Huele a pasado

A aquel pasado en el que ella habitaba aún su cuerpo.

Dentro de este viejo baúl, aún se encuentra su olor a jazmines, al café e las mañanas y a la comida al estilo antiguo que preparaba cada día.

Huele al aroma de las telas de encaje y los listones azul pálido que recorrían la estela brillante de sus cabellos mientras la miraba altiva frente al espejo; a las místicas velas que cada noche encendía en honor a sus propios ancestros.

Hoy ha llegado el recuerdo, mientras voy sacando una a una las piezas de su alma confinadas por años entre las paredes de sándalo del viejo baúl que esperaba con ansias ser abierto, después de casi cincuenta años.

Es ella, en esa foto sepia, en esa nota escrita a mano, en cada sello de color plasmado en pequeños papeles.

Con su mirada tan parecida a la mía, con esos ojos oscuros que penetraban el alma de quien la veía de frente; y su sonrisa abierta y franca que, a veces la ponía fuera de la época recatada en la que vivía.

Inhalo lentamente cada aroma que sale de aquí llevándolo hasta lo más profundo, hasta ahí en donde se pegue a mis recuerdos para nunca abandonarme como lo hizo ella la mañana de su último aliento.

Quiero quedarme con la gracia dulce del pañuelo bordado con violetas, con las letras poéticas que quedaron en tantas cartas escritas al amor que nunca regresó en su búsqueda.

No se aún si me están matando los recuerdos, o si al final me llenan de vida; pero no pretendo detener la aventura de ir sacando una a una las piezas guardadas en este viejo guardián de los recuerdos, en donde, parece que hubieran estado esperando justo por mí, para ver de nuevo la luz; una luz en la que ya no se encuentra ella y en su lugar estoy yo.

Hace casi medio siglo que ella no está.

Recuerdo sus últimas palabras, su última mirada y hasta la última taza de chocolate que bebí con ella mientras me narraba sus historias haciéndome sentir casi protagonista de ellas.

Huele a recuerdo; huele a los viajes en carreta, a los días de campo y a las notas de la vieja pianola con su necedad de tocar aquel rítmico couplé.

-¿Cabe una vida entera en un “guarda recuerdos”? – En realidad no.

Caben muchas vidas; la suya, la mía y la de todos los que la vieron andar derecha, altiva y brillante mientras su corazón lloraba ocaso tras ocaso, esperando secretamente por aquello que perdió.

Cuánta vida, después de la vida, puede guardar un simple baúl de sándalo.

Cuánta vida puede ofrecer al saciar con el aroma de los recuerdos a un alma silenciosa, callada y tan semejante a la suya que soy yo.