RELATOS

EL ROMANÍ

El romaní
No era más que uno de esos clubes nocturnos en los que, previo pago, unas mujeres semidesnudas te enseñan a entrar en la dimensión de los hombres, pero éste tenía éxito. Mucho éxito. Incluso me atrevería a decir que tenía un éxito excesivo, un éxito enfermizo. Una llamada delirante que movía colas kilométricas de vehículos. Un contraste de vida que el peor de los sociólogos habría etiquetado de éxodo acudía cada noche hasta sus puertas. La vida misma en proceso cíclico de regeneración psicológica. Una ventana en la que podía verse renovada la vieja cara de un perro octogenario, el filamento de una película surrealista que acababa en sonrisa de satisfacción. Esa situación se repetía noche tras noche, velos tras velos, carne tras carne en el interior de la Sala de Congresos de las prosticultas del Romaní. ¡Qué sandez!, pagar por culturizarse, pero todos repetían. Los más tímidos a través de Internet. Estos eran los peores, solían bloquear el servicio durante varios minutos cada jornada, y todo por una rápida masturbación de 900 páginas. Pero, sin lugar a dudas, los peores clientes para la red y su ágil funcionamiento eran profesores de metafísica, hombrecillos delgados y encorvados que pagaban cantidades astronómicas de euros con la finalidad de ampliar sus conocimientos argumentales de lógica sobre la no existencia de dios en un 10 % ; a menudo, tan escuálidos personajes, enjutos e impotentes ante la amplia gama de teoría que la ciencia del saber les permitía absorber, acababan suicidándose antes de cerrar la conexión, para aumentar el dolor de cabeza de sus prostiaseguradores y hacer más patente la ya de por sí elevada tasa de irritabilidad entre los grandes accionistas de empresas asociadas – “El Saber no ocupa lugar, pero sí tiempo” y “Sólo sé que no sé nada, pero no sé que puedo saberlo todo” eran los eslóganes de dos de las más importantes y competitivas -.
Con todo, la red de prosticulturización funcionaba a una velocidad asombrosa y el servicio de atención al público era considerado de una reputación cuanto menos intachable. Sólo en horas punta de la noche surgían algunos problemas de retención con libros de moda, best-sellers y el siempre presente mercado negro de la traducción, si bien el tráfico clandestino de traducciones de Bíblia, aunque molestia, no alcanzaba todavía el rango de quebradero de cabeza para los directivos del Centro Prosticultural del Romaní.
Mi primera masturbación cultural fue con el Quijote. Cuando recuerdo la experiencia, lo hago con el título de inolvidable. En un espacio de 20 minutos me había leído dos veces la obra entera de Cervantes, una densa calma humedecía mi entrepierna y un sudor satisfactorio, perfilado de triunfo, dibujaba con exactitud la línea curva de mi nariz. La sensación había sido indescriptiblemente preciosa: mezclas de sexo y cultura, fusiones de blancos y negros… orgasmos de Dulcinea a 600 Terahercios.

El Búho Emoticon

 

 

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