NOVELAS POR CAPITULOS

El misterio de la sala de repografía

Vamos con la conclusión del primer capítulo de «El misterio de la sala de repografía».

Podéis, allá cada cual, acercaros a la primera parte aquí y, claro está, acá

Soliloquio a infinitas voces. Esquizofrenia cotidiana. Si puede ser, quiero ponerme pesado, algún que otro comentario al pie. Para esta locura en concreto, como para todas las demás, saber el efecto que provoca su lectura, ya sea orgásmico disfrute, vómitos o malestar general, es crucial para mí. Hala, ya me he puesto pesado. Sin más…

 

EL MISTERIO DE LA SALA DE REPOGRAFÍA

 

Y, como no soy de llevarme la contraria a mí mismo…

… admití la evidencia. Total, no había nadie más por allí. Y la evidencia admitida era como sigue.

     ¿Cómo sigue?

     ¡Coño ya con las voces! No ofenderse, pero es que esto ya cansa.

     Huele.

     También. Soy yo. No quería decir nada al respecto.

Total, que allí andábamos. Sentados. Una vez más. Y van ya n +1.

     Que tengo estudios. ¿No lo sabías?

En el bar. Una vez más. Que no somos santos, ni estamos en un altar. Que, como mucho, dejamos abierta la llave del gas y nos echamos a la calle. Lo mejor que podemos. Que no es demasiado. Y bajamos las escaleras. Como podemos. Lo que no deja de arrastrar un cierto grado de paradoja. Sobre todo teniendo en cuenta que ya nos habíamos echado a la calle anteriormente. Antes. Con anterioridad. Y alevosía. Pero que si quieres arroz. Volver a subir las escaleras, salir de los sótanos, todos, los sótanos y los nosotros, y a echarnos a la calle una vez más.

     Ya ni me acuerdo de la última vez que hiciste algo a la primera.

     Sería la primera.

Y mi amigo calla. Hombre sabio, culto y estudiado. Mi amigo. No son pocos los profesionales de todo ramo y condición que lo han estudiado. Desde la zoología hasta la numismática. Le han estudiado desde todas las perspectivas excluyendo, paradojas de la vida, la humanista. Sí. La que surge de la combinación temperada de todas y cada una. Paradojas.

     Eso ya lo has dicho.

     Lo sé. Lo sé. Lo sé. Lo sé por muchas razones. Lo sé de muchas maneras. Lo sé, casi casi sobre todo, porque soy yo quien lo ha dicho.

     ¡Pedante!

     ¡Gilipollas!

     

     Las tornas.

     Las ganas. ¡Dónde vas triste de ti!

Seguíamos allí. En el bar. Mi amigo seguía teniendo trabajo, dinero en el banco y, aproximadamente, cero por ciento en lo tocante a ganas y/o intención de abonar nuestras consumiciones. Yo seguía teniendo, aproximadamente, exactamente lo contrario a lo que poseía él. A este fracatán de posesiones terrenales sumaba yo un natural más lento que el de mi amigo. Y que el camarero. Y que el resto de la humanidad. Seguía teniendo unos vaqueros rotos, un glúteo al borde del público escarnio y más sed que el que se perdió en la isla.

     Fracatán.

     Chispún. Voy a por otra. Invito yo.

     Los cojones.

     Como tú digas, cariño.

Y allí me quedé, una vez más. Viendo cómo mi amigo pedía otros dos on the rocks sin hielo, los apuraba de sendos tragos y salía por la puerta sin decir ni “esta boca es mía”.

Elogié, creo que en voz alta, la elegancia de mi amigo. Y mi natural benevolencia, sabrá dios, o lo que es lo mismo, Eric Clapton, por qué, me devolvió al mundo de voces en el que paso el cien por cien de las veinticuatro horas que tiene cada uno de los días que escucho voces. Que son todos.

     Es usted muy amable.

Y usted muy mayor. Por lo menos para mí. Y para el mundo. Y para el carbono que sigue, encorajinado, al trece. Eso pensé. O dije para mí. O en voz alta. No sé. En todo caso, estaba claro que la señora, que bien podría ser la misma que un par de días atrás se había dirigido a mí con el cariñoso: “¿Usted qué es, gilipollas?”, llevaba un rato sin escucharme.

      Muy amable. ¿Podría usted soltarme la mano?

      Podría.

      ¡Que me suelte ya, coooño!

      Como tú digas, cariño. Voy a por otra, invito yo. ¡Que me gusta a mí un hombre con carácter!

