NOVELAS POR CAPITULOS

El misterio de la sala de repografía

Hoy me lanzo a compartir lo que espero sea algún día una novela como dios manda. Con todas las de la ley. Una novela hecha y derecha. 

Supongo que os vais haciendo a la idea. Y si no, pues vaya usted a saber.

«El misterio de la sala de repografía» nace de mi anti-natural obsesión con la figura, nunca suficientemente denostada, del soliloquio. Pretende, eso creo, ayudar a la persona que decida embarcarse en su lectura en lo que vulgarmente conocemos como «un ratico la mar de agradable». Yo, por mi parte, porque carezco de otra, me lo paso bastante bien jugueteando con la mente enferma de mis personajes hechos, no podría ser de otra manera, a mi imagen y semejanza. Y esta imagen y semejanza se va desdibujando a medida que las páginas pasan, los dedos empiezan a doler y las risas se me amontonan. ¿Cómo puede ser esto así? Muy sencillo. Esa imagen y semejanza choca, violentamente incluso, con mi propia visión del mundo y, lo que es aún mejor, la visión del mundo propia de los demás. Como mi visión de la visión del mundo es parcial, subjetiva y un poco absurda, el resultado consigue hacerme, como mínimo, sonreír. 

En fin, ante de que empiece a marearme con tanta visión de la visión de la visión, aquí os dejo la primera parte del primer capítulo de

 

 

EL MISTERIO DE LA SALA DE REPOGRAFÍA

 

Cuando empecé a escribir. Un momento. ¿Cuándo empecé a escribir?

Da igual. Arena de otro costal. Y tal.

Cuando empecé a escribir de una manera más sistemática que cuando empecé a escribir, ya me meteré en el cuándo en otro momento, escuché una vocecilla que me decía algo así cómo, dos puntos, comillas

     PERO VAMOS A VER, ALMA CÁNTARO, TÚ, CUANDO ESCRIBES

y ahí estuve a punto de colarle de rondó a la vocecilla de marras una tilde mal-intencionada

     CALLA, HOMBRE.

y, no podía ser de otra manera, la vocecilla percató se

     TÚ, CUÁNDO ESCRIBES.

Sonreí. En el fragor del monólogo a dos voces, la tilde había llegado a buen puerto.

     VAMOS, QUE TÚ PARA QUÉ COÑO ESCRIBES.

Y, no podía ser de otra manera, tuve que agradecer a la vocecilla que introdujera altisonantes en su discurso porque, de otra manera no podía ser, ya andaba yo enmímismado con la posibilidad de que las percas tosieran, así como en las cualidades estéticas, reproductivas y nutricionales de los bichos bigotudos que habitan, entre otros, los estanques del Retiro y la Casa de Campo.

     ¡PERO DÍ ALGO, HOMBRE!

Ya me palmoteaba la vocecilla fervientemente mis castigadas espaldas. Castigadas por horas sentado frente al ordenador, horas de levantamiento de barra y años de malos hábitos. Y es que el hábito no hace al monje y, por mucho que quisiera hacer como que atendía, andaba yo en mis cosas. Que qué habrían hecho con las percas cuando vaciaron el Lago de la Casa de Campo. Que si cuándo pensaban rellenarlo de nuevo. Que si lo rellenarían con agua de arroyo con Solaneo de Fauno. Un sindiós. Vamos, cualquier cosa antes que lo normal.

     ¡CARPAS! ¡SON CARPAS! No son percas. ¡SON CARPAS!  ¡QUÉ ALIVIO, POR DIOS! Una cosa nada más: ¿tú crees que las tortugas con las que hemos ido colonizando parques y jardines se meriendan a las carpas? Si te digo la verdad, no sé qué bicho me parece más chungo a la hora de comerse lo que le echen. Vivo o muerto. Mineral, vegetal, indie o neo-liberal.

     Hombre, si te digo la verdad, yo creo que eres gilipollas.

