EL FUNICULAR

 El funicular era único en el Perú, pero eso yo no lo sabía cuando en verano bajábamos a la playa, luego de haber comprado el boleto y acomodarnos en los bancos de madera de ése extraño vehículo que nos llevaba hasta una pequeña estación previa a los Baños de Barranco.

El funicular era manejado desde arriba por el maestro Tapia. Hombre bonachón, siempre vestido con lo que en ésa época era un “uniforme comando” para nosotros y que en realidad eran una camisa y pantalón de dril –ropa de trabajo- que le permitía trabajar tranquilamente entre lo que seguramente eran metales y grasa. Lo recuerdo con los anteojos en la punta de la nariz, o colocados en la frente.  Lo recuerdo sonriente, nunca muy ajetreado  y estoy seguro contento de su empleo de verano, único en el país.

El viaje en el funicular, breve pero emocionante, nos llevaba ladera abajo hasta una mañana de diversión y baños de mar, dentro de unos establecimientos  con un indudable aire europeo y olor a yodo marino que se mezclaba con ese delicioso aroma a butifarras recién preparadas, a eso de las once.

Cuando el funicular bajaba, un carrito de contrapeso subía y viceversa. El carrito venía hacia nosotros, se cruzaba con el vehículo y desaparecía debajo para reaparecer más arriba. Monótona rutina que hacía posible nuestro verano “de a de veras”, con playa –de piedras-  mar y vacaciones.

Los colores del coche, creo, eran una especie de crema y el techo verde. Siempre limpio por dentro, con algunas agarraderas de bronce brillante; el funicular bajaba los sueños y subía nuestro cansancio. Un billete que garantizaba que pudieras salir y volver, era picado para inutilizarlo.

Al regresar a casa para almorzar después de una mañana completa de baños de mar, dedicaríamos la tarde a las actividades que los chicos de entonces privilegiábamos, como dar vueltas en bicicleta y visitar a los amigos. Ya por la noche pensaba en el funicular silencioso y solitario, esperando su alegre carga de veraneantes de la mañana siguiente.

Pocas cosas tan importantes como el funicular en Barranco. Desaparecidos los Baños Municipales, creo que hizo algunos viajes a una playa pelada y después detuvo su marcha. Años después, el maestro Tapia, electricista de profesión seguramente, venía primero a la casa de mis papás y luego a la casita que alquilamos con Alicia allá por el 71, antes de casarnos para arreglar unas instalaciones que en su desastroso recorrido artesanal encendían la aspiradora enchufada, al accionarse un interruptor de luz.

El funicular debe seguir ahí, no lo sé y no quiero averiguarlo. Me basta el recuerdo de viajar en él después de caminar bajo las buganvillas de flores moradas para llegar hasta un mar amable que aún sigue jugando en mis veranos despreocupados de la memoria.

 

 

 

Imagen: www.ferrolatino.cl

 

 

 

 

 

 

Manolo Echegaray (Lima, Perú)
Publicista desde 1969; profesor en 8 universidades e institutos de educación superior en el Perú y 1 en Bolivia (Técnicas de razonamiento creativo, Estrategia publicitaria, Comunicación intercultural, Comunicación de gobierno); cerca de 16,000 ex alumnos; publicidad para 2 campañas presidenciales (Perú); asesor de comunicación de una Presidencia de la República y seis ministros de Estado; escenógrafo, sonidista, actor y diseñador de vestuario de teatro; artista gráfico; escritor a ratos. 70 años.

3 comentarios en “EL FUNICULAR”

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