El hombre del tractor

El hombre del tractor

EL HOMBRE DEL TRACTOR

1

De todas las historias tenebrosas y lúgubres que he escuchado y leído, la más singular es la que me ocurrió a mí cuando todavía era adolescente. Aún hoy me estremezco al recordar los extraordinarios sucesos acaecidos entonces en el camping de la albufera.

 Era principios del verano y el Sol se dejaba notar, aunque no molestaba sin embargo; una especie de brisa soplaba agitando la abundante vegetación. Ese verano los padres, y con ellos nosotros, un grupo de amigos de entre 14 y 15 años, habían decidido instalarse en este recién abierto camping, pleno, como digo, de espesura, y situado en un punto donde la naturaleza cautivaba al mejor de los poetas y donde no pasaba desapercibida cualquier muestra de la botánica, la cual brotaba a su antojo por doquier.

 Aún no habíamos llegado y frondosos árboles que yo sólo había visto dibujados en cuentos se habrían paso ante nuestra caravana. Matorrales tupidos, cañaverales y extensiones de verde hasta donde el ojo perdía la vista, en las proximidades de la albufera de Valencia.

 Una vez hubieronse instalado las tiendas de campaña y las caravanas, merendamos todos juntos y cogimos las bicis para recorrer el inmenso camping con el requisito de volver para cenar. El camping era, sin lugar a dudas, el más extenso de los que habíamos conocido, tanto en España como en Portugal (pues solían nuestros progenitores hacer un par de viajes por la península al año).

 Realmente era un bosque, un bosque abandonado de la mano de Dios en el que, después de las justas instalaciones requeridas, como el agua y la electricidad, alguien se había decidido a montar un negocio.

 Por lo que pudimos deducir, corriendo y explorando de lado a lado, de esquina a esquina todo el camping, era rectangular; con un camino que seccionaba el rectángulo en paralelo a la entrada del mismo, ubicada al Este. Cuanto más al Este, más civilización había. Sin embargo, mientras nos alejábamos hacia el Oeste notábamos una sensación indescriptible, como la de quien está descubriendo nuevos mundos.

 Decidimos bautizar el camino como el “camino del final”. Se trataba, además, del trecho en el que terminaba el camping propiamente dicho y comenzaban tierras de nadie, por decirlo de alguna manera, Y hacíamos carreras para ver quién llegaba antes, luego nos sentábamos y bromeábamos, pero sin traspasar el camino. Así transcurrió prácticamente la tarde hasta que vino él: Ricardo. Cuando ya declinaba el día y las sombras hacían acto de presencia en el plano de los vivos…

– ¡Hola! ¿Qué hacéis? – Haciendo un derrape con la bici – ¿Sabéis que hay una cabaña encantada? De veras, está embrujada…

– ¿Y dónde está? -Le pregunté.

 La tarde moría lentamente mientras los objetos recobraban sus formas, y revoloteaban ahora algunos murciélagos o Dios sabe qué. Se escuchaba el silbar silencioso y monótono de la nocturnidad como un velo que se descorría dando paso a toda la gama audible de ruidos…

– Cruzando este camino, hacia allí, no está muy lejos… -agregó él.

 No sé por qué le hice caso, pero, la verdad sea dicha, me cayó bien desde el principio. Desoyendo las advertencias de nuestros padres de no atravesar el camino del final, y viendo que aún no había caído del todo el crepúsculo, decidimos seguirle…

 Parecía como si entre las zarzas y las cañas se dibujasen caras, rostros ocultos esperando; el cenagoso suelo ya no era la gravilla del camino, pero tampoco la arena del camping; el aire soplaba salvaje y libre mientras tronchaba algunas cañas. Nuestros pies se pegaban en el fango ahora. Pero el desasosiego perecía ante la curiosidad.