     Muy bien dicho. Pero volvamos al tema que te ocupaba a ti y a una región despreciable de mi hipotálamo. ¿A qué te refieres con eso de “para qué”?

      Despreciable.

     ¡Muy bien! ¡MUY BIEN!

     Pues que digo que escribirás para que te lea alguien.

     Escribiré porque, lo que es hasta ahora, escribo, leo en la intimidad y después siempre me ducho.

Creo que ahí vi la luz. La pantalla de un dispositivo portátil, a la par que smart, retro-iluminaba el retro-local en el que consumía un retro-fresco de cola.

Vi la luz. Comprendí que la vocecilla correspondía a la de un viejo amigo con el que había salido a pasear, platicar y, puesto que vive en la periferia más lejana a la periferia de la ciudad, parquear su auto en público lot. Mandó me mi amigo a la mierda. Cambió me por un compromiso previo que, enseguida comprendí, aquella llamada había servido para establecer y/o sacarse de la manga y salió raudo por uno de los agujeros practicados en la fachada del local tan moderno como detestable en el que quedé yo. Triste, solo, como Fonseca. Pensando en empeñar una bota en el Monte de Piedad. En paz descanse.

Apliqué sin demora mi tarjeta de crédito a la pantalla, retro-iluminada, qué curioso, del muy horrible datáfono de entidad bancaria de nombre desconocido. En concreto, del Banco de.

Por dónde iba. Ah, sí. Pagué la cuenta, un poco demasiado actualizada en tiempos y cantidades para un local tan retro como aquel. Retro-alimenté la mala leche que empezaba a asaltarme, dejé un céntimo de propina, volví a recoger la moneda y escapé por la ventana del baño. Unisex. Y me dije a mí mismo que ya era casualidad que el excusado y yo tuviéramos tanto en común.

Por desgracia, el ventanuco daba a un patio. Interior. Como los de mi niñez. Por fortuna no se trataba de una segunda planta. Eso sería casi vivir al rojo. De modo que desandé lo andado, re-entré lo salido, me lavé un poco las heridas que me había hecho con los restos del ventanuco y volví al local. Ante la mirada atónita del camarero, un par de señoras que bebían bourbon y un mono de peluche que sostenía el fornido hombretón que las acompañaba. Andaba preguntándome por qué el hombretón aquel no se dignaba tirarme ni una mala mirada, nada, ni un beso robado ni un tenedor en la sien, cuando comprendí que me había roto los pantalones y andaba por la vida con media nalga al aire.

Agradecí ipso facto el púdico respeto del admirador del de los bigotes de la Village People, veneré las lascivas miradas de las dos señoras, que solo existían en mi castigada cerviz, miradas o señoras habrá de decidirlo vuecencia, que a estas alturas del relato ya ando un poco fatigado, y cogí la puerta. Después de soltarla, con un gesto elegante y delicado, pero sin faltar a mi proverbial firmeza, ni a nadie, dios me libre, me incorporé al tráfico urbano. Choqué contra la primera marquesina que pude encontrar, sonreí al señor que, envuelto en un trapo bicolor de grandes dimensiones murmuraba una dedicatoria del tipo “este país está lleno de desviados, vagos y maleantes os aplicaba a todos yo”, y seguí mi camino.

Sentí frío. Sentí frío y fui poeta. Eso lo dice alguien que, de verdad, es poeta. Yo solo lo digo.

Entonces vi la luz. Me llevé un susto de tres pares de mondongos al ver cómo la pernera derecha de mi pantalón se iluminaba.

Menos mal que una señora me sacó, un poco por los pelos, de mi error, mi trepidación y de otros lugares inmundos que ahora no vienen cuento. Me dijo, me dijo

     ¿USTED QUÉ ES, GILIPOLLAS? ¿ES QUE NO PIENSA COGERLO?

Asentí, un poco en señal de reconocimiento, que la señora se gastaba un vozarrón de pocero que para mí lo quisiera. O no, que los poceros también tienen sus inconvenientes. Sin ofender. Todo mi respeto al gremio.

