EL TELEVISOR

EL TELEVISOR

 

 

Vimos televisión por primera vez en casa de Augusto, cuyo papá tenía un telescopio en la azotea de su casa que estaba sobre el malecón. Íbamos en grupo “a ver televisión” porque en ninguna de nuestras casas existía un aparato para hacerlo.  Era verano y la hermana de Augusto, Amalia, tenía una blusa blanca estampada con recortes de diario en color negro: nítido el recuerdo.

 

Luego de un tiempo llegó a casa una caja grande de donde desembalaron, cuidadosamente, un flamante televisor marca “Saba” de sobremesa y 21 pulgadas, comprado al crédito en Compañía de Representaciones Arequipa –CARSA- .

 

Fue colocado al fondo de la “sala grande” y se acomodaron los sillones de brazos, tapizados con tela color concho de vino con dibujos sutiles de flores, a lo que en ése entonces era la distancia reglamentaria para ver televisión: lo bastante lejos como para que el brillo de la pantalla y la, de seguro existente y peligrosa, radiación “no dañaran a los ojos”.

Por suerte, el “Saba”  tenía un control remoto que era una cajita rectangular unida al televisor por un largo y ancho cable con el que se podía controlar el brillo, el volumen y el contraste girando los respectivos botones. Para cambiar de canal uno tenía que caminar hasta el aparato y girar el dial que quedaba al lado derecho. Felizmente sólo existían los canales 4 y 5 o sea que no eran muchas las opciones, el caminar era poco y además la magia se extendía a los comerciales y a lo que ésa época se llamaba el “patrón de sintonía”.

 

El televisor nunca se encendía antes de las 5 de la tarde en vacaciones y nos acomodábamos los amigos allí, para disfrutar de una matinée inolvidable con “Papá lo sabe todo”, “Los Lanceros de Bengala”, “Jim de la Selva” y otras increíbles series. A veces hasta pop corn había, si podíamos ganar la benevolencia de María o  Alejandrina que lo preparaban y se sentaban detrás, muy quietas para ser partícipes de la función.

 

A veces me quedaba solo y  colocaba la nuca en el asiento del sillón y veía los programas con el cuerpo estirado y los pies puestos en el suelo: extraña posición que me parecía comodísima y que a mi madre horrorizaba.

Mi casa también se convirtió en el “centro” para ver televisión, donde venían los amigos y a veces las sobrinas de Lucho que tenían nuestra edad. A cierta hora se acomodaba mi madre y luego mi  padre: era la hora de dejar el televisor e irse a otro lado.

 

Finalmente, después de la comida, se volvía, ya en familia, para ver algún programa “nocturno” que generalmente compartíamos mi padre y yo, hasta que mi hermano llegaba y nos acompañaba.

 

El “Saba” en blanco y negro  fue nuestro televisor por muchos años. Se mudó con nosotros a la casa de 28 de Julio y allí se instaló en el comedor, sobre una mesita metálica ad hoc, frente a la mesa que era extensible, cubierta con un mantel de hule a cuadritos y a un sillón verde reclinable comprado en Sears por mi madre, para que mi padre se sentara y descansara. Al principio almuerzos y comidas eran sagrados, pero “El Panamericano” con Raúl Ferro Colton y “El Show de la Una” vencieron las resistencias, así como “Scala Regala” y “La Pareja 6”. El aparato terminó formando parte del paisaje auditivo del comedor, junto con el canario.

Finalmente el control remoto dejó de funcionar, pero ya no había que recorrer tanta distancia para llegar hasta el televisor, porque la esta era menor y se había perdido el miedo al probable daño ocular.

 

Recuerdo que alguna vez anunciaron la venta de televisión en colores: en las galerías Gallos Mogollón del centro de Lima, vendían lo que, según decían los avisos, permitiría ver esta nueva maravilla que hacía tiempo daba vueltas por USA y Europa.  Fuimos a ver el portento y resultó ser una placa de plástico duro y transparente con rayas anchas de colores para sobreponer a la pantalla. Ésa era la “televisión en colores”, lo que nos dice que el ingenio local siempre estuvo a la par de la tecnología.

 

La televisión marcó una época para mí, como para todos los de mi generación: una época en la que aún se pedía permiso para salir, se cedía el asiento en los ómnibus y se saludaba a las personas mayores al llegar y al irse.

 

Ésa época llegó a mi casa con una caja de madera lustrosa con dos parlantes internos, control remoto y pantalla de 21 pulgadas en blanco y negro, fabricada en Alemania y vendida por una compañía arequipeña, o sea de confianza.

 

 

 

Imagen: Antena aérea para televisor, circa 1960; ticblog2010.blogspot.com

Manolo Echegaray (Lima, Perú)
Publicista desde 1969; profesor en 8 universidades e institutos de educación superior en el Perú y 1 en Bolivia (Técnicas de razonamiento creativo, Estrategia publicitaria, Comunicación intercultural, Comunicación de gobierno); cerca de 16,000 ex alumnos; publicidad para 2 campañas presidenciales (Perú); asesor de comunicación de una Presidencia de la República y seis ministros de Estado; escenógrafo, sonidista, actor y diseñador de vestuario de teatro; artista gráfico; escritor a ratos. 70 años.

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