EL PAVERO

 

 

Barranco en mi infancia está lleno de personajes inolvidables: Cucaracha, El Negro Camote,  Don Rodríguez, Pluto, El Embajador del Verano y tantos otros de entre los que rescato ahora al Pavero.

 

No muy alto, colorado de rostro, de barba crecida, con el pelo gris ensortijado y despeinado siempre,  el vendedor ambulante de pavos –El Pavero-  caminaba arrastrando los pies bajo el peso de su carga viva de pavos en venta. No tenía una estacionalidad definida o yo no relacionaba las fechas en las que se comía pavo, pero estoy seguro que aparecía sin ningún estudio de época-oferta-demanda.

 

Lo escuchaba pregonar: “Paaaavo, qué rico mi paaaavoooo, qué bueno mi paaaavoooo… Qué buena pavita… Paverooooo…,  paveeroooo…”  y desde donde estuviera, yo corría hacia la ventana del escritorio que me permitía ver la calle Ayacucho hasta “el pastito”, un pequeño parque que  tenía frentes a la calle San Martín y a la misma Ayacucho, donde hoy está la municipalidad del distrito.

 

Corría para ver venir al Pavero cargado con sus aves negras acomodadas de tal forma que parecían una especie de abrigo-mochila vivo que se dejaba llevar puesto mansamente y cloqueaba de vez en cuando. No tocaba timbres ni puertas. Solamente llamaba con su potente voz, poniéndose especialmente colorado al emitir su pregón.

 

Más de una vez en casa se le compró un pavo. Los vendía vivos y nunca supe cuánto costaban. Sólo que él y sus aves eran parte de la vida de mi calle, como el vendedor de carbón que llevaba en sacos de yute, el kerosenero y sus latas en triciclo, el afilador con caramillo y su rueda incansable accionada a pedal y Don José, el periodiquero.

 

Cuando se compraba un pavo, este iba a ser engordado en el sótano. Allí, en ese espacio múltiple de cocina, paseaba libre y comía esperando como un condenado del pasillo de la muerte, el día, llegada la fecha especial, en que le darían pisco y beneficiarían para ser horneado.

 

Confieso que siempre sentí lástima por estos animales cuyo destino era la mesa y recorrían el balneario siendo ofrecidos como carne exquisita. La pena suficiente para que –a pesar de comerlo sin muchas ganas- recuerde cada vez que lo sirven el pregón del Pavero, el sonido de sus alpargatas arrastradas por la calle y el suave cloqueo de los condenados que inocentes, daban su último paseo.

 

“¿Te sirvo un sanguchito de pavo?”

 

 

Imagen: losmuertosdeconi.blogspot.com

 

 

 

Manolo Echegaray (Lima, Perú)
Publicista desde 1969; profesor en 8 universidades e institutos de educación superior en el Perú y 1 en Bolivia (Técnicas de razonamiento creativo, Estrategia publicitaria, Comunicación intercultural, Comunicación de gobierno); cerca de 16,000 ex alumnos; publicidad para 2 campañas presidenciales (Perú); asesor de comunicación de una Presidencia de la República y seis ministros de Estado; escenógrafo, sonidista, actor y diseñador de vestuario de teatro; artista gráfico; escritor a ratos. 70 años.

2 comentarios en “EL PAVERO”

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