Asentí un poco más. Así como diciendo que sí, que no me pegara, que yo cogería lo que la buena señora me dijera.

Y, por último, casi, miré al suelo, como diciendo

     Usted sabrá perdonarme, pero es que no sé qué es lo que tengo que coger. O pensar. O lo que usted quiera.

Miró al suelo. Luego miró a izquierda y derecha. Entonces lo comprendí. Todo. Bueno casi. Había decepcionado a la pobre mujer. Ya nada volvería a ser como antes. Lo nuestro había acabado, así, nada más empezar. Había nacido muerto, como la canción aquella del Blunt aquel. El que había estado en las fuerzas armadas, que es que ya aceptan a cualquiera. Sin ofender. Que lo he oído por ahí. Vaya por delante, una vez más, mi respeto para con el tal Blunt, el falsete bien explotado hasta el mismísimo tuétano, el pasteleo y las fuerzas. Sobre todo las fuerzas. Dónde va a parar.

Entonces, cuando creía que ya andaba todo perdido, la buena mujer, una santa, me echó mano al pantalón. No sé qué se me pasó por la cabeza. Lo sé, pero soy un hombre de bien, educado y más bien modoso. Por los menos por escrito. A veces. Se me pasó por la cabeza un no sé qué, que saqué lo mejor de mí, de mi yo interno, de mi yo más jodidillo. Estiré los brazos, cerré los ojos, puse así como morritos, volví a preguntarme por qué el de la YMCA no se había dignado mirarme, bribón, y me dejé llevar.

No se puede decir que me dejara llevar demasiado lejos. Enseguida me devolvió a la cruda realidad el golpe de móvil que la señora que obsequió en todo el morramen y, para rematar, que tampoco es que hiciera falta, cuánta desmesura, el rodillazo en plena cremallera que me hizo doblarme cual sauce llorón, que un buen par de lagrimones y algunos mocos se me escaparon y, ya que estaba allí, tan cerca del suelo, a la altura de su cintura de ella, deslizar el índice de mi derecha por la pantalla de mis esmarfón.

La señora ya andaba lejos. Sin duda satisfecha. Me había dado lo mío. No en el sentido más común pero sí en el más fiel a la verdad. Volví a volver a la realidad para recordar, o divina historia de la telefonía, que mi esmarfón no era tal. Y me dolió hacerlo. Así, a pelo. Para qué negarlo. A decir verdad, la vibración de mi Nokia, fóldabol me parece que es la palabra que el tipo que me lo vendió de segunda mano a precio de riñón empleó para cantar sus virtudes. Foldao, como yo, propietario, dorado y más feo que pegar a un padre. O a un desconocido con la parte de glúteo correspondiente al bolsillo derecho al aire. Desfoldé, miré a la pantallica y dejé me vencer por la evidencia. Y la evidencia atacaba, directo al corazón con su “llamada perdida”. Pues a ver que iba yo a hacer. Foldarme a las circunstancias. Y las circunstancias eran como sigue: fin de mes me había alcanzado cuando andaba yo por el veintitrés de los corrientes. Lo sabía. Vaya si lo sabía. Así me lo había hecho saber mi amigo, tenlos para esto, al abandonar el lugar de las consumiciones dejándome a mí, ahíto de amor por la humanidad y sin más que un céntimo de euro para dejar de propina y, de paso, comer lo que quedaba de mes.

Ya sabía yo quien me llamaba. O no. La verdad es que siempre he sido muy amigo de creer que sé lo que quiero creer. O, por decirlo de manera quizá, si cabe, más confusa, propenso a identificar la realidad que me circunda, inclusive la más lejana, con, cómo decirlo, lo que a mí se me ponga en las narices querer pensar en cada momento. Soy, eso me han dicho, un individuo de memoria prodigiosa, imaginación desbordada y desequilibrios tan marcados que obran maravillas y grandes destrozos al combinar las dos con las perspectivas de futuro. Me dije a mí mismo, que tampoco se puede decir que pasara nadie por allí en aquel preciso instante, que había sido mi amigo, recién abandonado, el que había marcado, con pulso trémulo, la im-presionante rutina de nueve teclas que conforma mi número. O conformaba, que ahora el número es otro, cosas del impago. Tampoco quiero andarme con precisiones; ni es amigo mío, ni le había yo, más bien viceversa, ni podría precisar nada que no fuera la cosa de que había conseguido sacar la función de identificación de llamada del monto total de la factura telefónica que hacía ya meses que no acababa de pagar.