– Esas cañas de allí sirven para hacer arcos – susurró Ricardo – son de bambú, mientras se abría paso por entre la maleza, en ocasiones apartándola y siguiendo laberínticos y estrechos senderos memorizados en otras. Detrás de él. nosotros, con palos y varas hechas a mano, estábamos asombrados por las tonalidades de la vegetación, sus formas, sus matices… Empezaba el día a caer por completo y el miedo surtía su efecto. Al menos, por llegar tarde una riña era casi segura. Pero el paisaje era tan atrayente e hipnótico; y los sonidos, antes más tibios, ahora se correspondían con animales de la noche tan siniestramente…

 Mientras nos íbamos acercando, oscurecía sobre los pliegues de nuestros chándales y los árboles adoptaban formas cada vez más grotescas y terribles… Los juncos se clavaban endiabladamente en las piernas. El cañaveral entero se tornaba esquelético a la luz de la Luna. Entonces la vi desde lejos, era una cabaña…

 Ricardo señaló: ¡Ahí la tenéis, la cabaña embrujada! Y corrimos todos a verla. Él insistió en el temor de la noche, del que todos éramos presa, en que no la había hecho nadie, sino que se había hecho ella misma, es decir, la había creado la propia Naturaleza. Y no parecía mentir, pues no reparamos en comprobaciones, lo tocamos todo bien, mirando cualquier detalle, ¡era inaudito cómo el espíritu de la Natura había logrado crear semejante palacete, con las ramas adecuadas en cada sitio y las hojas pincelándola en un todo sorprendente, en una arquitectónica sobrenatural! ¡Ni con el mejor cincel habría quedado una cabaña tan perfecta!

 Me encontraba inmerso en una rama con forma medio humana de inevitable contemplación cuando David desapareció físicamente. Vi cómo se desintegraba delante de mis ojos y de los del resto de amigos. Luego apareció. Sólo fue unos segundos, pero bastaron para meternos el miedo en el cuerpo. Nadie habló.

 Ricardo fue el único que dijo:

 – Y no sólo esto, más allá hay un lago, detrás un hipódromo abandonado y allende otro lago más pequeño donde vive ese hombre, el hombre del tractor… – Quedándose mudo literalmente.

 Recuerdo que ese día volvimos aterrorizados a la caravana y no pudimos dormir apenas, con terribles pesadillas acerca del hombre del tractor persiguiéndonos entre las cañas, corriendo voraz con su barba y su hachuela, acerca de no atravesar el camino del final y sobre todo de la cabaña, ¡la maldita cabaña!, la cual, tras haber atravesado el surco del final, se nos mostraba como primera prueba de que aquellas tierras poseían algo sobrenatural, algo que no alcanzábamos a discernir.

2

El día siguiente decidimos hacer una excursión a la laguna, quizás con el fin de ver algo igual o más sorprendente de lo que ya habíamos visto. Tal es el espíritu y la curiosidad humanos… En esta ocasión, sin embargo, Carlos y Alberto, se abstuvieron de seguirnos.

– Como mucho hasta la cabaña… – Decían temblorosos. Y allí mismo nos despedimos. Sabíamos que no dirían nada, pues también ellos se comprometerían al haber cruzado “la carretera del final”.

Así pues, solamente Ricardo, mi primo David y yo emprendimos el camino hacia ese horizonte incierto que se habría ante nuestros ojos, y en ocasiones nos hacía palidecer, abundantísimo de vegetación y flora, en primera apariencia, sobrenatural, con ánimo de desafío.

Armados con machetes, atravesábamos ahora unos cañaverales elevadísimos, mientras bebíamos cuando nos sofocábamos de las cantimploras; vagando como almas perdidas por entre ejércitos de esqueletos… De no ser por Ricardo, nos habríamos perdido seguro. Y, hasta sabiendo el rumbo, que no camino, parecía harto complicado llegar a buen puerto… Hundíamos las botas en el fango y se clavaban los juncos en nuestros cuerpos con dolor. No creíamos llegar. Pero Ricardo no cesaba de repetir: ¡Ya queda menos! Vamos bien -Mientras miraba su brújula con seguridad.

