El mejor regalo, el de Melchor

El mejor regalo, el de Melchor

EL MEJOR REGALO, EL DE MELCHOR

Para Lidia, la Navidad era la época del año perfecta. Por fin podía disfrutar de dos semanas de vacaciones junto a su mamá y pasaban juntas todo el tiempo. Entre las dos decoraban la casa con largas tiras de espumillón de todos los colores, aunque siempre predominaba el dorado y el plateado, los preferidos de Lidia. Horneaban juntas galletas, bizcochos y todo tipo de dulces.

Pero desde hacía dos años las navidades tenían un contrapunto agridulce para Lidia. Encontrado con el sentimiento de alegría que la inundaba durante estas fechas, se hallaba el sentimiento de melancolía de no sentirse parte de una familia como ella deseaba. Quería volver a vivir las navidades en familia, como siempre lo había hecho.

Desde que sus padres se separaron, cuando ella tenía solo cinco años, su vida se había convertido en un constante ir y venir de un lado para otro. Convivía con su madre y pasaba fines de semana alternos con su padre, así como una tarde a la semana. Sentía cómo se la repartían en vacaciones como si fuese un objeto más que meter en la maleta. Y, a pesar de que ella vivía feliz al lado de su madre, no podía dejar de sentir un sentimiento de tristeza por su padre, al que notaba más alicaído conforme iba pasando el tiempo.

Pero esta navidad iba a ser diferente, lo tenía decidido. Para algo servía la Magia de la navidad, ¿no? Solo tenía que darle un pequeño empujón para que funcionase en el momento adecuado.

Para empezar, un pedido muy especial iba escrito en su carta a los Reyes Magos, esa que fue el otro día a entregar con papá al mismísimo rey Melchor en persona. Por otro lado, unas palabritas por aquí cuando estaba con su madre, otras palabritas por allá cuando estaba con su padre y dejar que la Magia de la navidad hiciese el resto.

Bueno, puede que algunos mensajes estratégicamente enviados desde los móviles de sus padres sin que la viesen ayudasen un poco en el proceso. En cualquier caso, allí estaban los tres juntos esperando al paso de la cabalgata de Reyes. Lidia no cabía en sí de gozo, había logrado reunir a sus padres y estaba a punto de ver a los Reyes Magos. Casi le pareció que sus padres volvían a ser los de siempre mientras saludaban a las carrozas y recogían caramelos para ella con alegría. Al pasar la carroza del rey Melchor, ninguno de ellos se percató del guiño que este le lanzó a Lidia, que le saludó con un efusivo beso lanzado al aire y una gran sonrisa.

Su sonrisa se hizo más amplia aún cuando su madre invitó cordialmente a su padre a cenar con ellas en casa. Pidieron pizzas y a Lidia ya le hacían los ojos chiribitas al imaginar a los tres juntos de nuevo. Volvían a ser la familia de siempre, aunque solo fuese por una noche.

Aquella noche Lidia se fue temprano a la cama y recibió el beso de sus dos papis. Se durmió enseguida, con la ilusión en mente de los regalos que encontraría a la mañana siguiente bajo el árbol, incluido aquel tan especial que incluyó en su carta. Tuvo un sueño precioso en el que los tres bailaban con los Reyes Magos mientras brillantes luces de colores salían despedidas hacia todos los lados.

No es preciso decir que se levantó temprano, muy temprano. Bajo el árbol, colocados con sumo cuidado, había decenas de regalos, todos ellos envueltos en bonitos papeles de colores y con preciosos lazos dorados. Pero allí no podía encontrar su regalo especial, ese que con tanta ilusión había pedido al mismísimo rey Melchor. El guiño que le había enviado desde su carroza le decía que su deseo se cumpliría.

Corrió hacia la habitación de su madre, la que años atrás había sido la de sus padres. Abrió con cuidado la puerta. Una gran sonrisa iluminó su rostro cuando vio, arropados bajo el amplio edredón, a sus padres durmiendo abrazados. Se lanzó sobre ellos, como hacía antaño, despertándoles entre risas y alegría. Su deseo de había cumplido.

Lidia dirigió su mirada hacia el gran ventanal que daba a la calle. En el vapor de agua que empañaba el cristal debido a la condensación, se podía leer con claridad un mensaje escrito a mano. «Con cariño, Melchor», al que Lidia respondió con un susurro, muy segura de que le llegaría: «Gracias». Segundos después, reía a carcajada limpia entre las cosquillas que sus padres, juntos de nuevo, le regalaban.

Soy Ana, financiera de profesión y escritora de vocación. Tratando de cumplir mi sueño. Aprendiendo, siempre aprendiendo. Aprendiendo a escribir, aprendiendo a vivir.

11 comentarios en “El mejor regalo, el de Melchor”

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