Me hice el duro. No devolví la llamada. No tenía a quién ni, en el medio plazo, con qué. Moroso, no lo negaré. Pero manirroto no. Antes la muerte. Y, a la vista de que se me empezaba a necrosar el glúteo correspondiente al denim restante, me dispuse a volver a mi domicilio. Paré un taxi, eché a correr, dejando al conductor y los instintos asesinos que yo mismo acababa de regalarle y, minutos más tarde, entré a grandes zancadas en el porta de la casa de la que, algo tendría que ingeniar, estaban a punto de echarme. ¿Impago? ¿Escándalo público? No quisiera entrar en detalles. Ambos.

Y allí me quedé. Toda la noche. Y el día que vino después. Y así sucesivamente. Al tercer día, asombrado con la fidelidad con que se suceden los hechos que conforman la cadena de la vida, especialmente cuando no hace uno más que mirar por la ventana, ir y volver al cuarto de baño y, si la suerte es propicia, descubrir restos de otros tiempos en los que tenía lo necesario para ir a comprar, escuché un “eureka” que me hizo estremecer. Dinero. Eso es. Para ir a comprar hace falta, asaz de establecimientos del ramo y una llave, caso de estar la puerta del domicilio propia cerrada con tal herramienta, dinero.

Tuve que admitir que el estremecimiento lo causaba el hambre. Y el frío. O el frío y el hambre. Sin formalismos. También tuve que admitir, como de regalo, que el “eureka” lo había echado al ruedo yo mismo. Y, por último, tuve que admitir, oh, cuartos de soledad, o mustios colmados, que mi amiguete llevaba razón. Criatura.

     Escribo. Escribo. ¡QUÉ COÑO! ESCRIBO PARA QUE ALGUIEN ME LEA.

Y así, niños y niñas, mayestáticos, que no sé si andáis por ahí, lectores, ingratos. Perdón. Así es como comprendí que debía encontrar un trabajo, pagar mis deudas, comer algo y comprarme unos vaqueros. O, en su defecto, aprender a coser. Y, sobre todo, aprendí que empezar a enviar cositas a algún que otro certamen era el siguiente paso natural para alguien como yo. Alguien que se declaraba, por este orden, zumbado, sonado, carente del menor atractivo, para el resto de la humanidad, que servidor de usted sigue enamorado de sí mismo y, por encima de todo, escritor.

Y, como no soy de llevarme la contraria a mí mismo…

 

 

En fin, ahí queda eso. Espero que hayáis disfrutado, aunque solo sea un poquito. En un plano menos ambicioso, espero que hayáis encontrado motivación suficiente para, por lo menos, llegar hasta el final. En todo caso, gracias, incluso a quienes ni siquiera estén leyendo esta breve despedida.

La segunda parte del primer capítulo ante de que empiece a marearme con tanta visión de la visión de la visión, aquí os dejo la primera parte del primer capítulo de esta pequeña locura ya está en marcha. En todo caso, me encantaría que me echarais una mano con vuestras ideas, locuras y contribuciones más pasadas de rosca y, por ello, más cualificadas. Sería un placer ir dirigiendo al protagonista, y demás personajes, si los hubiere, en las direcciones a las que querráis apuntar.

La soledad del escritor no es poca cosa y si, como es el caso, el junta-letras anda un poco tocado del ala, ya ni te cuento. ¡Ayudadme! ¡Asistidme! ¡Saludadme si me veis por la calle! Sobre todo si voy con medio trasero al aire.

 

Carlos Bueno-León

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