Ahora soplaba el viento con fuerza, con dureza, como no queriéndonos dejar pasar al otro lado. Callábamos. Ya ni nos quejábamos… De repente, sentí telarañas escurrirse por mi rostro y pensé en la altura de aquellos entramados o tejidos gigantescos y, en caso de haber sido arañas sus creadoras, el enorme tamaño de las mismas. No se podía ver nada… El cañaveral cedía tembloroso mientras comenzaba a chisporrotear. Tropecé con algo y advertí a los otros. Eran huesos de animales muertos… Ricardo dijo que había muchos. Yo casi a tientas seguí.

– ¡Ya queda poco! -Gritó Ricardo. Entonces me topé con una calavera no humana y grité.

– ¡La dejé yo como señal! ¡Es por aquí! -Calmó Ricardo.

No sé aún cómo, pero llenos de rasguños y moratones, salimos del odioso cañaveral…

Un montículo, junto a otro y a otros más, apareció ante nosotros… Un manto cristalino verdoso los cubría. Eran como dunas abultadas; sin embargo se desprendían unas raíces de color azulado muy extraño que sería imposible describir.

– ¡Por fin! – Sentenció Ricardo – ¡Subamos a una duna y veréis el lago! ¡O corramos entre ellas hasta llegar!

Finalmente, el ímpetu nos llevó a trepar hasta arriba de uno de los extraños montículos. Y lo que observamos fue un lago a nuestra izquierda y un hipódromo abandonado a nuestra derecha…

Yo estaba aterrado. Pero no porque Ricardo contara historias sobre el hombre del tractor persiguiendo niños y ahora hubiéramos penetrado en sus dominios, sino por aquellas instalaciones impresionantes vacías, sin persona alguna y sin embargo en buen estado. Aunque no fuese el hombre del tractor, cualquier vil podría hacer allí Dios sabe qué sin que el resto del mundo supiese nada. Hasta entonces no había sentido realmente el miedo.

Ninguno de los tres hablamos, sólo miramos…

3

Ricardo seguía con sus historias sobre ese hombre que mataba niños. David y yo le escuchábamos con escepticismo. Por otra parte, también era la misma persona que nos había contado lo de la cabaña embrujada, y lo del lago, y lo del hipódromo abandonado…

Por un momento me miré las ropas y sentí que habíamos traspasado alguna clase de frontera. De las plantas y las raíces azuladas se habían desprendido una especie de escamas que se habían pagado por nuestro ropaje. Miraba hacia el hipódromo y hacia Ricardo y estábamos en sintonía. Antes que quedarse en las orillas del lago, teníamos la imperiosa necesidad de explorar aquellas instalaciones sin vida.

Todo estaba en perfecto estado, aunque en desuso. Había una tienda redonda de helados, desde cuyo tejado pudimos ver a lo lejos, en el borde del lago, la casa de madera. La morada del hombre del tractor. Tampoco mintió Ricardo en este punto.

Entramos con sigilo por pasillos con ventanas rotas y subimos y bajamos escaleras destartaladas por el tiempo. Lo hicimos muy despacio y con cien ojos. Escudriñábamos antiguas oficinas mientras nos mirábamos sin decir nada. Poco podíamos decir cuando el miedo lo sentíamos tras cada habitáculo, detrás de cada puerta aún conservada… Era como si buscáramos al miedo o éste nos buscara a nosotros. En ese instante, al mirar de reojo en una habitación, en un espejo grande roto pude ver el torso del hombre del tractor, barbudo y hacha en mano; luego me cegó la luz del Sol y me desmayé.

4

 Cuando me hubieron reanimado mis amigos, yo tenía el terror en el cuerpo y no dejaba de beber agua de mi cantimplora. ¿Qué iba a decir? Que lo había visto estando ellos conmigo, allí… Supusimos entonces un mareo y pensamos que se estaba haciendo tarde. Por mi parte, yo acataba prácticamente todo lo que decían.

 La tarde se desintegraba, integrando ya en un Todo verdaderamente pasmoso ese lugar para mí.

