El impacto

 

 

El extraño objeto impactó bruscamente contra la montaña perforando su interior como una taladradora de gran tamaño, con una precisión exacta, como si estuviera programado de antemano, el calibre y diámetro de la oquedad eran perfectos.

El estruendo que produjo el objeto impactado fue descomunal poniendo en alerta a la población vecina que ya estaba medio dormitando y que al oír semejante estallido salieron como impelidos por un resorte para ver qué es lo que estaba ocurriendo a pocos pasos de sus viviendas.

Era un pequeño poblado de montaña prácticamente aislado de la ciudad, mejor dicho del mundo ya que su nombre no aparecía en los mapas ni en las indicaciones de caminos y carreteras. Sus habitantes eran gentes sencillas, dedicadas a las tareas del campo, todos tenían huertos y animales de corral a los que alimentaban de forma natural, como si hiciera en otros tiempos ya muy lejanos en granjas y casa de campo que se dedicaban a la agricultura y la ganadería. Alimentaban con panizo a las gallinas, zanahorias y pan en remojo a los conejos, las vacas pastaban a sus anchas  en las verdes praderas y el estiércol que recogían de los animales les servía de abono para sembrar sus campos.

Eran personas nobles y respetuosas entre sí, nunca se dio un conflicto en el poblado, disponían de una escuela, una cantina, una pequeña botica por si alguien enfermaba y necesitaba tratamiento farmacológico, aunque por extraño que pueda parecer nunca nadie contrajo una enfermedad que no pudiera ser tratada con remedios caseros a base de flores y plantas que abundaban por los alrededores y que todos conocían perfectamente y sabían cuándo y en qué situaciones podían tomar, eran expertos conocedores de su uso y efectos por lo que la pequeña botica estaba siempre vacía. Se comentaba por el lugar que siempre estuvo allí y quisieron mantenerla como parte de la historia y arquitectura del poblado. También contaban con un pequeño taller en el que se turnaban para confeccionar la ropa que iban necesitando. No conocían qué era el dinero por tanto no compraban ni vendían nada, todo lo hacían en comunidad entre todos y para todos. Vivían con sencillez sin que nada les faltara.

Las gentes corrían hacia la montaña en medio de una noche de luna llena preciosa, se detuvieron ante la majestuosidad de la montaña al mismo tiempo que maravillados contemplaban aquel bello espectáculo que les mostraba el firmamento con su manto de estrellas brillando acompañando la esplendorosa belleza de la luna proyectando sobre los aldeanos su luz más perfecta.

Estaban acostumbrados a ver el maravilloso espectáculo celeste pero siempre lo contemplaban con la mirada de quien lo ve por vez primera y no faltaba quien se emocionara por el enorme regalo que creían recibir del Universo.

De repente, empezó a emerger una pequeña nave del interior de la montaña que sobrevoló por encima de los rostros asombrados y se posó lentamente y sin ruido, como queriendo no deshacer aquella especie de hechizo en que se envolvía la noche. Se abrió una compuerta de la que salieron dos personajes de apariencia similar a la de ellos pero algo más bajitos. Se trataba de un ser masculino y otro femenino y se dirigieron a ellos en un lenguaje que sin tener nociones del idioma en que los interpelaban los aldeanos entendían a la perfección sin asombrarse por ello tampoco.

Los visitantes se interesaron por saber cómo les iba en aquel nuevo lugar y si echaban de menos algo a lo que en voz mayoritaria contestaron que nada les faltaba y nada necesitaban, todo lo tenían a su disposición en aquel entorno y eran felices.

El portavoz de los aldeanos quiso saber cómo habían llegado a aquel lugar ya que no tenían recuerdo alguno de cuándo, cómo y por qué estaban allí a lo que el ser femenino les contestó que habían llegado allí por propia voluntad, se encontraban en el mundo con el cual siempre soñaron y ellos, como emisarios de paz del Universo habían sido los encargados de transportarlos allí a través de sus propios sueños.

Les informaron que su planeta estaba desolado y los habitantes que poblaban la Tierra eran seres destructivos en continuo conflicto por conseguir apropiarse del agua que era cada vez más escasa. Destruyeron el planeta con su codicia y ahora sobreviven en el mundo de caos que ellos mismos crearon. Les dijeron que en aquel lugar irían llegando más seres que al igual que ellos soñaban con un mundo en paz y respetuoso con el medio y con los seres que lo poblaban, un mundo desprovisto de codicia basado en el amor, en el intercambio de productos que necesitaran, un mundo en que el dinero no existiera pues nada habría que comprar y todos tendrían las necesidades básicas cubiertas, un mundo como el que ellos tenían en aquel momento.   

 

@Marina Collaado Prieto

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