, niña, he dicho que podemos traer la comida de casa —respondió la gobernanta.

—¡Claro! Una llega reventada a casa y tiene que cocinar para la cena de esa noche y la comida del día siguiente. Si no nos dan la comida, lo que tenemos que hacer es largarnos a nuestra hora. Si son seis horas, son seis horas. Y la ley obliga a la empresa a que tengamos un pequeño descanso. La habitación vale seis cientos euros por noche, nos merecemos cobrar más. Seguro que el hotel seguirá pagando a la empresa y esta se quedará con la pasta.

—Eso no es así. Podrás comer lo tuyo, pero rápido, porque la empresa se queja de que sois lentas. Esa es otra razón de por qué os la quita. Y tú, Idara, eres de las más lentas.

—Voy muy rápida para ser nueva.

—Más que currar, hablas rápido, niña. Si abres tanto la boca irás a la calle. Hay muchas que entrarán encantadas y con los labios cosidos —dijo la gobernanta.

—Eso sí que tiene gracia. No he firmado ni el contrato y ya quieres enviarme al paro. ¿Cuándo firmaré mi contrato?

—¿Qué te dijo la que te hizo la entrevista?

—Que esta semana vendría alguien de la empresa al hotel para que firmara.

—Ya… —Rio la gobernanta.

—¿Y para qué quieres el contrato? —preguntó Amaya con la misma indignación que cuando hablaba de su caso.

—Escucha, niña, ya estoy harta de esta conversación. Que sea la última vez, Idara, que traes a la cría al curro. Mira a tus compañeras, ninguna la ha traído. Yo estoy más cabreada. En mi contrato está escrito que me entra la comida y ahora no sé de qué coño me sirve. No te lo volveré a repetir: la próxima vez que traigas a la niña, aunque no monte una escenita, vas a la puta calle.

La niña, por fin, obedeció y se resignó como un adulto. Idara no acabó de comer y se fue a trabajar. No quería estar más en la meeting con la gobernanta.

Cuando estaba limpiando la quinta habitación se dio cuenta de que Osayi, que era su paisana, no había hablado ni antes ni después de la llegada de la jefa. Daba la impresión de que su compañera había escuchado el pensamiento, porque entró segundos después. Hablaron en el idioma de ambas, el edo.

—Me ha dicho la jefa que hagamos juntas una habitación, porque el cliente tiene el cartel de «no molestar» en la que me toca a mí.

—Supongo que las dos tendremos que hacer esa luego.

—Sí, paisana.

Idara hacía la cama y se encargaba del dormitorio y Osayi limpiaba el lavabo. Después de tanto trabajo, las sábanas pesaban como un muerto y la aspiradora costaba tanto de empujar como un mueble lleno de ropa. Para colmo, no había propina. Idara acabó antes que su compañera y fue a hablar con ella.

Entonces vio a su paisana hablar con su niña. Osayi le decía que ya quedaba poco para irse de ahí y le agradecía que se hubiera escondido cuando la niña de Idara salió enfadada.

—A mí también me apetecía —respondió la niña.

—Sí, pero tú no eres una mimada como la niña de Idara. Se ve con claridad que mi paisana la permite cualquier capricho.

Osayi se extrañó cuando vio que se escondía de nuevo. Se giró y vio a su compañera con cara de pocos amigos. Le pidió disculpas. Idara, tras pensarlo unos segundos, las aceptó. Esta última pensaba que no valía la pena enojarse por cualquier acto hipócrita de quien fuera. Por esa misma lógica no dijo nada a Amaya, no valía la pena ni comentarlo.

—Así que te vas de aquí. ¿Lo sabe la gobernanta?

—No, paisana. Mañana lo sabrá.

—Pero mañana no vienes.

—No. Estoy harta de estar aquí. Tú deberías hacer lo mismo.

—¿Por qué? —preguntó Idara con curiosidad.