Puesto que volver iba a costarnos tanto tiempo como llegar, resolvimos emprender rumbo a casa, abandonando aquellas tétricas instalaciones…

Los sonidos caían hacia el lado del terror, junto a una gran Luna llena. Estaba ahora clara la noche y avanzábamos hacia las dunas por las arenas de la pista de caballos. Aún lo recuerdo. Yo estaba exhausto y veíamos las extraordinarias prominencias en lontananza. Molestaba, no obstante, un horrísono y lejano eco. Fue David quien primero se percató, girando la cabeza hacia atrás. Entonces los ruidos se hicieron audibles, eran ladridos desgarradores corriendo hacia nosotros en la forma de perros rojos, con gangrena o lo que fuere, pero saltando como diablos enloquecidos por la pista. Chillamos y corrimos como locos, mas a tal velocidad cazarnos era inevitable.

– ¡La casa de helados! -Inquirió David. Y, sin dudarlo, escalamos los barrotes y llegamos al techo. Los perros se quedaron saltando enfurecidos sin poder alcanzarnos. El corazón se nos salía por la boca y respirábamos con horror ante la vista de tan abandonados canes del Infierno. Entonces se oyó un disparo. Hubo un momento de silencio y los perros regresaron corriendo sobre sus pasos. El cielo era apocalíptico aunque despejado, pero los animales habían dejado el olor de la muerte cerca, mientras que en nuestras mentes el único pensamiento era bajar de allí y volver.

Entramos como un torbellino en el cañaveral, corriendo a tropezones por entre las malignas dunas que no dejaban vernos qué o quién había detrás, igual que un laberinto del espanto. Y esas raíces tan retorcidas cuyo olor hediondo y anómalo color no hacían pensar sino en algo fuera de este planeta.

Cruzando la cañada, mientras la noche empujaba a sus hijos, Ricardo nos hizo parar de golpe. Los tres miramos atónitos y espeluznados entre los bambúes. Era él. El hombre del tractor. Nos agachamos y nos quedamos inmóviles. Estaba haciendo algo, aunque no se veía bien el qué. Nosotros, pétreos, intentábamos saber de qué se trataba. Parecía como si estuviera desollando un animal o niño pequeño y luego metía algo en un saco. El hacha estaba clavada en el barro y se hallaba absorto en la tarea. Ahora parecía que todo estaba en silencio, excepto nuestros corazones que latían como nunca.

Esperamos a que terminara su infame faena, sea cual fuere ésta, y se marchase en su tractor rojo, para continuar nuestro retorno a casa y salvación de aquel estado de terror.

Cuando dejábamos la cabaña embrujada y nos dirigíamos al camino del final, sin que David lo oyera, me dijo en tono desafiante Ricardo: Voy a cazarlo… Voy a ver qué hace… Voy a ir a su casa esta noche mismo, pero no sin ti.

No sé por qué acepté, pero lo hice. Después de todo por lo que habíamos pasado, tenía la necesidad de saber qué hacía el hombre del tractor por encima de todas las cosas. Además, quién iba a dormir esa noche.

 Aprovechamos la coyuntura de que una tienda canadiense para dos personas de mis tíos quedaba libre, para resolver el problema de la escapada, convenciéndoles a nuestros padres con la excusa de nuestra incipiente amistad, a fin de que nos dejaran dormir aquella noche. ¿Dormir he dicho? Despiertos como lechuzas, con los ojos abiertos como platos, esperábamos Ricardo y yo que se acostaran todos para emprender nuestros planes. La sangre recorría nuestras venas al galope mientras hacíamos toda clase de conjeturas sobre nuestra propia imprudencia, si es la palabra, porque más bien era pavor la sensación que nos embriagaba; el perfume del miedo cuyo virus ya nos había inoculado la visión del temible hombre del tractor.

Lo cierto es que estábamos dispuestos a desentrañar lo que fuese a cualquier precio.

5

 Todos dormían… Recuerdo una impresión de extraña intranquilidad indescriptible; no había una sola luz, pero no era necesario, la Luna iluminaba todo; corría una leve brisa y no se escuchaba más que a los grillos y a esos sonidos indescifrables que sólo por la noche se oyen… El resto era silencio. Un silencio abrumador y sepulcral.

