Sesión de justicia

 

Todos de pie esperaban la entrada del gran Dios al salón, así comenzaría la sesión. Al escuchar el fuerte golpe del mazo, se sentaron para prestar atención al primer solicitante de justicia:

—Tsuki-Yomi, la Luna del Japón —Se presentó reverenciándose al estilo nipón.

—Diga su problema —expresó el que fungía como ayudante de la corte.

—Es la discordia que tengo con Amaterasu, que no me deja alcanzarlo en el cielo por haber matado a Uke Mochi, la diosa de los alimentos.

Unos segundos pensó el gran Dios para decirle a Tsuki-Yomi que su argumento sería revisado y que saliera para dar paso al siguiente caso de la sesión. Entonces, caminando muy despacio entró una anciana.

—Mawu —expresó muy bajo—, Diosa suprema y Luna de los Fon de Abomey…

—¿Qué le ocurre? —La interrumpió el ayudante.

—Yo quiero acusar a Da, la serpiente; ella se jacta de habernos ayudado, a mi pareja y a mi, cuando creamos el mundo y…

—También analizaremos eso. ¡El siguiente! —Lentamente se retiró la Luna de los Fon.

—Yo me llamo Rona, la hija del dios Tangaroa y también quiero inculpar a la Luna de los Maori por haber oscurecido el camino a mi casa y robar el cubo de agua que llevaba a mis hijos. Ahora, siempre que necesito agua debo ir a la Luna y ella me obliga a rociar un poco de mi agua sobre los hombres. Según dice, para que ellos noten la lluvia.

—Es el caso más interesante; continúa —la incentivó el Gran Dios.

—Y no queda ahí, mi marido subió a reclamarme y esa Luna nos ha dejado discutiendo eternamente para justificar, dice ella,  los cambios de mareas en los océanos.

—¡Vaya Luna! —exclamó el gran Dios—. ¡Ya me enamoraba de su belleza nocturna!

Y golpeó duro con el mazo dando por concluida la sesión.

Lo que pudo haber sido y no fue.

Aquella tarde iba con prisas, como casi siempre. Llegó a las puertas de la tienda de ropa y se paro a que estas se abrieran, entró decidido, sabía a lo que iba y quería perder el menor tiempo posible. Una de las dependientas que estaba colocando ropa cerca de la puerta le saludo educadamente y el correspondió a su saludo. Se dirigió al final del establecimiento a la sección de ropa y accesorios deportivos. Cogió varías prendas de su talla que le gustaron y se dirigió hacía la caja. En el pasillo central volvió a ver a la dependienta de la entrada y cruzaron una sonrisa como si se conocieran de antes. Él llegó a la caja y espero su turno para que la cajera le cobrara, cuando le toco, pago el importe que le solicito la empleada a la vez que guardaba la ropa en una bolsa de plástico. Recogió su cambio y se dispuso a salir por las puertas cuando la alarma antirrobo comenzó a sonar, se quedo parado y se volvió a la cajera preguntándose — ¿si lo he pagado porqué suena?— alguien le agarro la bolsa y le dijo. —Disculpe un momento—. Al mirar vio a la dependienta del principio que había vuelto a las estanterías donde estaba cuando entro.

  • Sí claro. ¿Voy a ir a la cárcel por esto? —le pregunto un poco en broma.
  • No lo creo señor —dijo la chica— a mi compañera se le ha debido saltar alguna de las alarmas y por eso le ha pitado.

Mientras la dependienta buscaba en la bolsa entre la ropa, él no podía quitarla los ojos de encima, era una chica morena de un metro setenta aproximadamente y con una nariz muy bonita, sus ojos eran color café, y la sonrisa ahora que la veía de cerca le dibujaban unos hoyuelos en las mejillas. Al cabo de unos pocos minutos, muy pocos le pareció a él, ella le devolvió la bolsa.