—Porque tú no necesitas estas cuatro perras como nosotras. Tú tienes más suerte. Lo constaste ayer. Eres una negra afortunada.

—Me enamoré del hombre adecuado.

—Sí, paisana, un español que trabaja en una fábrica y que cobra mucho más que nosotras. ¿Tanta falta os hacen estos seiscientos euros?

—Osayi, ¿acaso no recuerdas que te dije que tenemos dos hijos? Tú sabes que mantenerlos es muy caro. Queremos que vayan a buenos colegios y eso solo es posible pagando. Con el sueldo de mi marido no llega para todo. Podemos pagar los estudios y las actividades extraescolares con el dinero que yo gano.

—Ya, te entiendo. Yo no puedo hacer ni eso. Mi marido curra también en una empresa de limpieza. Él está bien porque limpia en una fábrica. Gana más que yo, pero no llega a los mil euros. No pasamos hambre, pero la vida es muy cara. Además, enviamos dinero a la familia que vive en Nigeria.

—Esa es otra razón por la que trabajo —dijo Idara—. He enviado currículums a empresas como las de tu marido, pero no me llaman.

—A mí tampoco y eso que él trabaja allí.

—Entonces, ¿no seguirás currando?

—Sí, he conseguido otro. Voy a limpiar la concejalía de mi barrio. El horario es de seis a diez de la mañana. Ganaré poco más de trescientos euros, más dos pagas dobles. Pero lo más importante es que hay mucha menos faena.

—Me alegro —dijo Idara.

—Gracias. Espero que tengas suerte y encuentres algo mejor. Si sigues en este mundo te abandonará la niña como a las demás. Ya has visto cómo están de amargadas.

—Sí. La verdad es que pensaba que a ti también te había pasado.

—Pues lo ha intentado más de una vez, pero yo la detengo. No quiero acabar como esas desgraciadas, aunque tampoco es bueno mimarla como tú haces, paisana.

—¿Por qué?

—Porque seguro que ya te ha metido en algún problema y lo seguirá haciendo. Aprende a controlarla. Ella tiene que aprender que no puede quejarse por mucha razón que tenga. Tiene que ser falsa como un adulto aquí dentro, para jugar como una niña afuera.

—Sí. Se lo he dicho muchas veces, Osayi, pero no me hace caso.

—No te impones, Idara. A veces hay que ser dura, aunque no te guste…

—¡Estáis aquí, dándole a la lengua, sin hacer nada! —gritó la gobernanta, que acababa de entrar al lavabo buscando a Idara —. Vamos, Idara, a ver qué coño has hecho. Osayi, acaba de una maldita vez.

Osayi no la miró y continuó limpiando. Idara siguió a la gobernanta, que miró con lupa la habitación.

—Ajá. Ven, Idara, mira esto.

Era la mininevera. Había una botella pequeña de whisky rellenada con agua. Había pasado el trapo al frigorífico, pero estaba tan cansada que no se había percatado del engaño del cliente.

—No te puedes fiar de los clientes por mucho dinero que tengan, aunque esto sea un hotel de cinco estrellas —gritó la gobernanta.

—Sí, lo siento.

—No me sirven tus excusas ni que hables ahora tan bajo. Lo has hecho muy mal, tienes que espabilar, pero, para que veas que soy buena persona, te voy a dar otra oportunidad. Eso sí, vas a la puta calle como vuelvas a no acabar tu faena y encima estés hablando con una compañera, ¿entiendes?

Idara no respondió y la niña tampoco. Al cabo de cinco minutos, Idara y Osayi estaban limpiando otra habitación. Al finalizar, la gobernanta supervisaba el trabajo, sobre todo el de Idara.

—¡Oye, tú! ¡Ven! —gritó la gobernanta a Idara.

—¿Qué pasa?

—Mira esto.

—No veo nada.

—¡No es que esté mal la habitación!

—No entiendo.