 Respecto a Ricardo y a mí, nos encontrábamos quietos, de pie, con los brazos abiertos y mirando a nuestro alrededor. Y por un momento nos sentimos héroes todopoderosos a la espera de un combate; cada vez más mimetizados con el entorno; era un ritual de tinieblas, en el cual, sin embargo, nos estábamos encomendando a algún dios. En realidad era eso. Estábamos persignándonos sin querer reconocerlo por lo que pudiera pasar.

El primer paso lo dio Ricardo y yo le seguí. Andábamos lentos y algo torpes. También había que ir con cuidado para no hacer el menor ruido. Fuimos hasta las bicis y entonces, tomando la vía más apartada de las caravanas, proseguimos nuestra siniestra ruta,,, La claridad desaparecía ante los árboles y nuestros cuerpos se volvían más vulnerables a la ausencia de Humanidad. Pedaleábamos cada vez más rápido, en paralelo, mientras el viento chocaba contra nuestras caras blanquecinas; a veces, grupos de mosquitos pretendían cegarnos, pero los apartábamos de la cara como podíamos; no mirábamos a los lados y recuerdo que no parábamos ni siquiera para hablar; estábamos poseídos por el hecho de llegar a la carretera del final. En tal punto, ya habíamos dejado la civilización y diría que hasta la cordura. Recuerdo que vi una luces al final y mi corazón dio un vuelco.

– ¡Espera! -Le grité a Ricardo, quien paró sin mediar palabra (quizás fruto del miedo). Pensé que podía haber sido un reflejo y, echándole un enorme valor, proseguí:

– Tengo sed…

A lo cual, ambos cobramos energía y retomamos la carrera. Ya he dicho que la senda era estrecha y que a ambos lados se erguían desafiantes ciclópeos árboles, pero de noche parecía un túnel oscuro de tenebrosas ramas semejantes a brazos que se esforzaban en vano por cogernos. Pero nosotros corríamos más veloces y no nos dejábamos atrapar. Aunque estuviéramos aterrorizados y todo estuviese más negro que la pez. Aunque los latigazos en nuestros ojos vidriosos casi no nos dejasen ver, mientras pedaleábamos con fuerza y terror hacia la carretera del final.

Por fin, exhaustos, llegamos. Estábamos muertos de sed y cansados, sentados en la grava del suelo, mirando lo que habíamos dejado atrás. El viento soplaba con fuerza y las nubes tapaban la Luna. El abanico de sonidos era casi tan grande como el de temores ahora. Ya estábamos fuera del camping. Lo que quería decir que estábamos solos de verdad. Y, así, solos, deberíamos seguir, únicamente con nuestros machetes y aparejos, dejando, claro está, las bicis allí, para recogerlas al volver, si acaso la fortuna nos deparaba esa suerte.

Nos adentramos por los cañaverales como quien se tira por primera vez a una piscina, helados, blancos, mirándonos cómplices a cada instante y en cada acto; machete en mano, seccionábamos las cañas abriéndonos paso entre la vasta extensión de maleza, y en la otra mano, una linterna temblorosa nos abría un surco fantasmal señalizado por huesos no humanos aterrador, que habíamos trazado nosotros con anterioridad, y de día, , como el trayecto más corto para llegar al hipódromo. Pero ahora, de noche, me quedo corto si digo que era un pasaje tenebroso y sombrío. Abrumador para las personas sensibles… Espeluznante. Yo ya no sabía si Ricardo era el hijo de algún diablo que me torturaba por esa senda de horror y huesos hacia las fauces del mismo Satán. Porque los cráneos de animales estaban pintados de color sangre alrededor de la cuencas de aquellos impactantes ojos y el olor que desprendían los dientes amarillos de las quijadas en ocasiones era nauseabundo, como un teatro del espanto. Por su parte, la noche era clara y silenciosa al extremo, no se oía más que a nosotros chapotear por las pantanosas aguas y algunas indicaciones entre nuestras enajenadas voces. En ese instante, justo cuando salíamos del cañar, Ricardo me agarró de golpe y me tiró al suelo junto a él, detrás de una duna, tapándome la boca. Me temí lo peor y mi horror fue en aumento de manera acelerada, al tiempo que mis oídos me dictaban el sórdido ruido del tractor en un estruendo monótono y perpetuo, pero cada vez más cerca. Permanecimos inmóviles mientras el tractor se aproximaba hacia nosotros. Estábamos helados, muertos de pánico, pero entonces, oímos girar al tractor en otra dirección y nos tranquilizamos algo. Esperamos un siglo, mirándonos, que estuviera lo demasiado lejos para no poder atisbarnos en la espesura de la sombra y, a un tiempo, nos asomamos temblorosos. El hombre del tractor había dado la vuelta en la curva y seguía a lo lejos por la pista del hipódromo. Temiendo que se girara, nos quedamos estupefactos al ver algo más horripilante. Su aullido largo una y otra vez como si estuviese poseído. Eran quebrados y parecían no tener fin, igual que el ruido monótono de su tétrico tractor, en un compás del horror, ¡Dios atormentador! ¿Qué podía estar haciendo aquel hombre barbudo y calvo, aullando endiabladamente en mitad de la noche, vagando con su tractor sin las luces encendidas? ¿A qué leyes de los vivos obedecía aquella conducta? ¿A qué orden mental correspondían semejantes actos? ¿Era la penitencia por haber cruzado el umbral prohibido?

