El libro

Cada libro huele distinto.

Entre mis manos tomo La Plaza del Diamante. Menguado, corto, comentaría cualquiera de los que me ha visto leyendo grandes novelas. Una joya, diría yo, a pesar de su aspecto. No por eso menos impecable, importante e imprescindible.

Me retumbo en la hamaca, colocando los pies de un modo muy poco elegante, en mi mano una taza de te humeante, de frutos rojos, de color intenso, como cualquiera de los títulos escogidos, últimamente.

Encuentro el instante de no desear ver a nadie y adentrarme en la historia. Ya no hay nada, ninguno, momento más genuino, ni especial.

Cada libro huele a página por explorar, palabras de las que enamorarse, conceptos vividos, pero que parecerán nuevos, historias de amor, delitos cometidos, comprendidos o no.

Adoro ese olor. Abrirlo por la mitad y dejar que las hojas acaricien mi nariz al pasar. Aspirar ese aroma. Absorverlo. Intensamente. Y entonces, es cuando empiezo la novela.

Me sumerjo en esas calles de aparente tranquilidad, en un barrio de Barcelona, París, Roma o cualquier país. Me imagino descansando el alma, del ajetreo del turismo. No soy una más, soy quien deambula por la historia relatada. Y me encanta. Estoy deseando ver con qué me sorprende la siguiente página.

FIN.

By Miriam Giménez Porcel.

 

 

1 comentario en “El libro

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