  • Ya esta — le dijo la muchacha enseñándole un aparatito que parecía un botón— disculpe las molestias señor.
  • No hay nada que disculpar, aunque parezca raro ha sido un momento agradable —le contesto él sonriéndola—lástima que las circunstancias no sean otras.
  • Sí. Es una pena —dijo ella mostrándose de nuevo los hoyuelos.

Él le pidió el bolígrafo que llevaba ella en el bolsillo de la camiseta y en el dorso del ticket le escribió un numero, ella que lo vio le dijo.

  • ¿Pero esto lo necesita, por si tiene que devolver algo de lo que lleva?
  • Bueno, entonces tendrás que llamarme para devolvérmelo. ¿No crees? —le contesto él mientras se dirigía hacía la salida y sin nada que le impidiera ya salir.

Al cerrarse la puerta miro hacia el interior, y la sonrió de nuevo.



El duende de las tertulias

el duende de las tertulias

—Un rato más mami, un rato más.

De esa manera Adrián le respondía a su madre todos los días, cuando ella lo llamaba para el baño y para hacer las tareas de la escuela.

Adrián siempre era de los últimos muchachos en regresar a la casa, el juego con los amigos lo mantenía hechizado al máximo.

—Lee un poco esta tarde —le decía sin descanso la mamá, recibiendo una negativa constante de su hijo cada día.

— ¿Hoy tampoco vas a leer un rato? —Era la misma pregunta noche por noche. De ninguna manera ella lograba que su hijo abriera un libro.

¡Y cuánto le gustaba leer a ella!

—Estoy muy cansado mami, después que haga la tarea me voy a sentar un rato más en la acera, hasta tener un poco de sueño. Yo no voy a correr ni nada.

Una de las tarde-noche, en la tertulia conformada por los muchachos después del juego y el baño, todos advirtieron como se les acercaba un joven muy callado, quizás con un par de años más que la mayoría.

El «aparecido», cuando notó la mirada y el silencio del grupo no vaciló en hablar:

—Yo tengo un amigo que maneja la ballesta mejor que el Zorro —dijo esa frase de manera directa.

¡Se armó una tremenda! ¡La ballesta, la manzana en la cabeza! ¡La máscara del Zorro! Adrián discutió lo que pudo, él sabía que la ballesta era el arma de Guillermo Tell, pero no conocía bien la historia y se confundía al hablar.

Cuando llegó a la casa le pidió a su madre que le aclarara bien todo aquello.

—Tú mismo puedes leerla —respondió rápido la madre.




Al otro día Adrián, en la reunión de la tarde, estaba preparado para rebatir cualquier opinión falsa sobre el legendario personaje suizo que colocó la manzana en la cabeza de su hijo.

Pero el nuevo tertuliano tomó la delantera.

—No hay mejor corsario que Robin Hood —comentó.

¡Esta vez se formó más grande todavía!

Adrián llegó a la casa «exigiendo» a sus padres que le hablaran de dos personajes. ¿Quiénes eran Robin Hood y el Corsario Negro?

—Ahí están los libros. —El padre fue quien habló esta vez.

Entonces Adrián comenzó a entrar un poco más temprano todos los días; después de bañarse y hacer las tareas, tomaba algún libro entre sus manos, cualquiera. Tenía que contar algo nuevo en la charla del día siguiente, o al menos saber de quién se hablaba, para él poder participar en la conversación.

Una de las tarde no llegó el nuevo amigo que había aparecido de la nada, y ellos que no sabían ni siquiera su nombre.

Ninguno de los muchachos se decidía a comenzar la charla diaria. Y el silencio se mantenía.

La incertidumbre general fue interrumpida por Adrián, que les contó de Sanjuro, un antiguo samurái que se convirtió en ronin para ayudar a los campesinos pobres en el Japón feudal del siglo XIX.

El duende de las tertulias infantiles había cumplido su propósito, y se marchó satisfecho en busca de otros adolescentes necesitados de la lectura.

 

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