6

Si mal no recuerdo, permanecimos mirándonos fijamente lo que dura una eternidad… Hasta que el monótono ruido del tractor desapareció en el horizonte, habiendo atrapado cual ladrón nuestras facultades para pensar con coherencia. Creímos acertado, en ese momento, sortear los montículos, pero, en lugar de atravesar los palcos y las instalaciones en línea recta, bordearlas por la derecha. Preferíamos andar sobre seguro respecto a nuestras distancias con las del hombre del tractor.

A paso ligero, Ricardo y yo nos deslizábamos por entre los compartimentos y los palcos al abrigo de la enorme Luna llena. Dilatada. Tanto como contraída nuestra médula espinal cada vez que se nos cruzaba en la cabeza la imagen de aquel hombre calvo de barba aullando enloquecido…

Intentábamos hacer el menor ruido. No obstante, algunas veces rechinaban los cristales hechos pedazos del suelo y crujía la madera; sobresaltando nuestros nervios perpetuos. Sólo sé que si omito algo es porque mi memoria ha preferido dejar en el olvido lo más aterrador. Cruzamos el largo pasillo, que se hacía interminable, y salimos a la derecha. Entonces entramos en una galería titánica. Entorné los ojos y vi que en las paredes, corroídas por el tiempo, había ganchos oxidados… ¡Dios! ¡Nos encontrábamos en lo que había sido un matadero! Olía repugnante y el color de la sangre seca se había mimetizado con el entorno de tal manera que el paisaje era desolador, de una coloración que no podría ser descrita sino como a podrida. Pura podredumbre ocre, marrón y pútrida. Y teníamos que llegar al otro lado, en la lejanía, pues no había salidas laterales, en mitad de la noche y sin haber vuelto a oír, gracias a Dios, al hombre del tractor.

En aquellos momentos, mi mente calenturienta imaginaba a Ricardo aullando como él y, acto seguido, la horrorosa imagen del hombre del tractor al final del recinto, justo en la otra puerta, aullando también… ¡Dios! ¡Qué espanto!

Verdaderamente mudos, cruzábamos con helor por entre aquellos ganchos de acero ensangrentados y ennegrecidos, rígidos, como nosotros y nuestras pobres almas, muy despacio… Por entre aquellos últimos vestigios de un matadero abandonado que nos envolvía y nos atrapaba como una gran costra oscura que fuese el propio caparazón de un maligno monstruo y nosotros estuviésemos dentro de sus intestinos. Tal era la atmósfera. Menos mal que cada vez teníamos más cerca la puerta… Entonces un ruido a nuestras espaldas nos hizo apresurarnos hasta ésta. Cruzamos y había un gigantesco matorral, que utilizamos para escondernos tumbados en el suelo.