—Estás recogiendo el carro para irte.

—Sí. Ayer me dijo la supervisora que, al ser el primer día que estaba sola, haría seis habitaciones.

—Lo siento, pero tienes que hacer otra.

—¿Qué?

—Sí, la de un cliente que se acaba de ir. Aquí hay que limpiarlas todas, da igual la hora, los clientes pagan mucho. Tú tienes que hacer siete.

—Ya no puedo más…

—Lo siento.

—Son las cinco y media de la tarde, no terminaré hasta las seis y media por lo menos, y luego tengo que preparar el carro para mañana.

—Así aprenderás. Idara.

—Quiero ver a mis hijos.

—Es lo que hay.

Idara se quedó, se despidió de Osayi y se desearon suerte. Nunca había visto tan sucia una habitación. Había excrementos esparcidos por el suelo del lavabo, semen en la mesa, el suelo estaba pegajoso por el alcohol y la nevera olía fatal. Idara la abrió y casi vomita al ver, precisamente, un vómito del cliente.

Empezó, aunque ya no tenía fuerzas. Tardó una hora y media. Durante ese tiempo, vio que sus compañeras se despedían. Laura le comentó que esa pocilga era para Juana, pero se había quejado a la gobernanta, que al verla, le dijo que no la hiciera porque era para Idara.

El hedor del lavabo eran unas manos que la estrangulaban. El espejo limpio reflejaba a una joven con la cara de una anciana cansada. Tuvo que fregar el suelo dos veces y el agua del cubo tenía color de excremento. Aspiraba la terraza y el viento enfurecido la fustigaba como si fuera una esclava. No había propina, pero eso ya no importaba.

Cuando acabó, a las siete de la tarde, la gobernanta supervisó todo y reconoció que había hecho una buena labor con tanta basura como había. Y, lo más importante, no había ni rastro de la niña.

—A mí también me joden los cerdos como este último cliente. Yo me he quedado contigo.

—Sí —dijo Idara. Pero la niña pensaba por dentro que ella no trabajaba, solo mandaba.

—No he visto a la niña desde que hemos discutido, muy bien. He sido dura contigo para que no vuelvan a despedirte como en las empresas anteriores. A mí no me gusta, pero es lo que hay.

—Gracias. —Aunque la niña creía que todo era mentira. Su tono de voz era el de la satisfacción de un sádico tras humillar a su víctima.

—Aún eres lenta trabajando. Mañana trae un bocata, así comerás rápido y tendrás más tiempo.

—De acuerdo —afirmó, aunque la niña decía, en voz muy baja, que así la explotarían más.

—Muy bien, te puedes ir, para que veas que no soy tan hija de puta. Mañana ven antes y así puedes rellenar tu carro. Hasta mañana.

—Gracias, hasta mañana. —La niña no dijo nada, porque le parecía inútil.

A las ocho menos cuarto de la tarde, Idara estaba sentada con su niña en el andén de una estación de metro.

—Estoy muy orgullosa de ti, mi niña. Te has portado como una persona adulta.

—Estoy triste.

—Y yo cansada, pero no podemos hacer nada. Estamos solas ante el peligro.

—Nunca te voy a abandonar. Perdona si me he portado mal.

—No tengo nada que perdonarte, mi niña. Son ellas las que están equivocadas, pero son las que mandan. Yo solo espero que no me dejes. Ten paciencia, hay vida después del trabajo, aunque sea una hora, aunque solo sean cinco minutos para jugar contigo y mis hijos. No voy a separarme de ti y voy a cuidarte para que no te separes de mí.

Idara abrazó con una sonrisa a la niña, celebrando que seguir juntas era una victoria para ambas.

 

L`Hospitalet de Llobregat. Lunes 1 de mayo de 2017.

5 comentarios en “Esconde a la niña

Deja tu comentario, así nos haces grande

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.

A %d blogueros les gusta esto: