Nunca había conseguido olvidar aquel inefable momento, aquel día en que los planetas se alinearon a su favor y por primera vez se conocieron en persona. Los hados convirtieron la nieve en dulce algodón, el cielo se abrió dando paso a un firmamento espectacular con  luminosos rayos de sol que calentaban el frío atardecer de aquel crudo invierno.

El encuentro fue impactante para los dos, ambos quedaron quietos frente a frente, buceando en sus miradas con una ternura indescriptible. Se fundieron en un abrazo largo y cálido en el que sus cuerpos quedaron envueltos en lo que pareció un instante eterno expresando la emoción del encuentro, en silencio, sin palabras, uniendo el latir de sus corazones en un mismo latido en el que, sus almas se reconocieron. Caminaron con las manos entrelazadas, con la mirada relajada, la sonrisa en los ojos que, ávidos se buscaban en un lenguaje cómplice  en el que no hacían falta palabras, devorando los segundos que grabados quedaron en la memoria del tiempo perpetuando el instante en el que los planetas se alinearon y los hados propiciaron el reencuentro de las almas que en todos los tiempos anduvieron errantes.

 

@Marina Collado