Vimos un poco después o creímos ver una luz dentro del matadero, a través de las cristaleras de la parte superior; aunque para ser justos, hay que decir que no nos poníamos de acuerdo en qué parte exacta de la zona superior.

Desde donde nos hallábamos, avistábamos las orillas de la albufera y una barca atada, una arboleda inmensa de eucaliptus, montones de matorrales y espesura a pinceladas. Virando la cabeza a la izquierda, había una especie de cabaña bastante descuidada, y sin luz…

De repente, un aullido desgarrador nos penetró los oídos hasta clavarse en nuestros cerebros. Nos mirábamos inútilmente. Y, arrastrándonos entre las ciénagas, fuimos moviéndonos hacia la casa mientras el aullido parecía que iba cesando. Comenzaba entonces a lloviznar. El tono se volvía azul oscuro. El mismo azul oscuro de las raíces que sobresalían de las dunas. El mismo espejo roto azul donde creí ver al monstruo.

Pasados unos segundos, escondidos en un nuevo matorral, levantamos la vista y miramos a la cabañuela. Estábamos lo suficientemente cerca de su madriguera y, por lo tanto, de sus atrocidades. Cesaba de llover…

Entonces fue cuando, debido a que ya nos comunicábamos sólo con signos para no hacer el menor ruido, Ricardo me tomó distancia y, de repente, me vi solo. Tres un ramaje tétrico posterior a la morada de aquel… ¡Dios! Me temblaban las piernas y me faltaba el aliento. Me movía despacio… Tanto el follaje como la cabaña, por ese lado, me resultaban nuevos. Avancé varios pasos hasta que, desde mi situación, unos 20 metros, vi a Ricardo de espaldas en la pared de la casa, cerca de la puerta y de rodillas, quieto, inmóvil, hipnotizado. De repente, sin dejarme ver, asomó él, el hombre del tractor, hachuela en mano, con el torso desnudo y comenzó a susurrarle en el oído algo.

– ¿No serían acaso padre e hijo y me habían escogido a mí para sus macabros planes? -Pensé.

El hombre del tractor siguió moviéndose alrededor de él. Mientras hacía aspavientos y blandía el hacha al aire de forma alocada, blasfemando y emitiendo ese aullido característico tan horrible. Yo estaba muerto de miedo. Realmente, pensé, está hipnotizado. Algo le ha hecho que le ha dejado en semejante estado. Pero cuando iba a retroceder sobre mis pasos, vi cómo Ricardo se levantaba y tácitamente entraba en la casa. A continuación, sin haberme repuesto del impacto, unas luces cegadoras aparecieron a lo lejos acercándose a gran velocidad. El hombre del tractor parecía nervioso, ¿qué digo?, ansioso, como esperando algo importante, Súbitamente entró en la casa y salió con algo parecido a un cuerpo sin los cuatro miembros, de pequeño tamaño; aunque, a decir verdad, no podría distinguirlo entre humano o animal desde donde me hallaba.

Las luces se acercaron hasta cegar todo el espacio de blanco. Entonces se apagaron los faros de los coches. Larguísimas limusinas y todo permaneció en silencio. El hombre del tractor marchó agitado y trajo dos bultos más, metidos en sacos, y los dejó en el suelo. Mientras que de los vehículos salían varios hombres vestidos de negro, con traje, y uno de ellos le daba algo en la mano.

Aproveché el momento para alejarme sigilosamente hacia la barca de la orilla. Cuando me hube introducido y ocultado en ella, volvió a encenderse la noche con los potentes faros de los coches. Pero yo estaba protegido en la barca, la había desatado y mi espíritu parecía algo más tranquilo y sosegado, mientras navegaba dormido y sin fuerzas a la deriva, al margen de todo aquel horror y miedo que era imposible olvidar.

En lo que respecta a Ricardo, no volví a verlo nunca más. Pero lo más intrigante y sorprendente fueron las noticias que se publicaron posteriormente en prensa, acerca de una red de tráfico de órganos que actuaba en las proximidades del camping de la albufera.

EDUARDO RAMÍREZ MOYANO

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