Ni preguntarme quise por el asombroso parecido entre los discursos respectivos de mi amigo, el tránsfuga, el prófugo, el cabrón con pintas que no ha pagado ni una sola copa desde el principio de los tiempos y la señora aquella, la que ante-el-otro-día me llamaba gilipollas y ahora pretendía aplicarme una severa tres-catorce. O no. Deseé con todas mis fuerzas que fuera que no. A punto estuve de ponerme a llora. La verdad es que confío poco en las fuerzas que llevo mermando desde el principio de los tiempos.

Ni preguntarme quise por el asombroso parecido entre mi actitud, pensamiento y facha y la del amigo fugado porque, para mi asombro, la señora volvía con tres vasos de irlandés, lo que equivalía a un total de cero hielos, y un pañuelo horroroso, de flores, con el que, así, sin preaviso, sin preliminares ni vaselina, se puso a limpiarme mocos, lágrimas y alguna que otra costra.

Me zafé como pude y le lancé un fan fact de esos que no diviertan ni a la silla de Carlos, el tercero. Ni a las botellas del otro, del quinto. Ni al primero de la península ni al quinto de las germanías.

      Es curioso. En realidad no es la “tres-catorce”.

Pude comprobar la sorpresa y la absoluta falta de interés en sus ojos acuosos.

      No, no. Es aún mejor. Es argot. Carcelario. Y un poco artesanal también. En realidad es la “trece- catorce”.

Ya iba yo a meterme en llaves, en las que existen y las que no, cuando ella, más rápida que una gacela disecada, plantó los morros, suyos, en los morros, míos. Zafé me, otra vez. Lo mejor que pude, que fue poco. Cosas de unos hábitos alimenticios rayanos en el más absoluto “estoy pelao”. El caso es que me flaqueaban las fuerzas, me preocupaba que la envolvente de la señorona en cuestión me pusiera un poco, cómo decirlo, tontorrón y, sobre todo, empezaba a recordar que hacía meses que el último cepillo de dientes que vino a adornar el vaso de plástico que guardo en la repisa, junto al espejo del baño, se partió por la mitad.

     ¿SABES? ¡YO SOY POETA!

Levanté me, tropecé me, tiré le copas las encima del suyo regazo a la atractiva, aunque, quizá, un poco demasiado impetuosa anciana y así, como quien no quiere la cosa, planté me en el escenario.

     ¡SABORÍO!

Decía uno.

     ¡ATONTOLINAO!

Gritaban, los ojos inyectados en sangre, varios parroquianos.

 

Comprendí lo enseguida: aquel escenario no era tal. Aquel escenario era tablao. Ya se acercaban por la ontananza dos flamencas, un tocaor y dos palmeros. No cabía duda; el tocaor y los otros dos secuaces planeaban palmearme bien palmeao.

     Lo veo en tu miradaaaaaaa

     vienes a partir la caraaa

     la mía

    mi amol

Enfrascao. Esa es la palabra. Andaba yo enfrascao, zapateando como un loco. Derramando irlandés por todas partes. A granel, que bastaba un trago para darse cuenta que aquel irlandés había sido destilado, engarrafado y no etiquetado en el sótano de una granja de cerdos en la provincia de Segovia.

A mi derecha, las palmas de seis manos dispuestas, todas ellas, a dejarme la cara hecha puré. Obviamente, carecían de todo gusto musical. Igual que yo. No les había gustado mi tímido intento de recitar parte de los versos de un poeta amigo. Tampoco les había gustado la soleá que me había marcado. Ni el whisky derramado, ni mi porte andaluz, de Villarobledo para ser exactos. Ni nada. Es que la gente del flamenco, como toda la gente, la hay por donde quiera que vas, puede ser muy especialita. A mi izquierda, gesto maternal, la del morreo y la mala gaita. Claro; me había subido al tablao con los dos vasos. Pues no podía estar contenta.

 

Volaron las manos, voló el destilado, cayeron los vasos y yo, milagrosamente, lástima no acabar de creer en dios-nuestro-señor, salí indemne, ileso e insuflado de una nueva energía. A decir verdad, las tres “i’es” duraron lo que dura el entusiasmo de la lotería del Gordo. Para cuando quise, pude, darme cuenta, la señora me introducía en un coche blanco, franja roja, luz verde. Me introducía, me soltaba dos mecos de precisión rayana en la brutalidad y me espetaba.

     Ya sé que eres poeta. También hay que ser imbécil.

En ese preciso instante, un poco por los dos sopapos, un poco por la amabilidad del señor conductor, que ya reconvenía, todo dulzura y dos de gentes

      ¡A DÓNDE, COÑO! ¡A ver si sos habéis pensao que voy a estar dando vueltas toda la puta noche! ¡Hombre ya!

vi la luz.

 

Carlos Bueno-León

(Mal que me pese)

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